¿Qué representa La Fiera?

Fenomenología de La Fiera
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Fenomenología de La Fiera

 

«Sin embargo, este mundo nuevo no presenta una realidad perfecta, como no la presenta tampoco el niño recién nacido, y es esencialmente importante no perder de vista esto. La primera aparición es tan sólo su inmediatez o su concepto. Del mismo modo que no se construye un edificio cuando se ponen sus cimientos, el concepto del todo a que se llega no es el todo mismo. (…)»

G.W.F. Hegel, Fenomenología del Espíritu

 

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La Fiera Literaria ha aparecido en un momento de la historia universal en el que no sólo la cultura ha sido íntegramente transformada en mercancía, sino en el que la tendencia a la disminución del valor de uso de la mercancía cultural se manifiesta ya de forma visiblemente catastrófica, como consecuencia lógica de la victoria totalitaria del valor de cambio que ha derribado los últimos obstáculos que impedían la configuración del valor del pseudo-uso de la mercancía cultural atendiendo exclusivamente a los imperativos de la reproducción general de las relaciones mercantiles, y que no son otros que los de la proletarización continua e ininterrumpida de la sensibilidad y del intelecto humanos.

 

 

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Este devenir del mundo de la cultura en catálogo inagotable de la inmundicia consumible y de éste en fiel representación del mundo de la cultura, traduce coherentemente los excesos de un mundo que se ha vuelto monstruosamente ajeno al ser humano. De ningún modo se trata de excesos ajenos a la esencia de nuestro mundo, introducidos  arbitrariamente en él en perjuicio de opciones más deseables e igualmente compatibles con su reproducción sin trabas. Quienes denuncian la vulgaridad y el carácter embrutecedor de los productos ofrecidos por la industria cultural olvidan candorosamente que «La pérdida de la calidad, tan evidente en todos los niveles del lenguaje espectacular, de los objetos que ensalza y de las conductas que rige, no hace más que traducir los rasgos fundamentales de la producción real que descarta la realidad: la forma-mercancía es de parte a parte la igualdad consigo misma, la categoría de lo cuantitativo. Lo que desarrolla es lo cuantitativo y sólo allí puede desarrollarse.» (Guy Debord, La Sociedad del Espectáculo). No hay más espacio disponible en este mundo para la “mercancía digna” que aquel de que dispone en la actualidad, pues es la mercancía misma quien ha dictado las leyes cuya “digna” aplicación ha engendrado este grotesco mundillo de mafias e imposturas. No es un complot lo que corroe y pudre el viejo mundo de la cultura; es la lógica de la mercancía en su fase de corrosión y putrefacción terminal la que hace del complot permanente el resorte fundamental de la industria cultural.

 

3

Los entes de risión transgénicos que arrasan de forma irreparable los antiguos predios de la cultura engendran copiosas aunque a menudo insustanciales cosechas de indignación espontánea e insatisfacción crónica, pues éstas son forzosamente tributarias de las monstruosas manipulaciones que se hallan en sus orígenes. No puede aguardarse, pues, que a partir de la mera existencia de tal sustrato broten en forma generalizada la disponibilidad y las aptitudes reales para erradicar en forma racional y coherente la plaga infracultural que todo lo asola. En semejante clima de deterioro, hay que destacar que, si bien los zarpazos de La Fiera superan holgadamente el nivel de la indignación espontánea carente de elaboración crítica, ésta aún no ha desprendido de ellos una enunciación precisa de sus objetivos últimos, ni de la relación entre éstos y los medios a través de los cuales pretende alcanzarlos, por lo que inevitablemente adolecen de una generalidad excesiva, de un desfase entre la radicalidad de su invectiva ad hominem y de sus rigurosas exigencias en materia literaria, y el carácter implícitamente regeneracionista que cabría inferir de tal indeterminación.

 

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Las iniciativas honradamente reformistas que vean la luz en esta singular etapa de la prehistoria contemporánea compartirán por fuerza muchos de los rasgos formales de La Fiera, tanto en lo que se refiere al tono marcadamente combativo como a la indefinición organizativa y la generalidad teórica. Pero la necrosis actual del cuerpo social avanza a tal velocidad que puede asegurarse sin temor a errar que toda iniciativa de este género habrá de optar rápidamente entre seguir siendo honrada o seguir siendo reformista. Nuestra época ha demostrado hasta la saciedad el carácter deshonesto y falaz de todos los reformismos suscitados por ella no menos que la indecencia y la mendacidad de toda ideología radical: «La teoría revolucionaria es ahora enemiga de toda ideología revolucionaria, y sabe que lo es.» (Guy Debord, La Sociedad del Espectáculo)

 

5

El diálogo es revolucionario o no es nada. Fuera del diálogo libre no existen relaciones humanas merecedoras de ese nombre, ni merecen la consideración de relaciones y diálogos humanos más que aquellos que tienen consecuencias prácticas. El diálogo es una actividad práctica, una actividad seguida de efectos; desprovisto de resultados prácticos, no puede existir sino como parodia, como parloteo hueco e impotente. Las divergencias teóricas son divergencias sobre la práctica y deben tener repercusión práctica. Toda polémica teórica animada por el supuesto tácito de traducir meras «diferencias de opinión» entre individuos que navegan en el mismo barco, por muy áspera que sea, es sólo un ejercicio intelectual carente de interés, cuyo único resultado suele ser la formación de mayorías y minorías de opinión pasajeras e intrascendentes. Por el contrario, si se entiende que toda diferencia de opinión consistente remite en último término a la existencia de proyectos prácticos divergentes, tales disensiones en torno a la práctica, so pena de naufragar en la ideología del diálogo, han de resolverse en el plano organizativo.

 

6

El diálogo liberado es esencialmente despiadado. La dialéctica no podría detenerse. Desprecia la querella y el triunfo verbal, y se burla de la refutación, considerada como fin en sí por erística. La erística no se preocupa ni de la verdad ni del interlocutor. Es monólogo. Lo unívoco es su norma. No va a ninguna parte y sumerge al otro bajo la corriente en vez de suscitar su respeto por la verdad y por el interlocutor, bien entendido que el respeto por el interlocutor es tanto mayor cuanto permanece subordinado a la preocupación por la verdad. No se enorgullece de haber triunfado sobre un adversario, pero tampoco sabría retroceder frente a un triunfo despiadado cuando está en causa la verdad.

 

7

El diálogo libre debe reconocerse a sí mismo como una separación radical respecto del mundo de la separación. Se halla enteramente supeditado a la necesidad de que, por vez primera, la teoría como inteligencia de la práctica humana, sea reconocida y vivida por todos los que toman parte en él, no ya por unos pocos, sin diálogo, y admitiendo esta deficiencia en la vida. El diálogo libre es la expresión coherente de la teoría de la praxis entrando en comunicación no-unilateral con las luchas prácticas, en devenir hacia la teoría práctica. Su propia práctica es la generalización de la comunicación y de la coherencia en estas luchas. El único límite a la participación en la democracia total del diálogo libre es el reconocimiento y la autoapropiación efectiva de la coherencia crítica, coherencia que debe probarse en la teoría crítica propiamente dicha y en la relación entre ésta y la actividad práctica.

 

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Es la lucha histórica misma donde es necesario realizar la fusión del conocimiento y de la acción, de tal forma que cada uno de estos términos sitúe en el otro la garantía de su verdad. La constitución de la humanidad proletarizada en dueña de sus destinos no se distingue en nada de la organización práctica de sus luchas por reapropiarse sus poderes enajenados: es allí donde deben darse las condiciones prácticas de la conciencia. Sin embargo, esta cuestión central de la organización ha sido el escollo que ha echado a pique todas las tentativas emancipadoras de nuestra época. Allí donde surge como la forma misma de la sociedad en revolución, el diálogo libre es igualitario, no porque todos los individuos se encuentren al mismo nivel de inteligencia histórica, sino porque tienen que hacerlo todos juntos, y porque sólo juntos tienen los medios. La estrategia total de cada momento es su experiencia directa: deben comprometer en ella todas sus fuerzas y soportar inmediatamente todos los riesgos. En los éxitos y fracasos de la empresa común concreta en la que se han visto obligados a poner en juego toda su existencia, la inteligencia histórica se revela como un todo.

 

9

La ignorancia sobre la organización es la ignorancia central sobre la praxis. El error sobre la organización es el error práctico central. Si es voluntario, aspira a la subordinación de los demás. Si no, es cuando menos un error completo acerca de las condiciones de la práctica histórica. La teoría revolucionaria no surge del dominio exclusivo de los conocimientos propiamente científicos, y menos aún de la construcción de una obra especulativa o de la estética del discurso incendiario autocontemplándose en el fulgor de su propia lírica y encontrando que ya hace más calor. Tal teoría no posee existencia efectiva sino mediante sus victorias prácticas; aquí «hace falta que a las grandes ideas sigan grandes efectos; es preciso que sean como la luz del sol, que produce aquello que ilumina». La revolución de que se trata es una forma de las relaciones humanas. Forma parte de la existencia social. Sus leyes son las leyes del conflicto, la guerra es su camino, y sus operaciones son más comparables a un arte que a una investigación científica o una enumeración de buenas intenciones.

 

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Las estructuras informales basadas exclusivamente en la afinidad personal y teórica general, en la espontaneidad y la buena voluntad de un número reducido de personas, son aptas para la realización de tareas limitadas: discusión, elaboración teórica, diversión en sociedad, redacción y difusión de textos. Cuando las tareas se amplían, cuando su complejidad y su grado de concreción práctica aumentan e intervienen en su realización factores como el apremio temporal o la actividad pública concertada, el peligro jerárquico hace su aparición, y no necesariamente porque algunos se propongan «organizar» expresamente a otros ni porque la desidia de muchos pueda convertirse en la carga de unos pocos, sino porque la mera espontaneidad ya no está en condiciones de dar respuesta a todas las cuestiones. Toda organización que simula no serlo corre el riesgo de proporcionar un terreno favorable –en el mejor de los casos-  a la dominación informal y la autoridad incontrolada de especialistas de la libertad colectiva. Asimismo, el rechazo a  considerar la oposición existente entre las condiciones de una minoría agrupada en una lucha concreta y la sociedad de los individuos libres, rechazo característico de la ideología democrática y libertaria, alimenta toda clase de ilusiones inconfesadamente jerárquicas acerca de la relación entre tales minorías y la sociedad en la que pretenden ejercer su influencia.

 

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Hasta ahora, la práctica de La Fiera se ha limitado fundamentalmente a interpretar y denunciar ad hominem la transformación del mundo cultural hispano en inmundicia ignominiosa. De lo que se trata ahora es de destruirla.

 

N.N.N.

 

PS de  la directora.- No se trató de un propósito deliberado de las mujeres y hombres que, en 1995, decidieron poner en marcha La Fiera Literaria, para defender la auténtica literatura –la auténtica novela, sobre todo—y denunciar la escasa o nula calidad de los productos, así como los manejos consumistas de la que había empezado a llamarse industria cultural. No fue un propósito, digo, pero muy pronto fuimos conscientes de encontrarnos en la estela del situacionismo y del Mayo/68. Así debía reflejarse en nuestros escritos, pues ello hizo que entrara en contacto con nosotros un filósofo situacionista, entusiasmado desde que alguien le dio a conocer La Fiera, allá por los últimos años del siglo pasado, antes de que se marchara a Alemania. Quien mantuvo correspondencia con él, Manuel García Viñó, no recuerda ni su nombre ni su dirección, que vanamente hemos buscado. Sus cartas descansarán en algún rincón de nuestro desordenado archivo, en el que ahora ha aparecido el artículo que va delante de esta nota. ¿Cumple La Fiera el segundo mandato del filósofo? Nació para llevar a cabo el primero, y lo sigue cumpliendo. Quizá llevar a cabo el segundo sea labor de los que vengan –ojalá pronto—detrás de nosotros. Cada cual tiene su tarea aun entro de la misma misión.