José María Vaz de Soto entrevistado por Cristina Aguilar
“Lo que resulta evidente en todo caso es que la libertad del mercado editorial forma un círculo vicioso o espiral dialéctica con el entontecimiento progresivo de los nuevos lectores de novela y la venalidad descarada de los editores actuales.”
--Supongo, don José María, que, cuando se decidió a escribir y publicar “Sevilla, estación términus”, era consciente de que una novela así, con ideas, y en la que se plantean problemas existenciales, no era lo que los fabricantes de bestsellers publican ni el público de hoy reclama.
Respuesta. –No sé si soy o no muy consciente de qué es lo que le interesa al público o a los editores. Creo que a la hora de escribir no me planteo nunca esa clase de problemas, digamos, mercantiles. Uno, cuando escribe, se dirige a esa especie de lector ideal que ve en sí mismo y que supone en los otros, con preocupaciones humanas y existenciales que también supone en todos los seres humanos, aunque luego, en los días que corren, ese tipo de lector resulte cada vez más infrecuente entre los adictos a la ficción.
--Cualquiera que lea su novela es lógico que tienda a creer que, en el caso del desaliento, respecto al mundo cultural actual y a la sociedad en general que expresa uno de los personajes, se trata de un sentimiento personal del autor, que habla hasta de dejar de escribir. ¿Es así? ¿Le ha desanimado hasta ese punto la situación del escritor que no milita en el sistema?
R. –Ese pesimismo, o desaliento, como usted lo llama, de uno de los personajes de esta novela respecto a la literatura y la cultura actuales lo comparto con él casi al cien por cien, por más que a pesar de todo me empeñe en seguir escribiendo. En general, suelo compartir en gran parte las opiniones de algunos de mis personajes. Me interesa en particular la novela de ideas, no sólo implícitas en la narración, sino también explícitas, bien mediante la narración en primera persona, como ocurre en “Sevilla, estación Términus”, o bien, más dialécticamente, en el diálogo de los personajes, como también ocurre en ésta y en otras novelas mías.
--Como ha dicho en alguna ocasión Juan Ignacio Ferreras, el hecho de que hayamos conseguido la ansiada libertad que nos negaba el franquismo, ha tenido su lado negativo: la libertad económica, que, aplicada a la edición de libros, se ha traducido en convertirlo, del valor de uso que era, en valor de cambio. También Torrente Ballester se quejó del mal empleo que se estaba haciendo de la libertad.
R. –Me parece muy interesante, y creo que acertado, ese análisis de Juan Ignacio Ferreras. Lo que resulta evidente en todo caso es que la libertad del mercado editorial forma un círculo vicioso o espiral dialéctica con el entontecimiento progresivo de los nuevos lectores de novela y la venalidad descarada de los editores actuales. En el juego oferta-demanda del libro (no así, o no igualmente, en el de las artes plásticas) manda la masa. Siempre he pensado que el puro mercado perjudica a la buena literatura y al buen cine mientras que puede incluso favorecer a la pintura de calidad o de vanguardia, por la sencilla razón de que un cuadro es una obra de arte en sí mismo, como objeto, mientras un libro o una cinta cinematográfica es sólo un soporte reproducible y multiplicable.
--Dado el papel que se supone ha de representar la Real Academia, ¿qué piensa del hecho de que se haya dado entrada a “escritores” como Juan Luis Cebrián, Muñoz Molina, Pérez Reverte, mientras se ha cerrado las puertas al eminente fonólogo Antonio Quilis y a escritores como Castillo Puche y Caballero Bonald.
R. –Desde luego, la Academia Española no siempre acierta a la hora de aceptar o rechazar nuevos académicos de número. Incluso me atrevo a decir que suele acertar más a la hora de incorporar filólogos o profesores de lengua que a la de escoger un poeta o un novelista. Para elegir a estos últimos, los académicos se dejan guiar más por la fama convencional e incluso me temo que por el ranking de libros más vendidos, porque de literatura suelen entender menos que de lengua, y por eso no es de extrañar que con frecuencia no acierten mucho, tanto a la hora del rechazo como a la de la aceptación.
--En todo caso, a su juicio, ¿se justifica, a la altura de la historia en que nos encontramos, la existencia de una Academia que es más bien un club social, y una editorial que produce muchísimo dinero? ¿No debería ser sustituida por un gabinete de expertos, lingüistas y filólogos, que se preocuparan por la salud de la lengua?
R. –A mí no me parece mal que exista una Academia Española, o sea, de la lengua española, en conexión con las otras academias de los demás países hispanohablantes, pero sí creo que debería estar integrada por un mayor número de lingüistas profesionales y por menos escritores de relumbrón en esta España literariamente tan a la baja.
--A juzgar por el eco mediático que levantan sus libros, se diría que los más importantes novelistas de la actualidad son, entre otros, Rosa Regás, Elvira Lindo, Almudena Grandes, Maruja Torres, Pérez Reverte, Muñoz Molina… ¿Qué piensa usted de esto?
R. –Pienso que no hay coincidencia entre el mérito y la estimación social o la valoración crítica de los escritores. Esto, seguramente, ha ocurrido siempre en mayor o menor grado, pero en épocas pasadas, cuando se distinguía entre “gente de letras” y “vulgo inculto”, ocurría menos que en esta feria de las vanidades mediática y de las cuadras ideológicas vinculadas a determinados grupos editoriales. Que yo sepa, no se ha visto hasta ahora el caso de que hagan académico a un escritor de calidad casi desconocido y, dado que a los académicos lingüistas les gusta verse bien acompañados de “creadores”, ya podrían hacer alguna vez un descubrimiento fuera de los circuitos convencionales de la no siempre justa fama literaria. Sería de agradecer.
--¿Qué opina del caso concreto de Javier Marías, un escritor del que “La Fiera Literaria” ha demostrado que no sabe escribir? Comete continuos anacolutos, confunde el significado de muchas palabras, cocea la gramática…
R. –De verdad que no lo he leído. Hay que reconocer que las frecuentes y minuciosas “críticas acompasadas” de “La Fiera” me habrían estimulado un tanto las pocas ganas que podía tener de hacerlo, como antes me las había rebajado la crítica “oficial”, anglosajona, alemana, francesa y, por supuesto, española, cuando lo han puesto tan por las nubes.
--Lo mismo le preguntamos sobre Pérez Reverte, que a estas alturas imita a los entreguistas del siglo XIX –está en su derecho hacerlo--, pero, a cada momento pregona que ha salvado a la novela, que estaba secuestrada por Faulkner, Joyce, etc. Que ha revolucionado el género. Y que el único futuro que tiene el género novelístico es seguir el camino que ha abierto él.
R. –Tampoco lo he leído. A mis años, tiendo más a releer que a leer. Por lo demás, creo que el género novelístico ha tenido siempre, desde su origen, una vertiente de entretenimiento y amenidad perfectamente legítima. Lo que pasa es que la amenidad está en función del lector. Para muchos pueden resultar muy amenas las novelas de Alejandro Dumas (yo mismo, a mis catorce años, recuerdo que di cuenta en dos o tres semanas de verano de “Los tres mosqueteros”, “Veinte años después” y “El vizconde de Bragelonne”), mientras que para otros, entre los que hoy me incluyo, son más amenas “Los hermanos Karamazov”, de Dostoievski, o “Trastorno”, de Thomas Bernhard. Eso de “se lee como una novela” es algo que nunca me ha convencido: yo tengo que esforzarme más si me empeño en leer una novela de Dan Brown o de Stieg Larsson que unas páginas de Pascal o de Schopenhauer.
--¿Le ha costado mucho publicar sus novelas? ¿Qué acogida han tenido por parte de la crítica de los medios más influyentes?
R. –Mis primeras dos o tres novelas las publiqué con cierta facilidad (aunque sin premios) y tuvieron una crítica relativamente abundante y favorable. Con las demás he tenido más dificultades y menos reseñas. No lo digo pensando sólo en mi caso, pero parece evidente que las cosas han ido a peor para la novela desde la época de la censura franquista, que para escritores como yo era casi el único obstáculo para publicar en los años setenta, a estos tiempos de libertad en que los obstáculos no son ideológicos sino mercantiles y culturales. A otros les pasará al revés, pero a mí me cuesta más colocar mis novelas en el mercado actual, convencer a los editores y, cuando edito, pasar los filtros previos para acceder a la crítica y a los suplementos literarios.
--¿Es lo mismo publicar en una editorial del sistema de la industria cultural, como Alfaguara, Tusquets, Planeta, Espasa, que hasta tienen reservadas las estanterías de las librerías y las mesas de novedades, que en una editorial modesta?
R. –Obviamente, no es lo mismo. Como digo, todo está engarzado para formar una especie de circuito cerrado: las grandes editoriales, las grandes superficies con sus pilas de bestsellers y los grandes suplementos de la gran prensa nacional vinculada a esas grandes editoriales.
--¿Cuál cree usted que debe ser el papel de la crítica literaria? ¿Lo cumple la actual?
R. –La crítica literaria periodística supongo que debe orientar a los lectores y juzgar al escritor. Hoy lo hace mejor o peor, desde luego no creo que mejor que hace veinte o treinta años, pero, en todo caso, casi siempre más supeditada a ese circuito cerrado al que me he referido de editoriales, periódicos y comercios.
--¿Y los suplementos culturales que semanalmente publican los diarios? ¿Cuál debería ser su misión y cuál es en la realidad?
R. –Pues ídem de ídem. En resumen: grandes editoriales, grandes suplementos y grandes superficies en competencia libre y triunfante día tras día con pequeñas editoriales, pequeñas librerías y pequeñas revistas independientes, si es que las hay (aparte de “La Fiera”).
--¿Qué piensa de los premios literarios a la española, para los que se contrata al ganador? ¿Unos “premios” en que un editor premia un libro que el mismo va a publicar, a través de un jurado que “sabe” a quien tiene que votar?
R. –No creo en los premios de hoy. Tal vez creí algo más (sin creer nunca en su pura justicia) en algunos de los que se daban hace treinta o cuarenta años, incluso en los negros años del franquismo. Y, por supuesto, los premios a la española a los que alude su pregunta hay que incluirlos en ese circuito antes indicado de editoriales y suplementos como una más, si no la mayor, tomadura de pelo.
--Usted ha desarrollado toda tu vida literaria en Sevilla… ¿Qué tal la vida cultural sevillana actualmente, respecto a los temas a que antes hemos aludido a escala nacional: escritores, crítica, suplementos, editoriales?
R. –En Sevilla nada es hoy mucho peor, pero por supuesto que tampoco mejor que en Madrid o Barcelona, excepto tal vez la mayor facilidad de aislamiento literario, tan conveniente para un escritor que quiera escribir y no trepar. Escritores hay pocos, crítica no hay ninguna, los suplementos de los periódicos son más bien de fútbol y las editoriales se dedican casi todas a temas de folclore local y de andalucismo barato. |