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La Fiera contra el espectáculo
Sabemos que la caverna de Platón no era más que una alegoría que puso en marcha el filósofo y que ha hecho fortuna. Los hombres alejados del conocimiento pasaban su tiempo aherrojados, mirando divertidos las sombras que se proyectan al fondo de la cueva, convencidos de que aquélla, y no otra, era la realidad. La filosofía, por el contrario, es el conocimiento que a través de la razón nos impulsa a recorrer el camino hasta la salida de la gruta, nos enfrenta dolorosamente a la luz y hace que reconozcamos la realidad tal como es. Imaginad que aquella visión de lo real, la de los cavernícolas, se hubiera objetivado, consiguiendo así sustituir la verdad del mundo y de la vida por ridículas sombras chinescas: pues bien, esa sería "la sociedad del espectáculo" que el situacionismo ha venido denunciando desde su fundación en 1957 hasta su disolución en 1972. Como diría su principal mentor, Guy Debord, "El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizadas por imágenes". Esta sociedad imaginada es la nuestra. La convergencia entre el desarrollo tecnológico y el capitalismo avanzado ha hecho posible que los media secuestren cualquier otra mediación con el mundo, de suerte que fuera de ese universo mediático nada pueda existir. En "la sociedad del espectáculo", lo que se ha conseguido es que el capital nos explote, no sólo en el trabajo que era su predio, sino también -y sobre todo- en nuestro tiempo de ocio. Es la transformación del ciudadano en consumidor, del intelectual en agente comercial, del político en gerente empresarial. Si vamos a una "gran superficie" (según la expresión que se ha introducido en el lenguaje espectacular), comprobaremos que las marcas exhibidas en los envases ya las conocemos por la televisión, de lo contrario, tal vez no nos arriesgaríamos a comprarlas; los libros más vendidos, apilados como torres de babel, ya han sido publicitados en las babelias de turno; y los coches con los que atascamos cada día la ciudad, se deslizaban en la pantalla, majestuosos, por parajes solitarios cual briosos corceles en el "marco incomparable" de una naturaleza idílica. Comemos, vestimos, leemos y soñamos sólo aquello cuya representación ha sido posible a través de los medios espectaculares: diarios, revistas, radio, televisión, cine, libros... Todo en un presente continuo y trepidante sin meta alguna, en un plano discurrir sin puntos de fuga, en una novedad reciclada de "lo mismo" que sólo enfatiza lo que "toca", en una pueril libertad que nos permite elegir entre productos efímeros o fungibles. Parece que corremos, que avanzamos, que vivimos peligrosamente... y lo único real es que estamos mirando absortos las sombras que pasan y cambian, y pasan..., de modo que "Aquello de lo que el espectáculo puede dejar de hablar durante tres días es como si no existiera". Cambiando la figura de las sombras, cambia la manipulable y estúpida realidad mediática. La sociedad del espectáculo puede vendernos cualquier cosa, puede dar existencia en primer plano a lo más banal, puede conseguir que durante un año o más se esté hablando de unos chavales anónimos y mediocres que han sido encerrados en una ratonera para ser filmados y ahora son "famosos". Es el strip-tease chorras de la sociedad del espectáculo, que nos muestra con toda su desfachatez cómo puede transformar la imbecilidad más absoluta en producto de éxito; lo invisible, en portada de las revistas más vendidas; lo insignificante, en importante. El "horror vacui" de todo personajillo aupado por los medios es que lo ignoren, que no pueda publicar o grabar un disco, que no le hagan entrevistas, que no salga en la tele..., porque es como dejar de existir. Si cualquiera de esos conejillos de indias escribiera un libro, seguro que se vendería como churros: lo harán. Lo harán porque sólo interesa la mercancía, y ahora se hace pasar por cultura (forma de libro, por ejemplo) cualquier cosa que se pueda vender como tal, es más, esa "pseudocultura" en todos los formatos posibles se ha convertido en la mercancía vedette de la sociedad del espectáculo, que coincide con lo que llaman la sociedad de la información y de la comunicación. Guy Debord nos explica magistralmente cómo se aplica la fórmula por la cual, una vez sustituida la realidad por su distorsionada representación, es muy fácil elevar a categoría o esencia aquellas sombras chinescas : "Allí donde la presión de un 'status mediático' ha adquirido una importancia infinitamente mayor que aquello que uno haya sido capaz de hacer realmente, es normal que tal status sea fácilmente transferible y que otorgue el derecho a brillar de igual modo en otro sitio cualquiera". Un simple presentador de televisión, que es visto y "admirado" por millones de espectadores, puede convertirse de la noche a la mañana en un escritor afamado, porque las editoriales -meros agentes mediáticos- se pegarán por publicar sus estupideces. O, al contrario, cualquier escribidor entronizado en el espectáculo por algún "espectacular" premio literario, adquiere de golpe el suficiente status mediático como para ejercer de "perejil de todas las salsas" en tertulias radiofónicas, artículos de opinión, crítica cinematográfica, consultorio sentimental o lo que se tercie en torno al espectáculo. Ha sucedido en nuestro país, que una jovencita de algo más de veinte, que no tenía nada que contar ni marco estético para contarlo, recibe un premio de cincuenta kilos y ya parece investida de ciencia infusa para opinar sobre un totum revolutum con una solemnidad propia de quien pintara algo en la verdadera cultura. Estos son los esperpentos que genera la sociedad del espectáculo. Pero lo más preocupante es el clientelismo político que implica la sumisión mediática. Ya ningún grupo político piensa remotamente en acabar con este dominio tiránico de los medios, ni imagina siquiera que el mundo sea mejorable más allá de los meros ajustes coyunturales. Los argumentos se han vuelto inútiles : "Nadie puede ya criticar la mercancía: ni en cuanto sistema general, ni tan sólo como baratija determinada que a los jefes de empresa les haya convenido lanzar al mercado en ese momento". Es curioso que ya no exista un verdadero poder económico que no domine los medios de comunicación, o medios de desinformación, soporíferos inductores de la mayor de las pasividades, que junto a una abdicación de los ciudadanos y al triunfo del secretismo han favorecido que la estructura mafiosa se convierta en modelo universal del funcionamiento económico y del seguidismo político : "En el momento de lo espectacular integrado, la mafia reina, de hecho, como 'modelo' de todas las empresas comerciales avanzadas". Si rastreamos la transformación de la mafia, podremos observar cómo el gobierno de Washington se alió con ella para conseguir su apoyo en el desembarco en Sicilia durante la Segunda Guerra. A cambio de dichos favores, como el alcohol había sido de nuevo legalizado y ya no producía los pingües beneficios de antes, se cedió a la mafia el tráfico de estupefacientes, prohibidos legalmente para que fueran más y más rentables. Poco a poco, las mafias irían invadiendo sectores tales como el inmobiliario, la banca, la gran política de estado y, por último, las industrias más específicas del espectáculo: la televisión, el cine y las editoriales. Las mafias poseen suficientes matones y dinero como para hacer callar o comprar a intelectuales, críticos, medios, periodistas, autores o lo que quieran. Muchos de ellos se convierten así en esos conspiradores a favor del orden establecido que citábamos al comienzo. La Fiera Literaria ha nacido en estos confusos momentos de la sociedad espectacular integrada, es decir, de la combinación de las formas "concentrada" y "difusa" (o sea, de la propaganda estalinista y de la publicidad americana) que hoy tiende a imponerse de modo universal. La formación de redes de influencia y de sociedades secretas proliferan en el mundo político y empresarial, ya que no hay empresa que pueda expandirse -y lo que no se expande desaparece- si no hace suyos los valores, las técnicas y los medios mafiosos de la industria, el espectáculo y el Estado. Son vínculos personales de dependencia y protección, sometidos al florecimiento del negocio, y que confirman el dicho mafioso siciliano de que "Quien tiene dinero y amigos, se ríe de la justicia" . Más aún: se ríe del juez y es capaz de ponerlo de patitas en la calle, como tristemente hemos comprobado que puede hacerse en este "Estado de derecho" con el que se les llena la boca. Es curioso que los principales magnates de los medios de comunicación sean personajes de marcado aspecto mafioso que ni siquiera saben disimularlo. Si todo se lo guisaran y se lo comieran ellos solos, sería fácil ver al mangante antes que al magnate, pero se rodean muy hábilmente de personajes sofisticados, intelectuales de la gauche divine, críticos comprometidos, columnistas progresistas y de toda una retahíla de quintacolumnistas del negocio mediático, que ejercen siempre una especie de "crítica lateral" muy estudiada, con "un aire de mucha denuncia, pero sin que parezca sentir jamás la necesidad de dejar entrever cuál es 'su causa' ni, por tanto, de decir tan siquiera implícitamente de dónde viene ni a dónde va". O bien, todo lo contrario: intentan hacernos comulgar con ruedas de molino, promocionando como "obra maestra", "novela imprescindible", "lo mejor de la última década" todas las estupideces publicadas por el consorcio editorial. Pero tenemos una sospecha aún mayor en La Fiera : que esas estupideces que se promocionan hasta convertirse en best-sellers no sean simplemente estupideces inocentes o escritura fácil de usar y tirar, sino escritura apta para ir creando en la caverna una determinada imagen del mundo y estimular así el deseo de determinadas cosas y no de otras; una visión de la realidad sumisa a "lo que hay"; una inclinación compulsiva hacia los programas de "más audiencia", a la lectura de "lo más vendido"; una repetición neurótica de "lo mismo". "Los especialistas del poder del espectáculo, poder absoluto en el interior de su sistema de lenguaje sin respuesta, están absolutamente corrompidos por su experiencia del desprecio y del éxito del desprecio confirmada por el conocimiento del hombre despreciable que es realmente el espectador". Y, por más que se proclame que estamos en la venturosa Era de la Comunicación, sabemos que "allí la destrucción extrema del lenguaje puede encontrarse vulgarmente reconocida como un valor positivo oficial, puesto que se trata de publicitar una reconciliación con el estado de cosas dominante, en el cual toda comunicación es jubilosamente proclamada ausente". Así pues, la existencia de La Fiera está justificada como una lucha clandestina, apasionante y arriesgada contra el Espectáculo como sistema, como una denuncia frontal a lo que nos venden como producción cultural; aportación contracultural de un pensamiento y de una crítica libres, porque permanecer hoy al margen del mercadeo supone un acto de rebeldía y de construcción de una "reserva espiritual" no sometida a sus leyes. Siguiendo a Debord como mentor de un aspecto de nuestra filosofía, también estamos convencidos de que "para destruir efectivamente la sociedad del espectáculo son necesarios hombres (y mujeres, añadimos) que pongan en acción una fuerza práctica". Por eso no nos conformamos con llorar sobre las ruinas de la cultura, sino que luchamos sin descanso por ridiculizar las sombras que nos venden como "lo más plus" en el interior de una caverna en extremo aburrida, ridícula y agobiante por su estrechez de miras, por su evidente traición a los auténticos valores. No somos moralistas ni predicadores, sino fieras rampantes dispuestas a devorarnos la mercancía que nos echan para vomitarla inmediatamente transformada en putrefacción y ponerla así en evidencia. ¡ No pasarán ! Victoria Sendón NOTA : Todas las citas de este artículo han sido extraídas de las obras de GUY DEBORD : Comentarios sobre la sociedad del espectáculo (Anagrama. Barcelona, 1999) y "La sociedad del espectáculo (En edición pirata). Los 200Si en lugar de ser doscientos los números de LA FIERA, fueran trescientos, se podrían comparar con aquellos 300 fieles de Leónidas que, "espartanamente", cayeron uno a uno resistiendo a los persas en las Termópilas. Cada número del boletín-libelo ha supuesto horas de lectura y de trabajo; de lectura frecuentemente ingrata, ya que el bodrio y la mediocridad han desbordado en estos años aciagos todas las previsiones previstas para la literatura española actual. Los exhibidos y premiadísimos de nuestras letras y de nuestro arte han merecido, en muchos casos, ser dignos representantes del "esperpento" valleinclanesco; el pensamiento, más allá de glosar sobre "lo que pasa", parece desaparecido. Con razón Zapatero ha tenido que importar, nada menos que 14 sabios como consejeros para su programa electoral, mientras esos mismos sabios, que nos sorprendían en el programa "Redes" de Punset, han sido barridos de la TVE (incluso de la madrugada, a la que estaban recluidos) por infames y horteras concursitos y folletines. ¿Se han traído a los sabios sólo para fardar? ¿No sería bueno compartir con los españoles tanto conocimiento? No….. ¿pa'qué? Sin embargo no todo han sido sinsabores, pues la mejor retribución para "l@s fieras", que han ejercido de centinelas contra la mediocridad, de guardianes del espíritu –ése que sólo puede alimentarse con lo digno, lo inteligente y lo cabal- ha consistido en poder regodearse copiosamente con esa veta sutil que cambia hasta la esencia misma del objeto: lo risible. No es que LA FIERA LITERARIA se haya dedicado a entrar como elefante en cacharrería en los templos del saber; no es que haya arremetido a diestra y siniestra contra todo lo que se expone y publica en este país nuestro, no. ¡Qué vulgaridad! La sutileza y la inteligencia de LA FIERA ha consistido en ser capaz de rastrear -en algunos escritos, en afamadas obras que se reclaman artísticas- ese hilo sutil de lo risible, que se oculta tras la solemnidad, la moda, la provocación, lo soez, lo chorras, el marketing o el absurdo de ponerse a escribir sobre cualquier cosa sólo para alcanzar el estatus de "escritor". Si me lo permiten, yo diría que quienes componen el núcleo duro de LA FIERA son expertos rastreadores de esos matices en los que la gente no repara: lo cursi, el pleonasmo, la cacofonía, el plagio disimulado, la falta de referentes culturales de peso, la vulgaridad, la insustancialidad, lo recurrente, el retruécano sin sentido, la vanidad intemperante, el erotismo sin sutilezas o el oportunismo del autor o autora. Sin mencionar esos tochos escritos por encargo para un premio. Y claro, desmantelar todo ese tinglado nos conduce hasta el personaje que lo sustenta y que siempre resulta risible. No es culpa de los feroces merodeadores, sino de la impericia del escribidor. Descubrir lo risible constituye un rasgo cierto de inteligencia probada. Otros muchos son los méritos de LA FIERA, como no venderse ni ser complaciente con ningún tipo de poder. Sí, esa especie de categoría intelectual que se posiciona en las antípodas del snobismo, o sea, de lo sine nobile , sin nobleza, atribuible a los advenedizos, los nuevos ricos, los famosos y otros especímenes sin autoridad. Y la categoría intelectual sólo la da ese poso que dejan las elegidas lecturas, el pensamiento que ha sustentado civilizaciones, los referentes universales sin localismos que valgan, y que deriva en la capacidad crítica sin contemplaciones, la ironía destilada del saber, el amor resistente por la cultura. Si yo fuera editora vapuleada por LA FIERA, tal como acostumbra el boletín, se me caería la cara de vergüenza por seguir editando mediocridades para un mercado de ingenuos lectores, aquellos panolis que se creen lo de los premios y las sentenciosas alabanzas de las críticas pagadas y los críticos vendidos. No caerán, claro, esos mercachifles de libros, pero alguno habrá sentido amagos de sonrojo en algún momento. LA FIERA constituye el paradigma de lo que ha venido siendo un azote de la industria cultural. ¿Quién se atreve con los grandes? ¿Quién ha firmado con nombres y apellidos atrevidas cartas de denuncia dirigidas a los de más arriba? Muy pocos, la verdad. Los fieras, sí. Por no seguir desgranando virtudes atesoradas durante esta odisea literaria, terminaré diciendo que LA FIERA ha constituido un referente irreverente para espíritus libres, para testigos de las profundidades, ya que este boletín ha ido calibrando las constantes vitales de nuestra literatura sin dejarse llevar por los fastos del espectáculo cultural. Si alguien ha traducido agudamente el pensamiento de Guy Debord contra la "sociedad del espectáculo" ha sido LA FIERA LITERARIA, de modo que ni el propio Sarkozy podrá terminar con ese espíritu libertario y sesentayochesco que destila cada una de sus páginas. Sé que es una frase hecha que no gustará nada a los que se afanan en la "crítica acompasada", pero si LA FIERA LITERARIA no existiera, habría que inventarla o, mejor, habría que escribirla, porque no es un invento, es un altísimo ejercicio de estilo que pone en un brete a aquellos a quienes despelleja. ¡Es que para colmo escriben de maravilla los muy capullos! V.S.L. A un decenio de nuestro mayoNo voy a decir que parece que fue ayer cuando en mayo, era por mayo, LA FIERA LITERARIA vio la luz. No creo que lo de mayo fuera aleatorio, dada la querencia del espíritu del 68 francés que aún inspira a los fundadores. No voy a decir que fue ayer, porque el tiempo vertiginoso de nuestra época ha acelerado todo tipo de acontecimientos desde que barrió –como si de un siglo comprimido se tratara– la hojarasca de un mundo viejo que se había varado en una anquilosada postura binaria de bloques. Bloques que denominábamos capitalista y comunista. Lo peor es que este último inspirara el simplón pensamiento de la izquierda. Por eso, cuando unas décadas antes, los sanos vientos de una inesperada re-evolución comenzaron a soplar, fue esa propia izquierda la que asesinó al renacido Eolo. Su dogmatismo obtuso provocó que los vientos viraran hacia la barbarie. Para el 95, caídos los muros y reventados los quicios, el capitalismo rampante se había convertido en la religión del éxito, en el único horizonte posible, en el presente y futuro de la humanidad, en el final de la historia y la felicidad para todos. Era imparable, globalizante y englobante. El dinero comenzó a fluir como un río turbulento que cautivó a muchos y enriqueció (muchísimo) a unos pocos. Pero luego, los espejismos se esfumaron en la anti-materia: “corralitos”, deudas gigantescas, hundimiento de países enteros, guerras tribales, de religión, nacionalismos apocalípticos, campos de refugiados, migraciones planetarias, destrozos naturales por doquier, violencia gratuita en cada hogar y en cada escuela, pandemias y locura, terrorismos a la desesperada... Tanto horror para alumbrar un Imperio con el emperador más risible de la historia. Y ahí andamos. O'Garthia fue un auténtico profeta cuando decidió crear LA FIERA. El vio con claridad que el espíritu de la globalización neoliberal había envenenado la literatura, ya para entonces industria cultural, negocio editorial, decadencia autoral y vacío demencial. Las críticas demoledoras de LA FIERA , el grito de “el rey está desnudo” al paso de una comitiva de memos encumbrados por los Prisa, los Planeta y otros afanadores, fue toda una acción política, una labor necesaria para poner a la crítica en su sitio, que me consta se ha sentido avergonzada por alabar, hasta el babeo, los brocados y piedras preciosas del manto de aquel rey en pelotas que era y es nuestra novelística más reciente. Hace ya diez años de aquello y continuamos. En nuestro haber de osados davides, algún que otro chichón al Goliat mediático. No me cabe la menor duda de que la permanencia de LA FIERA responde a una acción política continuada de aquel “situacionismo” que no pudo triunfar, pero que tampoco ha muerto. Se trataba de actuar de modo que se creara una situación nueva, sustituyendo la pasividad existencial por una afirmación lúdica más allá de la mera crítica. En la medida en que los humanos somos producto de nuestras situaciones, y las situaciones por las que pasamos son tan insustanciales, era urgente crear otras condiciones en las que poder ser más humanos. Y lo que ha conseguido LA FIERA LITERARIA es la creación de un ámbito en el cual comprender qué es y qué puede ser una creación literaria de calidad. Qué es y qué puede ser un lector con referentes culturales bien definidos al que no le dan gato por liebre. Porque parte del montaje editorial “exitoso” consiste en vender gatos sarnosos como si de platos exquisitos se tratara. La nouvelle cuisine editorial es una tomadura de pelo como casi todas las idem, que además de costarte un congo te obligan al ayuno. Pero, eso sí, todo el mundo sale diciendo qué delicioso estaba todo. Nadie se atreve a decir que, también aquí, “el rey está desnudo”, que nada como una buena paella. El padre fundador del situacionismo, Guy Debord, se anticipaba a definir aquella sociedad de los sesenta como del “espectáculo” cuando todavía no había alcanzado el paroxismo actual. Jean-Paul Sartre, del que se cumplen 25 años de su muerte, había colaborado con los comunistas como marchamo de su compromiso, pero el mayo francés, aquel que protagonizaron sus propios alumnos, lo “despertó de su sueño dogmático” –como Hume a Kant– para ponerse de parte de los revoltosos. Pero no era una revuelta: era el espíritu de la época. Fue el grito tribal que nos despertó a muchos para decirnos que la modernidad había finiquitado, al menos en su forma clásica, y que una nueva epistemología, una nueva forma de mirar el mundo, estaba amaneciendo. Es lo que ha dicho Stephen Hawking recientemente en Oviedo: Las historias del universo dependen de lo que está siendo medido, al revés de la idea habitual de que el universo tiene una historia objetiva, independiente del observador” ”. Hoy, con un capitalismo financiero triunfante, la sociedad espectacular y especular ha multiplicado sus esfuerzos para encapsularnos en una burbuja tipo matrix. Y ese capitalismo desalmado ha tomado la cultura por su cuenta y es quien la dirige, la publicita, la distribuye y la vende. Es la que decide qué leer y cómo leer; la que destruye los fondos editoriales; la que inunda las “grandes superficies” con los subproductos de sus factorías; la que desprecia cuanto ignora e ignora todo aquello que desprecia; la que mide las bondades de un libro por el éxito de ventas y los dígitos de sus cuentas corrientes; la que pretende objetivar una realidad que es pura coyuntura de mercado. En definitiva, que nuestras “libertades” actuales se refieren a “todo aquello que se puede elegir aleatoriamente dentro de lo efímero” (Debord, dixit ) Si no existiera LA FIERA LITERARIA , una versión de nuestro universo cultural no sería más que ignorada “materia oscura” entre los infinitos universos perdidos por no observados. Si no existiera, aquel espíritu inspirador del mayo del 68 habría perdido parte de su ironía lúdica; aquel grito tribal, decibelios de protesta; y la utopía, sus ganas de seguir metiendo el dedo en el ojo del poder mediático. Victoria Sendón |
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