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Los 200Si en lugar de ser doscientos los números de LA FIERA, fueran trescientos, se podrían comparar con aquellos 300 fieles de Leónidas que, "espartanamente", cayeron uno a uno resistiendo a los persas en las Termópilas. Cada número del boletín-libelo ha supuesto horas de lectura y de trabajo; de lectura frecuentemente ingrata, ya que el bodrio y la mediocridad han desbordado en estos años aciagos todas las previsiones previstas para la literatura española actual. Los exhibidos y premiadísimos de nuestras letras y de nuestro arte han merecido, en muchos casos, ser dignos representantes del "esperpento" valleinclanesco; el pensamiento, más allá de glosar sobre "lo que pasa", parece desaparecido. Con razón Zapatero ha tenido que importar, nada menos que 14 sabios como consejeros para su programa electoral, mientras esos mismos sabios, que nos sorprendían en el programa "Redes" de Punset, han sido barridos de la TVE (incluso de la madrugada, a la que estaban recluidos) por infames y horteras concursitos y folletines. ¿Se han traído a los sabios sólo para fardar? ¿No sería bueno compartir con los españoles tanto conocimiento? No….. ¿pa'qué? Sin embargo no todo han sido sinsabores, pues la mejor retribución para "l@s fieras", que han ejercido de centinelas contra la mediocridad, de guardianes del espíritu –ése que sólo puede alimentarse con lo digno, lo inteligente y lo cabal- ha consistido en poder regodearse copiosamente con esa veta sutil que cambia hasta la esencia misma del objeto: lo risible. No es que LA FIERA LITERARIA se haya dedicado a entrar como elefante en cacharrería en los templos del saber; no es que haya arremetido a diestra y siniestra contra todo lo que se expone y publica en este país nuestro, no. ¡Qué vulgaridad! La sutileza y la inteligencia de LA FIERA ha consistido en ser capaz de rastrear -en algunos escritos, en afamadas obras que se reclaman artísticas- ese hilo sutil de lo risible, que se oculta tras la solemnidad, la moda, la provocación, lo soez, lo chorras, el marketing o el absurdo de ponerse a escribir sobre cualquier cosa sólo para alcanzar el estatus de "escritor". Si me lo permiten, yo diría que quienes componen el núcleo duro de LA FIERA son expertos rastreadores de esos matices en los que la gente no repara: lo cursi, el pleonasmo, la cacofonía, el plagio disimulado, la falta de referentes culturales de peso, la vulgaridad, la insustancialidad, lo recurrente, el retruécano sin sentido, la vanidad intemperante, el erotismo sin sutilezas o el oportunismo del autor o autora. Sin mencionar esos tochos escritos por encargo para un premio. Y claro, desmantelar todo ese tinglado nos conduce hasta el personaje que lo sustenta y que siempre resulta risible. No es culpa de los feroces merodeadores, sino de la impericia del escribidor. Descubrir lo risible constituye un rasgo cierto de inteligencia probada. Otros muchos son los méritos de LA FIERA, como no venderse ni ser complaciente con ningún tipo de poder. Sí, esa especie de categoría intelectual que se posiciona en las antípodas del snobismo, o sea, de lo sine nobile , sin nobleza, atribuible a los advenedizos, los nuevos ricos, los famosos y otros especímenes sin autoridad. Y la categoría intelectual sólo la da ese poso que dejan las elegidas lecturas, el pensamiento que ha sustentado civilizaciones, los referentes universales sin localismos que valgan, y que deriva en la capacidad crítica sin contemplaciones, la ironía destilada del saber, el amor resistente por la cultura. Si yo fuera editora vapuleada por LA FIERA, tal como acostumbra el boletín, se me caería la cara de vergüenza por seguir editando mediocridades para un mercado de ingenuos lectores, aquellos panolis que se creen lo de los premios y las sentenciosas alabanzas de las críticas pagadas y los críticos vendidos. No caerán, claro, esos mercachifles de libros, pero alguno habrá sentido amagos de sonrojo en algún momento. LA FIERA constituye el paradigma de lo que ha venido siendo un azote de la industria cultural. ¿Quién se atreve con los grandes? ¿Quién ha firmado con nombres y apellidos atrevidas cartas de denuncia dirigidas a los de más arriba? Muy pocos, la verdad. Los fieras, sí. Por no seguir desgranando virtudes atesoradas durante esta odisea literaria, terminaré diciendo que LA FIERA ha constituido un referente irreverente para espíritus libres, para testigos de las profundidades, ya que este boletín ha ido calibrando las constantes vitales de nuestra literatura sin dejarse llevar por los fastos del espectáculo cultural. Si alguien ha traducido agudamente el pensamiento de Guy Debord contra la "sociedad del espectáculo" ha sido LA FIERA LITERARIA, de modo que ni el propio Sarkozy podrá terminar con ese espíritu libertario y sesentayochesco que destila cada una de sus páginas. Sé que es una frase hecha que no gustará nada a los que se afanan en la "crítica acompasada", pero si LA FIERA LITERARIA no existiera, habría que inventarla o, mejor, habría que escribirla, porque no es un invento, es un altísimo ejercicio de estilo que pone en un brete a aquellos a quienes despelleja. ¡Es que para colmo escriben de maravilla los muy capullos! V.S.L. A un decenio de nuestro mayoNo voy a decir que parece que fue ayer cuando en mayo, era por mayo, LA FIERA LITERARIA vio la luz. No creo que lo de mayo fuera aleatorio, dada la querencia del espíritu del 68 francés que aún inspira a los fundadores. No voy a decir que fue ayer, porque el tiempo vertiginoso de nuestra época ha acelerado todo tipo de acontecimientos desde que barrió –como si de un siglo comprimido se tratara– la hojarasca de un mundo viejo que se había varado en una anquilosada postura binaria de bloques. Bloques que denominábamos capitalista y comunista. Lo peor es que este último inspirara el simplón pensamiento de la izquierda. Por eso, cuando unas décadas antes, los sanos vientos de una inesperada re-evolución comenzaron a soplar, fue esa propia izquierda la que asesinó al renacido Eolo. Su dogmatismo obtuso provocó que los vientos viraran hacia la barbarie. Para el 95, caídos los muros y reventados los quicios, el capitalismo rampante se había convertido en la religión del éxito, en el único horizonte posible, en el presente y futuro de la humanidad, en el final de la historia y la felicidad para todos. Era imparable, globalizante y englobante. El dinero comenzó a fluir como un río turbulento que cautivó a muchos y enriqueció (muchísimo) a unos pocos. Pero luego, los espejismos se esfumaron en la anti-materia: “corralitos”, deudas gigantescas, hundimiento de países enteros, guerras tribales, de religión, nacionalismos apocalípticos, campos de refugiados, migraciones planetarias, destrozos naturales por doquier, violencia gratuita en cada hogar y en cada escuela, pandemias y locura, terrorismos a la desesperada... Tanto horror para alumbrar un Imperio con el emperador más risible de la historia. Y ahí andamos. O'Garthia fue un auténtico profeta cuando decidió crear LA FIERA. El vio con claridad que el espíritu de la globalización neoliberal había envenenado la literatura, ya para entonces industria cultural, negocio editorial, decadencia autoral y vacío demencial. Las críticas demoledoras de LA FIERA , el grito de “el rey está desnudo” al paso de una comitiva de memos encumbrados por los Prisa, los Planeta y otros afanadores, fue toda una acción política, una labor necesaria para poner a la crítica en su sitio, que me consta se ha sentido avergonzada por alabar, hasta el babeo, los brocados y piedras preciosas del manto de aquel rey en pelotas que era y es nuestra novelística más reciente. Hace ya diez años de aquello y continuamos. En nuestro haber de osados davides, algún que otro chichón al Goliat mediático. No me cabe la menor duda de que la permanencia de LA FIERA responde a una acción política continuada de aquel “situacionismo” que no pudo triunfar, pero que tampoco ha muerto. Se trataba de actuar de modo que se creara una situación nueva, sustituyendo la pasividad existencial por una afirmación lúdica más allá de la mera crítica. En la medida en que los humanos somos producto de nuestras situaciones, y las situaciones por las que pasamos son tan insustanciales, era urgente crear otras condiciones en las que poder ser más humanos. Y lo que ha conseguido LA FIERA LITERARIA es la creación de un ámbito en el cual comprender qué es y qué puede ser una creación literaria de calidad. Qué es y qué puede ser un lector con referentes culturales bien definidos al que no le dan gato por liebre. Porque parte del montaje editorial “exitoso” consiste en vender gatos sarnosos como si de platos exquisitos se tratara. La nouvelle cuisine editorial es una tomadura de pelo como casi todas las idem, que además de costarte un congo te obligan al ayuno. Pero, eso sí, todo el mundo sale diciendo qué delicioso estaba todo. Nadie se atreve a decir que, también aquí, “el rey está desnudo”, que nada como una buena paella. El padre fundador del situacionismo, Guy Debord, se anticipaba a definir aquella sociedad de los sesenta como del “espectáculo” cuando todavía no había alcanzado el paroxismo actual. Jean-Paul Sartre, del que se cumplen 25 años de su muerte, había colaborado con los comunistas como marchamo de su compromiso, pero el mayo francés, aquel que protagonizaron sus propios alumnos, lo “despertó de su sueño dogmático” –como Hume a Kant– para ponerse de parte de los revoltosos. Pero no era una revuelta: era el espíritu de la época. Fue el grito tribal que nos despertó a muchos para decirnos que la modernidad había finiquitado, al menos en su forma clásica, y que una nueva epistemología, una nueva forma de mirar el mundo, estaba amaneciendo. Es lo que ha dicho Stephen Hawking recientemente en Oviedo: Las historias del universo dependen de lo que está siendo medido, al revés de la idea habitual de que el universo tiene una historia objetiva, independiente del observador” ”. Hoy, con un capitalismo financiero triunfante, la sociedad espectacular y especular ha multiplicado sus esfuerzos para encapsularnos en una burbuja tipo matrix. Y ese capitalismo desalmado ha tomado la cultura por su cuenta y es quien la dirige, la publicita, la distribuye y la vende. Es la que decide qué leer y cómo leer; la que destruye los fondos editoriales; la que inunda las “grandes superficies” con los subproductos de sus factorías; la que desprecia cuanto ignora e ignora todo aquello que desprecia; la que mide las bondades de un libro por el éxito de ventas y los dígitos de sus cuentas corrientes; la que pretende objetivar una realidad que es pura coyuntura de mercado. En definitiva, que nuestras “libertades” actuales se refieren a “todo aquello que se puede elegir aleatoriamente dentro de lo efímero” (Debord, dixit ) Si no existiera LA FIERA LITERARIA , una versión de nuestro universo cultural no sería más que ignorada “materia oscura” entre los infinitos universos perdidos por no observados. Si no existiera, aquel espíritu inspirador del mayo del 68 habría perdido parte de su ironía lúdica; aquel grito tribal, decibelios de protesta; y la utopía, sus ganas de seguir metiendo el dedo en el ojo del poder mediático. Victoria Sendón |
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| Boletín del Centro de Documentación de la Novela Española | ||||||||||||||||||||||