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Camilo José Cela Nota necrológica del comité de crítica post mortem
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Renuevos de La Fiera Literaria

Camilo José Cela
Nota necrológica del comité de crítica post mortem

 

Publicado en La Fiera nº 120.- Marzo 2002

 

Como saben todos los lectores de La Fiera Literaria, Cela siempre fue para nosotros un Premio Nobel de Lesa Literatura. Ni como hombre ni como artista ha sido santo de nuestra devoción. Y ahora quizá convendría dejar bien sentadas las diferencias entre ese dualismo: hombre y artista. Dualismo que suele plantear más de un problema a la hora de hacer historia literaria, puesto que la ideología del artista puede o no puede determinar su obra. Un fascista, fundador además de la Falange Española, como Sánchez Mazas, resulta, a la hora de escribir, un buen novelista. Lo mismo que ocurre con un antisemita como Céline. Sin embargo, en Cela no se puede separar de su escritura su modo de pensar. Hijo de la guerra, pero hijo vencedor, encarnó en la inmediata posguerra lo más repulsivo del régimen: la chulería, el desplante, ls prepotencia y el abuso a todos los niveles, primero al servicio de los falangistas y más tarde al servicio de la monarquía. Cela nunca tuvo una ideología política clara, definida, paro sí supo ponerse en cada momento al lado de los vencedores, sin dejar por ello de exhibir lo más característico de su espíritu: la falta de humanidad, el inhumanismo radical, un desprecio por las ideas, que se manifestó, como cabía esperar, en una preclara ignorancia voluntaria. Hijo de la guerra, fue también hijo de la incultura fascista.

 

La Fiera Literaria no suele interesarse por las actividades políticas o ideológicas de los escritores, a no ser que, como es el caso, estas actividades determinen, o al menos mediaticen, la obra escrita. Y en la obra de Cela existe la constante de la incultura, el desprecio por las ideas y la inhumanidad ante los seres: sobran mendigos y pobres, sobran cojos y tuertos, todos materializados bajo la burla más despiadada, por no hablar de su desprecio machista por la mujer. Se trataba de “hacer gracia” a costa de las desgracias ajenas, de burlarse del desgraciado, del desheredado, del infeliz, del socialmente débil como es el caso del homosexual. No sólo no hay ideas en su obra, sino que las ideas son despachadas en ella como un mal. Sobrarían citas. Se da también una muy fascista enemiga por los intelectuales y por la intelectualidad.

 

Cela no posee ninguna riqueza sintáctica, como tantas veces se ha pretendido. Tampoco era un dominador de la lengua. Ni un innovador de la misma. Cela eraun barroco trasnochado, que amontonaba adjetivos y redondeaba las frases a fuerza de repeticiones. Sólo podía defenderse en escenas breves, en estampas, en la pequeña pincelada. Nunca en el relato largo, en la novela. Esto explica que no lograra escribirxnada parecido a lo que rigurosamente se entiende por novela., y también que llegara a decir aquello de que “novela es todo libro debajo de cuyo título se puede poner la palabra novela”. Después de aquellas interminables enumeraciones de nombres y breves situaciones (La colmena), construye las abigarradas prosas de sus últimos libros (Mazurca para dos muertos, Madera de boj), páginas y páginas en las que, a partir de un cierto lirismo, escamotea espacio y tiempo, tema y personajes: trabajo ímprobo, si se quiere, pero que, al estar totalmente vacío de ideas, y hastaa de temas, no resultan sino pruebas de su vacío, por lo que son intraducibles a cualquier idioma culto. Tal vez a agunos les puedan deslumbrar los adjetivos, el barroquismo, pero nada de ello disimula la ausencia de pensamiento, de estructura, de auténticos personajes.

 

Luego está la facilidad, la superficialidad de aquello que se llamó tremendismo y que no era más que un realismo exagerado, adocenado ya desde Quevedo; el culto a lo feo, en lo que nunca llegó a la altura de su modelo, Valle Inclán; el uso y abuso de lo malsonante, de lo sucio… ¿Qué consiguió con el llamado tremendismo? Una vuelta atrás, una regresión. La familia de Pascual Duarte tuvo el menos el mérito de iluminar siniestramente la inmediata posguerra, pero tampoco es una narración –nunca novela—que pueda servir de modelo. ¿Qué queda, pues? Queda el Viaje a la Alcarria, de un lirismo suave, buena escritura, sin las habituales exageraciones. Muy poco, finalmente, para que el autor pueda ocupar un lugar medianamente digno en la historia literaria. ¿Qué le dieron el Nóbel? Bien está. ¿Por qué no? Después de todo, el primer Nóbel de Literatura se lo concedieron a uno de los peores poetas en lengua francesa que ha habido: Sully Prudhomme. La Fiera Literaria ya ha expresado muchas veces la opinión que le merecen los premios y los premiados, y Cela los ganó todos: su nombre resaltará sin duda a la hora de escribir la historia de los premios, y nada más, porque, como escribió uno de nuestros mejores epigramistas, Juanito Poliorcetes,

 

Si Cela se tira al monte,
tiembla el monte con terror
¡qué premio no habrá cazado
nuestro Cela cazador!

 

La prensa y la televisión, aunque con significativas excepciones, y, lo que es más triste, los suplementos literarios convertidos en botafumeiros –ni la menor crítica, ni el más mínimo disentimiento, ni un solo reparo: ditirambos que, de puro melosos, resultan ridículos—han elevado al cielo el nombre del fallecido. Pero lo más chusco ha sido comprobar la inanidad de las opiniones e determinados “maestros”. Para Ansón, la novela se divide en antes y después de Cela, con lo que demuestra que no sabe lo que es una novela. Las alabanzas del nene de Prada no se pueden repetir en un papel que se quiere limpio. Lo mismo que las palabras pronunciadas por De la Concha, director de la Academia por contumacia.

 

¿Y quiénes fueron los primeros en acudir al sepelio? Pues los señores Campmany, Umbral, Cebrián y Vizcaino Casas, compañeros ideológicos del finado. Después llegaron monarcas y ministros. Después de todo se trataba de un Nobel.

 

Ahora, acabadas las fiestas y conmemoraciones, la crítica, si existe, tendrá que calificar la obra de Camilo José Cela. Tarea ímproba para sus defensores, pero nada difícil para quienes, como los miembros de esta redacción, parten de conceptos claros y ejercen una crítica sana, rigurosa, independiente, única en España, propia de quienes se han formado en el Círculo de Fuencarral.

 

En conclusión, : mírese por donde se mire, perdónese lo que se perdone, Camilo José Cela –y hablamos ahora sólo de su obra—no puede servir de ejemplo a ningún joven que quiera ser escritor; aún menos, a quienes quieran ser novelistas. Su influencia, si es que se da –lo que es bastante dudoso—puede resultar deletérea, y hasta mortal, para el desarrollo y posible florecimiento de lo que entendemos por novela.

 

Juan Risaco Condobrín