Por orden del Sr. Dios

Mi panadera es palestina. Hace tiempo, cuando yo iba a su tienda y no había público, nunca nos faltaba tema de conversación. Así me enteré de muchas cosas que no dicen los periódicos, pues con cierta frecuencia ella hablaba con su familia por teléfono o algún miembro o vecino de ésta venía a España.

Cuando el hecho es llamativo, los periódicos sí hablan de él, aunque, la mayor parte de las veces, distorsionándolo. Como mínimo, la distorsión consiste en este caso en tratar la tragedia de los palestinos como un conflicto entre dos partes más o menos equiparables. Y aluden a esa tragedia, a la tragedia de UN pueblo, al sufrimiento del pueblo palestino, como “el conflicto palestino-israelí”. Publiqué un artículo sobre el tema en Rebelión.

Los periódicos, por ejemplo, no han informado a sus lectores de que los saqueos de casas palestinas por el ejército israelí son DIARIOS . Diariamente, varios grupos de soldados patrullan por las calles de ciudades y pueblos e irrumpen en las casas, rompen televisores y otros electrodomésticos, y muebles, rasgan fotografías, tiran la ropa por el suelo. La excusa es que “sospechan” que allí se esconde un terrorista. Y muchas veces hasta lo encuentran, porque, en teoría, para los israelíes, todos los palestinos son terroristas. Sin duda este comportamiento forma parte de una maniobra continuada de desgaste de la resistencia moral, de cansancio físico y anímico, de agotamiento, para que se vayan a hacinarse con otros en campos de refugiados los que no quieran hacinarse en la cárcel o el cementerio.

Más tarde, fui yo quien empezó a facilitar a mi amiga noticias y artículos sobre el problema. Ella tenía ordenador, pero no Internet. Yo le imprimía todos los artículos que publicaba REBELIÓN y se los daba cuando iba por el pan.

Podría rellenar un libro con lo que Mariam me contó en el curso de unos cuantos años. Voy a traer aquí solamente un suceso que tuvo lugar a los tres días de estar ella en un pueblo, no recuerdo el nombre, cerca de Jerusalén, a principios de agosto de hace tres veranos, el cual, por sí solo, podría llenar varios tomos de una historia universal de la infamia:

 <<Era mi tercera noche en la casa de mis padres. Sobre las diez de la noche, yo estaba en la terraza de la cocina, viendo cómo un niño de unos once o doce años, cambiaba una bandera israelí, que colgaba sobre la puerta de un edificio, por una palestina. Desde hace tiempo, las banderas palestinas están prohibidas y, por las noches, los chicos las cambian. A éste lo pillaron los soldados. Lo pillaron y, entre juegos, voces y risas lo quisieron obligar a besar la bandera israelí y pisar la de Palestina. El niño hizo todo lo contrario: besó la bandera palestina y pisoteó la israelí. Se lo llevaron a rastras a su casa. Vivía unas puertas más arriba que nosotros. Unos minutos más tarde, no se cuántos, oí un disparo. ¿Sabes lo que habían hecho los soldados? Habían subido al niño a su casa, habían sentado a sus padres en un sillón, y lo habían tumbado a él encima de las rodillas de sus padres Y le pegaron un tiro en la cabeza.

No me pidas que te cuente más historias de Palestina. He visto muchas cosas y muchas de ellas no he podido evitarlas, porque me apuntaba un M16 a la cabeza. La vida de un palestino vale muy poco>>.

Hubo un momento, ya ella de regreso, en que, en nuestras conversaciones, pretendíamos desentrañar la raíz del comportamiento de los israelíes. Una gente que, habiendo sufrido un holocausto que finalizó en 1945, inició, sólo tres años más tarde, la serie de rapiñas y crímenes que habría de desembocar en otro holocausto más infame, por su carga atroz de cinismo e hipocresía, su desafío casi burlesco a los organismos internacionales y a la comunidad internacional, su abuso de la fuerza: poseen el tercer ejército del mundo y, a donde no llega su poder, cuentan con la ayuda de los Estados Unidos. Los lectores de Rebelión saben bien que Israel ha desatendido unas cincuenta resoluciones condenatorias de las Naciones Unidas, todas ellas salvadas por el veto norteamericano.

Los palestinos son primos hermanos de quienes ahora los despojan y los matan. Son descendientes de los judíos que se quedaron en Palestina, tras la catástrofe del año 70, y que después se convirtieron al Islam. Los propios historiadores judíos han demostrado que nunca hubo la durante siglos pregonada diáspora, una más de las falsificaciones que el sionismo ha hecho de la historia. Han vivido en esa tierra durante más de dos mil años y, por lo tanto, son sus dueños naturales. Lo han hecho bajo sucesivas ocupaciones –romana, bizantina, otomana, inglesa., pero siempre como un pueblo y hasta teniendo algunos cargos administrativos. Las etapas del despojo que comenzó con la Declaración Balfour son de sobra conocidas por quienes se interesan por este tema. Su empeoramiento sistemático culminó, en lo político, en la cumbre de Oslo. Su horror desde el punto de vista humano, en el auténtico genocidio del año pasado en Gaza. En Oslo, los israelíes mintieron con bellaquería ante Yasser Arafat, con quien, teóricamente, iban a Pactar un reparto del territorio -en principio, por cierto, mucho menos equitativo y más perjudicial por tanto para los palestinos que el que llevara a cabo una incipiente ONU a mediados del siglo XX y que en más de sesenta año nadie se ha atrevido a hacer cumplir. Engañado o porque no tuvo otra opción, Arafat firmó un acuerdo que implicaba el reconocimiento del Estado de Israel pero que nada decía respecto a los problemas más importantes: Jerusalén, los refugiados, los asentamientos israelíes, la seguridad, las fronteras exactas.... A Israel le importó muy poco lo que firmaba: el mismísimo día siguiente se olvidaba de lo pactado sobre Gaza y Cisjordania y consentía nuevos asentamientos colonialistas, y continuaba hostigando a los palestinos con controles que les hacían y le hacen imposible desplazarse, carreteras para los ocupantes y otras peores para los ocupados, continuas prohibiciones para la entrada en los territorios mencionados de las ayudas internacionales, y hasta de las medicinas más imprescindibles, un muro de separación, y, en general, todo cuanto se deriva de una auténtica política de apartheid. Y apenas tuvo una excusa, como un atentado en Hebrón el 18 e noviembre de 2002, declaró nulos e inválidos los acuerdos de Oslo, mientras su presidente de entonces, Ariel Sharon, llamaba a la comunidad judía a extenderse por la zona.

¿Por qué tanta mentira, tanta maldad? nos preguntábamos. ¿Por qué tanta injusticia disfrazada, producto no de una mente enferma aislada, sino de un amplio grupo, que no ha dejado de incrementarse desde que, a finales del siglo XIX, Theodore Herltz fundó el sionismo? A los habitantes de la tierra que ellos sostenían que les había donado Dios en propiedad no los tuvieron nunca en cuenta. Algunas frases de los propios líderes sionistas así lo demuestra:

--Tenemos que expulsar a los árabes y ocupar su lugar (David Ben Gurión)

--No puede haber sionismo, colonización ni estado judío sin la expulsión de los árabes y la expropiación de sus tierras. (Ariel Sharon a la Agencia France Press, el 15 de noviembre de 1998)

--La partición de Palestina no es justa. Nunca la aceptaremos. Eretz Israel será restituido al pueblo de Israel. Todo él y para siempre (Menahem Beguin)

--No existe un interlocutor palestino para una negociación (Ariel Sharon)

--He creído siempre en el eterno e histórico derecho de nuestro pueblo a toda esta tierra. (Ehud Olmert, ante al Congreso de Estados Unidos el 30 de junio de 2006)

--No existe nada que se pueda considerar un estado Palestino. Nosotros podemos llegar, echarlos y ocupar el país. (Golda Meir).

-Jamás consentiremos un estado palestino (Netanyahu, muy recientemente)

Y, muy recientemente también, yo mismo he oído a un colono de Cisjordania –minúsculo territorio supuestamente palestino después de Oslo, decirle a un reportero de televisión: Nunca nos iremos de aquí. Esta tierra nos la ha dado Dios.

Y, si se la ha dado Dios y al nivel de ciertas mentalidades, ¿quién lo va a discutir?

¿De dónde? ¿De dónde y de qué filosofía podía venir tan fría maldad, tan venenoso desprecio por los otros, semitas como ellos? Tras rellenar algunos folios con la intención de explicarme en un breve ensayo, creo que terminé diciendo lo que intentaba decir en el siguiente poema, que titulé CLAMA EL PROFETA:

Si no conoces el poema puedes encontrarlo aquí.


Israel, si no desaparece, porque deje de contar con la ayuda de los Estados Unidos –circunstancia más bien impensable- jamás consentirá un Estado palestino. Asombra que todavía se hable tan profusamente, en los medios de comunicación y en los foros internacionales, de proceso de paz, de hoja de ruta, de reuniones entre el gobierno israelí y la, más que débil, entregada Autoridad Palestina, al cabo de más de sesenta años desde que la ONU decretara una partición injusta, pero, al fin y al cabo, partición. Todos los intentos los frustra Israel, y lo seguirá haciendo. La voluntad sionista de quedarse con todo el territorio palestino, más trozos de Siria y del Líbano, para fundar el Gran Israel, el Israel bíblico, la han manifestado sus líderes con tanta claridad, como hemos visto, que parece mentira que todavía haya quien se llame a engaño. ¿No es de general conocimiento cómo Israel llevó a cabo una auténtica masacre en Gaza, reconocida como tal por la ONU –el informe Goldstone- que lo declara culpable de crímenes de guerra y de crímenes contra la humanidad y no pasa nada? ¿No ha sucedido que, a lo largo de más de medio siglo, el máximo organismo internacional ha dictado cincuenta resoluciones condenatorias del gobierno sionista y éste ha seguido haciendo lo que le ha venido en gana, pues sabía que, al final, el veto USA le libraría de cualquier condena? ¿Quién puede esperar nada de un encuentro del ultraderechista Netanyahu con Mahmud Abbas –luego de ponerle, por ende, condiciones inaceptables-, si ya se sabe lo que pretenden?

 Lo que quise resaltar sobre todo en el poema –creo que se ve claramente- es la infinita maldad de las fechorías que cometen algunos hombres creyentes, en nombre de SU Dios. Si consideramos lo que piensan, desde su fe, lo que es ese Ser que nadie ha visto, pero que, según ellos, ha creado el mundo, lo sostiene providencialmente y ha movido la historia, resulta tremendo lo que hacen y, por supuesto, contradictorio. Pero eso es propio de todas las religiones. Considérese lo que han sido las religiones a través de la historia. Todas, todas han traído para el ser humano un cúmulo de crímenes y de desgracias, muy especialmente la judía. Aquella acertadísima opinión de Feuerbach, irrebatible a mi juicio a la vista de la realidad y el estado de los conocimientos, de que las cosas no han sido como se suele afirmar, sino que ha sido el hombre el que ha creado a Dios a su imagen y semejanza, alcanza una clara confirmación en lo que los cristianos llaman Antiguo Testamento, esto es, la historia del judaísmo (y adrede no digo “pueblo judío”, porque, de una vez por todas, el profesor Shlomo Sand, judío, profesor de Historia Contemporánea en la universidad de Tel Aviv, ha demostrado que nunca ha existido un pueblo judío; el judaísmo es una religión. He manejado la traducción francesa: Comment le peuple juif fut inventé, París, Fayard, 2008). Quien quiera asegurarse de que es verdad lo que digo, sin necesidad de espigar, entre otros “sucesos”, aquellos especialmente aborrecibles, tiene a su alcance, desde hace poco, un libro de José Rodríguez, actualmente profesor del Instituto de Formación Continuada de la Universidad de Barcelona: Los pésimos ejemplos de Dios según la Biblia, Temas de Hoy, Madrid, 2008. En él se puede enterar el lector, con todas las garantías de unas citas que pueden fácilmente comprobarse, que Jahvé bendijo profusamente a tramposos, cobardes, mentirosos, adúlteros, ladrones, y sobre todo justificó, cuando no decretó, los robos de tierra y las matanzas perpetradas por su “pueblo elegido”, para apoderarse de lo que no era suyo. Fechorías que culminaron con la “conquista” de la tierras de Canáa, la actual Palestina, que, por cierto, no fue suya desde siempre, como pregonan hoy, sino sólo durante los ochenta años que duraron los reinados de David y Salomón, si es que estos personajes no son también legendarios, como opinan algunos.

Las religiones son sucesos culturales, creación de unos hombres para dominar a otros hombres a través de la manipulación de sus conciencias. Todas tienen puntos en común y discrepancias, según la cultura en que nazcan y se desarrollen. La religión cristiana no es especial. Es una más de entre el grupo de religiones mediterráneas. Y, por supuesto, es un sincretismo. No se puede sostener seriamente que la fundó o inspiró un Dios bajado a la tierra. El Concilio Vaticano II decretó -constitución Nostra Aetate-, que todas las palabras de la Biblia no es que estén inspiradas, es que son como si tuvieran a Dios por autor. Y entonces va uno y lee el Tao Te King, el Zend Avesta, los Upanishads, el Corán y no son inferiores ni en la forma ni en el contenido a lo que ha escrito Dios. Y no digamos ya el “Así habló Zarathustra”. De todas las religiones, el judaísmo es la más claramente diseñada a la medida de los intereses de un pueblo. Y lo seguirá siendo. Y que de esa descarada teocracia se diga que es la única y acreditada democracia de Oriente Próximo y Medio no constituye sino el mayor sarcasmo proferido por una sociedad caracterizada por la mentira y la hipocresía.

M. García Viñó



Malvenidos al renamuriento

La novela española se ha desintelectualizado. ¿Quién la intelectualizará? Los escritores del sistema, los que escriben, o procuran escribir, bestesellers, desde luego, no. Los profesores universitarios y los críticos literarios, menos.

Hace poco, me invitaron a dar una charla sobre “la novela y las novelas” en uno de esos llamados “talleres de literatura”. Antes de iniciar la que ellos llamaban, en las papeletas de convocatoria, “lección magistral”, quise saber algo sobre la preparación de aquellos jóvenes de uno y otro sexo aspirantes a escritores. Y entonces fue la abominación de la desolación, que diría el profeta. Salvo dos chicas, ¡ni uno solo había leído el Quijote! ¡Todos! ignoraban qué era la novela picaresca. De la gran novela del XIX hablaban de oídas, menos una de las dos chicas, que había leído Rojo y negro, traducida, “y había iniciado La Regenta, “que había terminado de conocer por la serie de televisión”. Tampoco sabían nada de los colosos del XX, salvo –la misma chica- una obra de Hemingway, “de cuyo título no me acuerdo”. Sólo –todos- hablaban con soltura de lo reciente, que por lo visto no tiene para ellos antecedentes: los grandes bestsellers mundiales del tipo El código da Vinci, y los productos de la cuadra de Prisa-Alfaguara y compañía, como Anagrama, Tusquets y Espasa. Y Planeta, claro. De Grecia y Roma, nada. De Oriente, nada. De los clásicos, nada. Absolutamente nada también de la poesía de cualquier época. Pero todos tenían en la cabeza una novela sobre la otra mano de Fátima, el Santo Grial, el hijo de Nostradamus, Los piratas del Mar Negro, En busca del Arco Iris… No sabían quienes eran Dante ni Petrarca, pero sí Almudena Grandes y Javier Marías, “que salen mogollón en El País”. “Y Pérez Reverte, “que lo han nombrado académico y por algo será”. “Yo me estoy preparando para escribir sobre el Gran Capitán, anunció uno, como una especie de Alatriste”. La abominación de la desolación. La gran catástrofe, que diría Alexis Zorba.

Nadie sabía allí lo que era la literariedad. Ni distinguía una novela de un relato. Ni se había asomado a la Historia Universal, ni a la Filosofía ni a la Física Teórica. ¿Tengo que añadir que tampoco a la Gramática ni a la Lógica? Composición, forma de presentación de la realidad, elipsis, elusiones, alusiones, literariedad, perspectivismo, contraste, tiempo y tempo, monólogo interior, extrañamiento… eran conceptos que nada les decían. Claro que tampoco dicen nada a Muñoz Molina, Pérez Reverte, Almudena Grandes, Marsé, Ruíz Zafón…

Ha habido momentos en la historia –y en la prehistoria-- en que la humanidad ha traspasado lo que Gehelen llamó –y Hans Sedlmayr aplicó a la historia del arte- “un nivel absoluto de cultura”. Este filósofo de la historia, profesor en las universidades de Viena, Munich y Salzburgo, nos ponía varios ejemplos muy claros, de los cuales sólo recuerdo uno: el del paso del paleolítico de  los cazadores al neolítico de los agricultores. Por si acaso no entendí bien el concepto, o no lo abarqué en toda su amplitud, simplemente me atrevo a preguntar si no se traspasó un nivel de cultura –aunque no fuera absoluto-, con el fin del Antiguo Régimen y el advenimiento de la Modernidad.

En el siglo XX, y coincidiendo con el cambio de paradigma que habían propiciado la Teoría de la Relatividad y la Mecánica Cuántica, aboliendo la visión del universo de Isaac Newton y otorgando una nueva configuración a los absolutos clásicos -espacio, tiempo, movimiento-, las artes, y muy especialmente la novela y la pintura, experimentaron cambios sustanciales que, en el caso de la primera, le posibilitaron el acceso a la categoría de obra de arte literario, que no había tenido hasta entonces, como con rotundidad había señalado Paul Valéry. “La novela no forma parte del arte literario por su prosaísmo antiartístico”, decía el autor de El cementerio marino. Antes, los neoclásicos se habían negado a alinearla junto a los géneros literarios más nobles, como la epopeya y la tragedia.

Nuestros periodistas, críticos literarios y profesores de literatura se mueven en un caos muy parecido al de los “estudiantes” del Taller. Ellos sí conocen y sí han leído lo que los “meritorios” ignoran. Pero no saben dónde colocarlo sin autoexcluirse de la monarquía de las letras. Ni saben hacia dónde mirar para mantener sus respectivos estatus sin enfadarse con nadie o, mejor dicho, sin que nadie se enfade con ellos. Y como lo que manda desde hace tiempo en el campo que anteriormente ocupaba la cultura es la industria del libro, a ella se someten. Saben que si quieren continuar “vigentes”, económica y mediáticamente hablando, tienen que aceptar las normas del Sistema.  Se habla de industria cultural, pero lo que manda, lo que define, es solamente la industria. ¿Se ha traspasado algún umbral significativo con el derrumbe del arte y la literatura serios y la sustitución del espíritu y la mente por el reconocimiento  mediático y la ganancia? En cualquier caso, el resultado es la desaparición de los intelectuales y los artistas, eclipsados por los diletantes y los mercaderes.

¿Dónde están los escritores comprometidos como aquéllos de los años medios del siglo XX? Ahora no los hay. Ni los más interesados quieren que los haya. Es decir, ni los que podrían serlo quieren serlo. A Muñoz Molina, uno de los escritores más incompetentes, pero más valorados, de la actualidad, le he leído decir, citando a un escritor sudamericano que no recuerdo, que “quien quiera lanzar un mensaje ponga un telegrama". Añadiendo que los tiempos han cambiado respecto a la pasada centuria y que ahora no hay temas con los que comprometerse. Seguramente lleva razón. Porque las guerras agresivas del Imperio, el holocausto palestino por Israel, el ecologismo, el feminismo, la droga, la situación infrahumana de los africanos, no son evidentemente temas para  preocuparse ni comprometerse. Cuando haya otra guerra en Vietnam y se convierta en moda criticarla, ya será cosa de pensárselo. Les pasa igual con la forma de estado: serán monárquicos hasta que les convenga ser republicanos.

Hace unos días, respecto a aquél en que redacto este artículo, se publicó en el diario El Mundo (18 de agosto de 2009) una entrevista al fabricante de bestsellers Carlos Ruiz Zafón, anunciada en la primera página del suplemento con el reclamo: Ruiz Zafón arremete en Edimburgo contra “los policías de la alta cultura”, y titulada en la página 4: Ruiz Zafón contra la “alta cultura”. Es de preguntarse por qué un escritor, por pésimo que sea  -y el que nos ocupa es espantoso--, clama contra la alta cultura. Leída la entrevista, pienso que porque le enrabieta haber sido clasificado donde lo ha sido. Es evidente que a él le habría gustado vender millones de libros y además ser considerado un gran escritor. Como ya ha comprendido que eso no va a ocurrir, la emprende contra la cultura, contra las novelas serias, contra todo lo que él no es ni practica, enarbolando “razones” tan analfabetas como ésta:

-“…no existe algo a lo que se pueda denominar ‘buena literatura’, sino que únicamente existe el hecho de escribir bien y de escribir mal”. No cabe mayor simplismo. Sólo en una cabeza absolutamente hueca se puede incubar semejante monstruosidad. ¡Lo que es la falta de ignorancia!, que diría Cantinflas. Pues si, como dicen, La sombra del viento, el engendro firmado por el autor del dicho disparate, se ha convertido en el libro español más vendido después del Quijote, no nos queda otra opción que hacer rogativas.

En un nuevo alarde de no saber de qué estaba hablando, contraponía la “literatura” que él practica a ¡la erudición! Añadiendo que “haber establecido una diferencia entre la erudición o alto nivel intelectual y la cultura de nivel popular es el mayor fraude cultural del siglo XX”. Ya dijera lo que dice, ya dijera lo que parece que dice, ya dijera lo que no quería decir, ya dijera lo contrario, expelió una chorrada memorable, sólo explicable desde una carencia total de fundamentos culturales.

Luego parece que se habla a sí mismo, aunque sin entenderse: “yo, por mi parte, no estoy en absoluto interesado en tener a mi lado una especie de pensamiento policial, totalmente esnob, que me vaya diciendo, a cada momento, lo que es bueno o lo que es malo”. Según el entrevistador, Ben Hoyle, Zafón lo que hacía, o quería hacer, en esa entrevista, era defenderse del ataque indirecto de Jonathan Mills, director del Festival de Edimburgo, quien había dicho que estaba seriamente preocupado sobre lo que podía ocurrir “si, como sociedad, lo único que sabemos hacer es entretenernos, en lugar de satisfacer cumplidamente nuestras necesidades espirituales, intelectuales y emocionales.”

Su pobreza de ideas, el ridículo concepto que tiene el vendedor de libros  de la literatura en general y de la novela es particular, se refleja en estas palabras: “Para mí, el arte estriba exclusivamente en su ejecución y no en sus pretensiones”.  ¿Habrá leído Zafón algo sobre estética literaria? ¿Sobre teoría de la literatura? Sin duda, no. En largo párrafo final demuestra que, para él, en literatura, todo se reduce a escribir bien o a escribir mal.

Otra contestación que recibió el ufano superventas le llegó de la novelista británica Rose Tremain, quien afirmó que, en la argumentación de Ruiz Zafón se ignoraba la significativa diferencia existente entre “los libros escritos con el único propósito de entretener y la ficción seria que se encuentra más allá del mero hecho de relatar una historia, aquella que, además, intenta hacer pensar al lector sobre la condición humana”.

Lo he escrito más de una vez: el escritor español, como el crítico literario, como el periodista, como el profesor de literatura, también como el lector, parece como si tuviera alergia a pensar. “Yo no estoy aquí para pensar ni para hacer pensar”, parece decir el “novelista”, sino para contar una historia. Que Ruiz Zafón abomine del intelectualismo no sería especialmente grave si no fuera porque los críticos del sistema lo arropan y sitúan entre los escritores de verdad, portadores de una misión, como quería Nietzsche. Pese a todo, no sería especialmente grave. Que lo haga Juan Marsé, un novelista sobrevalorado por una crítica que sobrevaloró también a Juan García Hortelano y a Miguel Delibes, a Salinas y a Ferres, mientras dejaba fuera de su atención a superescritores de talla europea como Antonio Risco, Juan Ignacio Ferreras, Carlos Rojas, José Luis Acquaroni, Andrés Bosch, José Tomás Cabot, José Vidal Cadellans, Manuel San Martín, Antonio Martínez  Menchén, Fernando Gutiérrez, Antonio Prieto, José María Castillo Navarro, José Mª Vaz de Soto, Antonio Zoido, José Luis Castillo Puche y, durante mucho tiempo, a Gonzalo Torrente Ballester y Álvaro Cunqueiro, junto a los que hay que poner a los sí atendidos, aunque no lo suficiente, Juan Goytisolo y Alfonso Grosso, lo es bastante más. Sobrevalorado, decía, y apadrinado por la crítica oficiosa, que durante años ha exigido –hasta conseguirlo-- para él el Premio Cervantes, un premio político, sí, pero de impacto en el público, con el que el Ministerio de Cultura refrenda cada año su vulgaridad y su convencionalismo.

En su discurso de aceptación de dicho premio, dijo Juan Marsé, haciendo dejación de cualquier compromiso ético o estético del novelista con la novela: “Para la famosa pregunta: ¿qué entendemos hoy por novela?, dispongo de mil famosas respuestas, que nunca […] me han servido de gran cosa.”. Apuesto el brazo que no perdí en Lepanto a que no sólo no tiene mil, sino que no tiene ninguna. Bastaría con que tuviese una. Después del paso por la literatura de la gran novela del siglo XX –el siglo más sabio de la historia-- ningún verdadero escritor puede dejar de tener su propia concepción del mundo ni su propia teoría de la novela. El que no las tenga no será un escritor, sino, como ellos mismos se declaran –lo han hecho, respondiendo a entrevistas leídas por mi, Pérez Reverte, Muñoz Molina, Almudena Grandes— profesionales de la escritura. A su propósito, habría que recordar lo que decía Nietzsche: “Tomar por una profesión el estado de escritor hay que tomarlo, cuando menos, por una forma de estulticia”.

El laureado Marsé confiesa no tener ni una concepción del mundo ni una teoría de la novela, y añade: “no me considero un intelectual, solamente un narrador”. Penoso. En el texto con que contribuyó Colin Wilson al Manifest de los angry young men, dijo: “El escritor representa la más elevada conciencia de la época y trata de extender esa conciencia a otras personas”. Julio Cortázar se apuntó a esta postura cuando escribió: “La novela antigua nos enseña que el hombre es: la novela de hoy -1950- se preguntará su por qué y su para qué”. “Los grandes novelistas, resumió Albert Camus, son novelistas filósofos”. Exactamente lo que no quiere ser Juan Marsé, con el aplauso de la crítica que lo ha aupado, para desdicha de la literatura española de principios del milenio.

Viví con intensidad aquella ebullición del género novelístico que se prolongó hasta el 68, cuyo espíritu contribuyó a impulsar en buena medida. Podría aportar cientos de testimonios, que he conservado, de lo que entendían era el papel de la novela los  novelistas y los críticos; testimonios que quitarían el sueño a Marsé y sus acompañantes o sucesores: los que más suenan hoy, interesados todos en contar una historia, en entretener y en vender.  Voy a aducir solamente unas palabras de Maurice Nadeau en su libro Le roman français depuis la guerre (Gallimard, París, 1963): “Por una evolución natural, la novela ha pasado de la descripción enciclopédica (del mundo o de las pasiones) a la apropiación moral, poética, filosófica o metafísica de este mundo por un individuo privilegiado: el autor […] del que “más que su creación, es su visión personal lo que nos importa, la expresión original y verosímil que, a través de su obra, nos da del universo y de las relaciones que mantiene con él”.

Arrastrados por la corriente de fango de la industria cultural, ya en los años finales del siglo XX, los novelistas vinieron a ser simplemente esos “contadores de cosas” que la crítica bautizó porque sí, ignorando la realidad anterior de, por ejemplo, la llamada “novela metafísica”, como “nueva narrativa” –nueva ¿por qué?--, para colmo sin originalidad, en que se han convertido con el beneplácito de una crítica y una cátedra cuyos ocupantes se preocupan más de salir en los medios y ganar dinero que de la literatura. A esa “nueva narrativa” la adornaron con las virtudes –que nunca tuvo- del cosmopolitismo, frente al realismo anterior, y el democratismo (¡!) producto de las nuevas circunstancias, aparte de llegar más a los lectores. A uno de los críticos más falseadores de la verdad,  por incompetencia o por “política”–junto con Rafael Conte, Darío Villanueva, Santos Sanz Villanueva, Ignacio Echevarría, Miguel Ángel Rojo, Ayala Dip, Jordi Gracia, etc.- Miguel García Posada, le produjo un ataque de nervios la afirmación de Mario Vargas Llosa, en una entrevista, de que la crítica española que se inaugura con la transición “no posee el rango intelectual que tuvo la de los cincuenta y los sesenta”. Y no sólo eso, sino también que la de ahora “está al servicio de las grandes editoriales y practica sistemáticamente el amiguismo y el enemiguismo”.

Aquella visión del universo de que hablaba Nadeau a mediados del siglo pasado ya sabe el lector en qué se ha convertido en los libros de Muñoz Molina, Antonio Gala, Almudena Grandes, Maruja Torres, Pérez Reverte, Javier Marías, Juan Manuel de Prada…: en la visión del barrio o de la familia del autor. Compárese el contenido de las citas de autores del siglo XX que he aducido con lo que decía también Marsé sobre su “oficio”, en el discurso que todos los medios de comunicación calificaron de brillante: “Con respecto al trabajo mantengo algunos principios, pocos, que bien podrían resumirse en dos: procura tener una buena historia que contar, y procura contarla bien, es decir, esmerándote en el lenguaje; porque será el buen uso de la lengua (lo que decía Zafón, recordémoslo), no solamente la singularidad, la bondad o la oportunidad del tema, lo que va a preservar la obra del moho del tiempo”. Me rasgo las vestimentas. Y esto lo dijo en presencia de los representantes de la supuesta España culta –del Rey abajo, todos-- y no se quemaron asientos ni se hicieron disparos ni nadie pidió la cabeza de nadie. Es escandaloso que un escritor tenga una idea tan paupérrima del quehacer del novelista:

Los dos, Ruíz Zafón y Juan Marsé, que, como el primero, se declaraba “amante incondicional de la fabulación” en el discurso comentado, reducen la bondad de la novela, un género altamente complejo, al interés de la historia y a la bondad  del lenguaje, que por cierto tampoco es lo que ellos ejercitan. Y es el caso que ninguna de las dos, ni la fábula ni el lenguaje, son elementos esenciales, desde el punto de vista de la estética literaria, de la novela. Son los elementos de composición, que antes he enumerado, los que le otorgan su densidad ontológica y estética. Dostoievski, Zola, Flaubert, Leopoldo Alas y muchos otros, en el siglo XIX, ya tenían una idea más seria del “mester de novelista”.

Me he preguntado muchas veces, sin acertar a darme una respuesta, por qué la inmensa mayoría de los críticos literarios y los profesores de literatura españoles –y, con ellos, los lectores--, junto a su alergia al pensar a que ya me he referido, profesan tan grande apego a los escritores costumbristas castizos, como Cela, Umbral, Muñoz Molina, Almudena Grandes, etc. y a los yo llamaría costumbristas provincianos, para que se me entienda: los Miguel Delibes, García Hortelano, Marsé, y también etcétera. Tanto apego al costumbrismo de uno u otro signo como rechazo al intelectualismo, a las ideas. Diríase que renuncian, en favor de un extraño “patriotismo”, al europeismo, al universalismo a que debe aspirar todo artista.

No es de extrañar que, en un panorama como el dibujado, fuese acogido con alborozo un personaje tan vacío intelectualmente y tan descomprometido ética y estéticamente como Arturo Pérez Reverte, quien no se cansa de pregonar  sus principales méritos, que consisten en tener muchos lectores y ganar mucho dinero: refrendo, para él, de su categoría literaria. En la onda de Zafón y Marsé, pregona Reverte, en volandas de los críticos, que la novela estaba secuestrada por los Joyce, Faulkner, Hesse, Mann, Virginia Wolf, Camus, Steinbeck, Huxley y demás maestros del siglo XX –los que de verdad renovaron el género en lo ético, lo intelectual y lo estético--, hasta que ha venido él a rescatarla. Una revolución, una auténtica revolución del género, que él ha podido llevar a cabo simplemente imitando torpemente a Dumas, Walter Scott, etc. como ha comprendido muy bien el profesor José Belmonte, que ya ha organizado, jaleado por Marsé, Alfonso Ussía, Jordi Gracia y Darío Villanueva, entre muchos, como los que voy a nombrar, dos congresos a su paisano en la Universidad de Murcia; congresos en los que se ha llegado a la conclusión de que Reverte ha renovado y revolucionado la novela. José Belmonte, junto con José Carlos Mainer y Gregorio Salvador, también catedráticos, y  Francisco Rico, profesor de Literatura Medieval en la Universidad Autónoma de Barcelona, son los principales  valedores de éste que, con Javier Marías, también del sumo gusto de los mentados, constituye uno de los dos grandes fraudes que han cometido los medios y las editoriales, como han demostrado los críticos del Centro de Documentación de la Novela Española, pues ambos son (sendos son, diría Marías) tan incompetentes como risibles. Ver los Cuadernos de Crítica publicados por el dicho Centro.

Impulsado por sus ansias de universalidad doméstica, Reverte, recordando sus disfrutes de lector juvenil poco exigente, decidió dedicarse a cultivar un tipo de novela como la que hacían los entreguistas del siglo XIX, decisión que contó con las bendiciones de una crítica y una cátedra cansadas, como Zafón y Marsé, de la literatura seria, esa que obliga a pensar, esa que es algo más que entretenimiento. Fue otro profesor universitario, Darío Villanueva, quien con más énfasis saludó, siguiendo los pasos de Belmonte, la llegada redentora del epígono de Fernández y González, Walter Scott, Alejandro Dumas, etc. Y ello después de despotricar contra el más importante movimiento de renovación estética de la novela, el nouveau roman francés o escuela de la mirada, que ha habido en la historia. Él, José Belmonte y, a su rueda, los demás críticos y profesores antes nombrados, han pregonado que quien no es más que un fabricante de aburridos pastiches es el mejor novelista español actual. ¿Sabrán ellos lo que quiere decir novelista?

En el panorama literario español inaugurado con la llamada Transición y la irrupción de la industria cultural, de inspiración yanqui, se han cometido muchos engaños. (El lector que quiera tener cumplida información sobre ellos puede acudir a mis libros El País: la cultura como negocio (Txalaparta, Tafalla, 2006) y La gran estafa: Alfguara, Planeta y la novela basura, Vosa, Madrid, 2005). Los dos más grandes fraudes, repito, haciendo creer a los lectores, mediante la publicidad indirecta –nombrándolos académicos, por ejemplo; fotografiádolos junto a Saramago; manteniéndolos continuamente en las páginas literarias-- y el marketing, que Javier Marías y Arturo Pérez Reverte son grandes novelistas, cuando no son ni siquiera novelistas. Ambos escriben relatos, nunca novelas. Quedó demostrado en los citados Cuadernos de Crítica del CDNE, que, por ende, mostraron también que eran personajes ridículos, que hacían reír sin quererlo, con sus vaciedades, sus chistes involuntarios y sus torpezas idiomáticas.

Causa asombro que ni un solo crítico literario se haya preguntado por qué Javier Marías ha escrito absolutamente todas sus “novelas” en primera persona. ¡Cuidado! Yo no digo que no se deban escribir narraciones en primera persona, como me ha achacado por ahí alguna imbécil. Las conozco geniales. Yo he escrito tres de ellas. Pero en primera persona se escriben relatos, no novelas, a menos que se tenga el talento del Pérez Galdós  de Lo prohibido. En el caso de Javier Marías, está claro que de lo que se trata es de su total incapacidad para levantar ese segundo mundo –vida posible fingida, decía Andrés Bosch- en que consiste una novela. Si a esto añadimos que no sabe hacer diálogos, que no crea personajes, que no dibuja ambientes, nos encontramos con la clase de gran  novelista que es.

En el caso de Pérez Reverte, no les bastó con “nombrarlo” gran novelista. Para esta partida de agentes de publicidad, el Conde de Montecristo, como le llaman en algunas webs juveniles, es un clásico (sic). Fue José Belmonte el primero que lo afirmó, después de equipararlo con Cervantes (El País, 24 de enero de 2003), sin duda porque un clásico es para él quien sitúa la acción de sus relatos en el siglo XVII y trata de imitar el lenguaje de entonces… Con poco éxito, por cierto, porque en el CDNE le han pescado docenas de anacronismos. En cualquier caso ¿cómo va a ser clásico un epígono fabricante de pastiches? Años después, Francisco Rico, que fue quien contestó, con un discurso delictivo, al de ingreso de Marías en la Academia (V. Cuadernos), ha centuplicado el disparate en un artículo, Alatriste: el clásico, los clásicos (Babelia/El País, 23 – 05 – 09), que a ráfagas parece, como el discurso, una tomadura de pelo al beneficiado. Como no tiene por qué serlo, pues es buen amigo de ambos, puede decirse que se trata del artículo más irresponsable y menos razonado de los tiempos modernos. Rico, cervantista, académico, catedrático, hombre de mundo, comunica siempre la impresión de que se cree que sabe más de lo que sabe. Y de que se autoadmira como ocurrente. A veces, hasta se deja caer con unos sonetos espantosos y pseuingeniosos, como diciendo: “ahí va eso, de propina”. Ignoro si se trata de un juego intelectual o si de verdad cree lo que dice. El caso es que se nota que disfruta haciendo juegos de manos, intentando sacar jugo de donde no hay nada, como es la tontería que Javier Marías explayó en su discurso, como es el clasicismo de Reverte.

Tanto en el discurso de contestación al que he aludido, como en el artículo sobre el “clasicismo” revertiano, se empeña, sin resultado, en  justificar lo injustificable. Un comentario al discurso lo puede encontrar el lector interesado en el Cuaderno de crítica nº 18. Del tan sofisticado como inútil artículo paso a ocuparme ahora.

“Pérez Reverte es un clásico”, pero él, don Francisco, además de afirmarlo, va a decir por qué, pues “lo es por más de una razón”. Digo yo: si hace esta afirmación un especialista en el Quijote, ¿qué va a decir el pobre y analfabeto lector español?  Así es como empieza a hacer daño la venalidad y falta de honradez intelectual de esta gente.

La primera razón es que ha creado un personaje que, como ya afirmó José Belmonte, es a su autor lo que don Quijote es a Cervantes (sic).

¿Desde cuándo es Alatriste un personaje? En todas las novelas de Reverte hay nombres que aluden a personas, pero no a personajes. Alatriste no está caracterizado en ninguna de las “novelas” de Pérez; no es más que un portavoz del autor que pasea y comenta mucho más que combate, y que sirve a éste para expeler su patriotismo testicular e infantiloide. Y que se pasa todo el tiempo mirando de soslayo, adelantando el mentón, frunciendo el entrecejo, arrugando la frente, atusándose el mostacho y haciendo todas las demás muecas que se suelen encontrar en las clásicas novelas de quiosco. Carece de vida propia. Es, como he dicho, un portavoz del autor omnipresente.

Dice el inagotable Rico que también es clásico “por la formidable medida en que el relato de sus aventuras (¿qué aventuras, mon dieu?) se hace eco de los clásicos españoles por excelencia. La literatura del Siglo de Oro, en efecto, sigue diciendo, está presente por todas partes y en todas las formas: aludida, aducida, presentada en acción, incorporada a la fábula, como trasfondo tácito…”. Pueees… Ya decía yo que Rico no sabe tanto como cree. Del género novelístico se nota que sabe poco. Eso que aduce no es una virtud. Eso es un gravísimo defecto. Eso es antinovelístico. Que un autor de supuestas novelas lleve consigo, como dice Rico con entusiasmo, “todo el Rivadeneyra” es lo contrario a lo que debe hacer un escritor de novelas, que lo que tiene que hacer es asimilar y convertir funcionalmente lo que tiene en la cabeza, decantarlo, para fingir la vida, no para hacer alarde de sus conocimientos. Para mí, es evidente que Pérez se atiborra de documentación sobre la época y sobre las galeras, los vestidos, la comida, la geografía y la historia de los lugares, etc. y no quiere desperdiciar ni una coma. Y recarga de tecnicismos marineros, de citas en verso, de alusiones a sucesos históricos, de descripciones geográficas etc., su relato, hasta lograr, sin darse cuenta, una sucesión de estampas de cartón piedra, un documental. No hay ninguna vida (ninguna idea) en los libros de este hombre, que se debe de creer un cruzado cuando escribe. Es ridículamente infantil la forma en que amontona palabras alusivas a los vientos, las partes de la galera, el mar, los vestidos, las comidas… Palabras que no conocerán ni los estudiantes actuales de la Escuela Naval, y que el lector normal igualmente desconoce, por lo que no se entera de nada.

¿Qué dirán Rico y la compaña ante novelas como Los idus de marzo, Memorias de Adriano, Dios ha nacido en el exilio, La muerte de Virgilio, María de Magdala, Yo Claudio, Jesucristo y el juego del amor, Juliano, Todos los hombres son mortales, Perseguid a Boecio, Una mujer para el Apocalipsis, Heliópolis, Un amor infinito, Auto de fe, Antes muerto que mudado…Además de clásico, Rico encuentra a Reverte apasionante. Yo acabo de leer, no sin fatiga, Corsarios de Levante. Aparte una batalla naval que, de puro atiborrada de documentación, resulta pesadísima y nada viva, lo demás son paseos por Nápoles, visitas a amigos, paradas en varias tascas, conversaciones sobre nada, descripciones del barco. No hay argumento. No hay trama. No hay aventura.

Me parece grandemente revelador que un profesor universitario ignore lo que es –debe ser- el lenguaje novelístico y qué dota de clasicidad una obra. Debió de tratarse de un encargo de la editorial, bien pagado, para ayudar a vender ejemplares a Alatriste, porque, si no, no se explica que un profesor universitario ponga en juego su prestigio derramando tantas sandeces e infamias sobre un producto que no  merece que se diga de él lo que afirma.

Tras leerlo, cabe preguntarse: ¿sabe el profesor Rico lo que es una novela? A mí no me cabe la menor duda de que sabe muchas cosas –cómo se llamaba el hermano gemelo de Cervantes, qué año se publicó la enésima edición del Quijote, qué comía los viernes el abuelo de Pérez, etc.-, pero ¿sabe lo que es una novela? ¿Sabe distinguirla de un relato? ¿Sabe lo que es un personaje y, por lo tanto, que Alatriste no lo es? ¿Sabe lo que es un mundo novelístico? Porque es el caso que en los relatos, que no novelas, de Pérez no hay un mundo novelístico ni, en su sucedáneo, por tanto, “viven” personajes de ficción. Pérez no es novelista, señor Rico. De hecho, con su intento de redactar unos textos con realismo verista, documentalista, de información mostrenca, ni siquiera es escritor, en el  sentido de lo que se entiende que es un escritor, desde el punto de vista de la estética literaria.

Pérez basa sus relatos no en la creación de un mundo inventado, sino en la trascripción casi literal de cuanto ha leído en libros sobre una época y un oficio. Y no crea una peripecia –mucho menos, un argumento y, menos aún, una trama- sino que prácticamente transcribe escenas paradigmáticas de, como casi he dicho ya, las personas, el lugar, la época y el ambiente elegido.

Es seguro que los forofos de Pérez, con José Belmonte, Darío Villanueva, García Posada, Pozuelo Yvansos, Gregorio Salvador, Jordi Gracia y Francisco Rico a la cabeza, pese a ser profesores universitarios de literatura, creen que un personaje novelístico es simplemente un nombre a cuyo detentador se le achacan determinadas acciones, sin que las viva, y, como consecuencia de ello, se representen ante el lector y éste las “vea”, no simplemente las “oiga”. Por otra parte, todos los supuestos “personajes” son Pérez. Nada los diferencia, porque piensan igual que Pérez, hablan igual que Pérez, actúan como Pérez actuaría, exhiben la misma chulería, idéntica pedantería e igual patriotismo testicular.

El autoproclamado cervantista pronunció el 12 de junio de 1998, en una entrevista con un redactor de El País, una de las frases más desgraciadas que jamás ha pronunciado un ser humano: “Lo mejor de la novela de hoy [en España] es que combina calidad literaria con éxito de ventas”. Dejando de lado la imposibilidad de que se combinen dos magnitudes tan heterogéneas, que contemplan el objeto desde puntos de vista irreconciliables, y teniendo en cuenta sólo  lo que es evidente que quiso decir el sujeto halagador de editores y pseudoescritores, la verdad es que en aquel entonces, como ahora, para cualquier amante de la literatura, es exactamente lo contrario. Y ya entonces lo admitía todo el mundo, menos él, aunque hablando en términos generales, sin personalizar, sin duda por causa de los intereses económicos.

Para lo que estoy diciendo aquí, todavía me resulta más útil otra desdichada afirmación del mismo, porque demuestra que, como sospechaba, Rico no sabe qué es lo que define una novela. En El País –otra vez, sí; Rico pertenece a la cofradía del matinal global y dependiente- del 5 de julio de 2003, dijo y se quedó tan ignorante: “El estilo de la novela ha de ser transparente como un vaso de agua”. Un vaso de cristal, es de suponer; porque, si se trata de uno de loza o de cerámica, se va al traste la transparencia.

Pero, aunque Rico no sea muy claro escribiendo, también en este caso suponemos lo que quiso decir. Y lo que quiso decir demuestra que ignora lo que es, lo que debe ser, la prosa de una novela. Cualquier prosa tiene que ser inteligible, pero, en el caso de la novela, la prosa –no el estilo, como Rico dice con imprecisión propia de un académico- lo que tiene que ser, por encima de todo, es funcional. La misión del lenguaje novelístico es levantar una realidad delante del lector con el mayor bulto, consistencia y expresividad. Todo lo demás son florituras líricas o épicas, o documentales. Dicho de otra manera: el lenguaje del novelista tiene que presentizar, delante del lector, ese segundo mundo  en que consiste la novela.

Al llamar clásico a su amigo, me parece que dice lo que no quería decir. O quizá ocurra que, tire por donde tire, le acontece decir lo que es la verdad. Esto es, que lo que hace Pérez, en el mejor de los casos, no es más que un pastiche de los clásicos.

Con el análisis de estos tres, o quizá cuatro, ejemplos, pienso que he hecho ver claramente cómo se encuentra la novela española en su relación con los compromisos éticos y estéticos que debe mantener el novelista. A los mencionados, podríamos añadir los nombres de Almudena Grandes, Rosa Montero, Maruja Torres, Elvira Lindo, Rosa Regás, Espido Freire, Lucía Etcheverría,  Muñoz Molina, Antonio Gala, Juan Manuel de Prada, Juan José Millás y otros reconocidos y amparados por el sistema. Que sean pésimos escritores y sean tan falsamente valorados, casi es lo de menos. Lo peor es que han quebrado la trayectoria ascendente que seguía un género que ellos, con ayuda de los mencionados críticos y profesores, han devuelto a las cavernas.

Manuel García Viñó


La Fiera contra el espectáculo

En otros tiempos, sólo se conspiraba en contra de un orden establecido. Hoy en día, un nuevo oficio en auge conspira a su favor.

              DEBORD, G. ,La sociedad del espectáculo

 

Sabemos que la caverna de Platón no era más que una alegoría que puso en marcha el filósofo y que ha hecho fortuna. Los hombres alejados del conocimiento pasaban su tiempo aherrojados, mirando divertidos las sombras que se proyectan al fondo de la cueva, convencidos de que aquélla, y no otra, era la realidad. La filosofía, por el contrario, es el conocimiento que a través de la razón nos impulsa a recorrer el camino hasta la salida de la gruta, nos enfrenta dolorosamente a la luz y hace que reconozcamos la realidad tal como es.  Imaginad que aquella visión de lo real, la de los cavernícolas, se hubiera objetivado, consiguiendo así sustituir la verdad del mundo y de la vida por ridículas sombras chinescas: pues bien, esa sería "la sociedad del espectáculo" que el situacionismo ha venido denunciando desde su fundación en 1957 hasta su disolución en 1972. Como diría su principal mentor, Guy Debord, "El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizadas por imágenes". Esta sociedad imaginada es la nuestra.  

La convergencia entre el desarrollo tecnológico y el capitalismo avanzado ha hecho posible que los media secuestren cualquier otra mediación con el mundo, de suerte que fuera de ese universo mediático nada pueda existir. En "la sociedad del espectáculo", lo que se ha conseguido es que el capital nos explote, no sólo en el trabajo que era su predio, sino también -y sobre todo- en nuestro tiempo de ocio. Es la transformación del ciudadano en consumidor, del intelectual en agente comercial, del político en gerente empresarial.

Si vamos a una "gran superficie" (según la expresión que se ha introducido en el lenguaje espectacular), comprobaremos que las marcas exhibidas en los envases ya las conocemos por la televisión, de lo contrario, tal vez no nos arriesgaríamos a comprarlas; los libros más vendidos, apilados como torres de babel, ya han sido publicitados en las babelias de turno; y los coches con los que atascamos cada día la ciudad, se deslizaban en la pantalla, majestuosos, por parajes solitarios cual briosos corceles en el "marco incomparable" de una naturaleza idílica. Comemos, vestimos, leemos y soñamos sólo aquello cuya representación ha sido posible a través de los medios espectaculares: diarios, revistas, radio, televisión, cine, libros... Todo en un presente continuo y trepidante sin meta alguna, en un plano discurrir sin puntos de fuga, en una novedad reciclada de "lo mismo" que sólo enfatiza lo que "toca", en una pueril libertad que nos permite elegir entre productos  efímeros o fungibles. Parece que corremos, que avanzamos, que vivimos peligrosamente... y lo único real es que estamos mirando absortos las sombras que pasan y cambian, y pasan..., de modo que "Aquello de lo que el espectáculo puede dejar de hablar durante tres días es como si no existiera". Cambiando la figura de las sombras, cambia la manipulable y estúpida realidad mediática.

La sociedad del espectáculo puede vendernos cualquier cosa, puede dar existencia en primer plano a lo más banal, puede conseguir que durante un año o más se esté hablando de unos chavales anónimos y mediocres que han sido encerrados en una ratonera para ser filmados y ahora son "famosos". Es el strip-tease chorras de la sociedad del espectáculo, que nos muestra con toda su desfachatez cómo puede transformar la imbecilidad más absoluta en producto de éxito; lo invisible, en portada de las revistas más vendidas; lo insignificante, en importante. El "horror vacui" de todo personajillo aupado por los medios es que lo ignoren, que no pueda publicar o grabar un disco, que no le hagan entrevistas, que no salga en la tele..., porque es como dejar de existir. Si cualquiera de esos conejillos de indias escribiera un libro, seguro que se vendería como churros: lo harán. Lo harán porque sólo interesa la mercancía, y ahora se hace pasar por cultura (forma de libro, por ejemplo) cualquier cosa que se pueda vender como tal, es más, esa "pseudocultura" en todos los formatos posibles se ha convertido en la mercancía vedette de la sociedad del espectáculo, que coincide con lo que llaman la sociedad de la información y de la comunicación.

Guy Debord nos explica magistralmente cómo se aplica la fórmula por la cual, una vez sustituida la realidad por su distorsionada representación,  es muy fácil elevar a categoría  o esencia aquellas sombras chinescas : "Allí donde la presión de un 'status mediático' ha adquirido una importancia infinitamente mayor que aquello que uno haya sido capaz de hacer realmente, es normal que tal status sea fácilmente transferible y que otorgue el derecho a brillar de igual modo en otro sitio cualquiera". Un simple presentador de televisión, que es visto y "admirado" por millones de espectadores, puede convertirse de la noche a la mañana en un escritor afamado, porque las editoriales -meros agentes mediáticos- se pegarán por publicar sus estupideces. O, al contrario, cualquier escribidor entronizado en el espectáculo por algún "espectacular" premio literario, adquiere de golpe el suficiente status mediático como para ejercer de "perejil de todas las salsas" en  tertulias radiofónicas, artículos de opinión, crítica cinematográfica, consultorio sentimental o lo que se tercie en torno al espectáculo. Ha sucedido en nuestro país, que una jovencita de algo más de veinte, que no tenía nada que contar ni marco estético para contarlo, recibe un premio de cincuenta kilos y ya parece investida de ciencia infusa para opinar sobre un totum revolutum con una solemnidad propia de quien pintara algo en la verdadera cultura. Estos son los esperpentos que genera la sociedad del espectáculo.

Pero lo más preocupante es el clientelismo político que implica la sumisión mediática. Ya ningún grupo político piensa remotamente en acabar con este dominio tiránico de los medios, ni imagina siquiera que el mundo sea mejorable más allá de los meros ajustes coyunturales. Los argumentos se han vuelto inútiles : "Nadie puede ya criticar la mercancía: ni en cuanto sistema general, ni tan sólo como baratija determinada que a los jefes de empresa les haya convenido lanzar al mercado en ese momento". Es curioso que ya no exista un verdadero poder económico que no domine los medios de comunicación, o medios de desinformación, soporíferos inductores de la mayor de las pasividades, que junto a una abdicación de los ciudadanos y al triunfo del secretismo han favorecido que la estructura mafiosa se convierta en modelo universal del funcionamiento económico y del seguidismo político : "En el momento de lo espectacular integrado, la mafia reina, de hecho, como 'modelo' de todas las empresas comerciales avanzadas". 

Si rastreamos la transformación de la mafia, podremos observar cómo el gobierno de Washington se alió con ella para conseguir su apoyo en el desembarco en Sicilia durante la Segunda Guerra. A cambio de dichos favores, como el alcohol había sido de nuevo legalizado y ya no producía los pingües beneficios de antes, se cedió a la mafia el tráfico de estupefacientes, prohibidos legalmente para que fueran más y más rentables. Poco a poco, las mafias irían invadiendo sectores tales como el inmobiliario, la banca, la gran política de estado y, por último, las industrias más específicas del espectáculo:  la televisión, el cine y las editoriales. Las mafias poseen suficientes matones y dinero como para hacer callar o comprar a intelectuales, críticos, medios, periodistas, autores o lo que quieran. Muchos de ellos se convierten así en esos conspiradores a favor del orden establecido que citábamos al comienzo.

La Fiera Literaria ha nacido en estos confusos momentos de la sociedad espectacular integrada, es decir, de la combinación de las formas "concentrada" y "difusa" (o sea, de la propaganda estalinista y de la publicidad americana) que hoy tiende a imponerse de modo universal. La formación de redes de influencia y de sociedades secretas proliferan en el mundo político y empresarial, ya que no hay empresa que pueda expandirse -y lo que no se expande desaparece- si no hace suyos los valores, las técnicas y los medios mafiosos de la industria, el espectáculo y el Estado. Son vínculos personales de dependencia y protección, sometidos al florecimiento del negocio, y que confirman el dicho mafioso siciliano de que "Quien tiene dinero y amigos, se ríe de la justicia" . Más aún: se ríe del juez y es capaz de ponerlo de patitas en la calle, como tristemente hemos comprobado que puede hacerse en este "Estado de derecho" con el que se les llena la boca. Es curioso que los principales magnates de los medios de comunicación sean personajes de marcado aspecto mafioso que ni siquiera saben disimularlo. Si todo se lo guisaran y se lo comieran ellos solos, sería fácil ver al mangante antes que al magnate, pero se rodean muy hábilmente de personajes sofisticados, intelectuales de la gauche divine, críticos comprometidos, columnistas progresistas y de toda una retahíla de quintacolumnistas del negocio mediático, que ejercen siempre una especie de "crítica lateral" muy estudiada, con "un aire de mucha denuncia, pero sin que parezca sentir jamás la necesidad de dejar entrever cuál es 'su causa' ni, por tanto, de decir tan siquiera implícitamente de dónde viene ni a dónde va". O bien, todo lo contrario: intentan hacernos comulgar con ruedas de molino, promocionando como "obra maestra", "novela imprescindible", "lo mejor de la última década" todas las estupideces publicadas por el consorcio editorial. Pero tenemos una sospecha aún mayor en La Fiera : que esas estupideces que se promocionan hasta convertirse en best-sellers  no sean simplemente estupideces inocentes o escritura fácil de usar y tirar, sino escritura apta para ir creando en la caverna una determinada imagen del mundo y estimular así el deseo de determinadas cosas y no de otras; una visión de la realidad sumisa a "lo que hay"; una inclinación compulsiva hacia los programas de "más audiencia", a la lectura de "lo más vendido"; una repetición neurótica de "lo mismo". "Los especialistas del poder del espectáculo, poder absoluto en el interior de su sistema de lenguaje sin respuesta, están absolutamente corrompidos por su experiencia del desprecio y del éxito del desprecio confirmada por el conocimiento del hombre despreciable que es realmente el espectador". Y, por más que se proclame que estamos en la venturosa Era de la Comunicación, sabemos que "allí la destrucción extrema del lenguaje puede encontrarse vulgarmente reconocida como un valor positivo oficial, puesto que se trata de publicitar una reconciliación con el estado de cosas dominante, en el cual toda comunicación es jubilosamente proclamada ausente".

Así pues, la existencia de La Fiera está justificada como una lucha clandestina, apasionante y arriesgada contra el Espectáculo como sistema, como una denuncia frontal a lo que nos venden como producción cultural; aportación contracultural de un pensamiento y de una crítica libres, porque permanecer hoy al margen del mercadeo supone un acto de rebeldía y de construcción de una "reserva espiritual" no sometida a sus leyes. Siguiendo a Debord como mentor de un aspecto de nuestra filosofía, también estamos convencidos de que "para destruir efectivamente la sociedad del espectáculo son necesarios hombres (y mujeres, añadimos)  que pongan en acción una fuerza práctica". Por eso no nos conformamos con llorar sobre las ruinas de la cultura, sino que luchamos sin descanso por ridiculizar las sombras que nos venden como "lo más plus" en el interior de una caverna en extremo aburrida, ridícula y agobiante por su estrechez de miras, por su evidente traición a los auténticos valores. No somos moralistas ni predicadores, sino fieras rampantes dispuestas a devorarnos la mercancía que nos echan para vomitarla inmediatamente transformada en putrefacción y ponerla así en evidencia. ¡ No pasarán !

 Victoria Sendón

NOTA :  Todas las citas de este artículo han sido extraídas de las obras de GUY DEBORD : Comentarios sobre la sociedad del espectáculo (Anagrama. Barcelona, 1999) y "La sociedad del espectáculo (En edición pirata).


Los 200

Si en lugar de ser doscientos los números de LA FIERA, fueran trescientos, se podrían comparar con aquellos 300 fieles de Leónidas que, "espartanamente", cayeron uno a uno resistiendo a los persas en las Termópilas.

Cada número del boletín-libelo ha supuesto horas de lectura y de trabajo; de lectura frecuentemente ingrata, ya que el bodrio y la mediocridad han desbordado en estos años aciagos todas las previsiones previstas para la literatura española actual. Los exhibidos y premiadísimos de nuestras letras y de nuestro arte han merecido, en muchos casos, ser dignos representantes del "esperpento" valleinclanesco; el pensamiento, más allá de glosar sobre "lo que pasa", parece desaparecido. Con razón Zapatero ha tenido que importar, nada menos que 14 sabios como consejeros para su programa electoral, mientras esos mismos sabios, que nos sorprendían en el programa "Redes" de Punset, han sido barridos de la TVE (incluso de la madrugada, a la que estaban recluidos) por infames y horteras concursitos y folletines. ¿Se han traído a los sabios sólo para fardar? ¿No sería bueno compartir con los españoles tanto conocimiento? No….. ¿pa'qué?

Sin embargo no todo han sido sinsabores, pues la mejor retribución para "l@s fieras", que han ejercido de centinelas contra la mediocridad, de guardianes del espíritu –ése que sólo puede alimentarse con lo digno, lo inteligente y lo cabal- ha consistido en poder regodearse copiosamente con esa veta sutil que cambia hasta la esencia misma del objeto: lo risible.

No es que LA FIERA LITERARIA se haya dedicado a entrar como elefante en cacharrería en los templos del saber; no es que haya arremetido a diestra y siniestra contra todo lo que se expone y publica en este país nuestro, no. ¡Qué vulgaridad! La sutileza y la inteligencia de LA FIERA ha consistido en ser capaz de rastrear -en algunos escritos, en afamadas obras que se reclaman artísticas- ese hilo sutil de lo risible, que se oculta tras la solemnidad, la moda, la provocación, lo soez, lo chorras, el marketing o el absurdo de ponerse a escribir sobre cualquier cosa sólo para alcanzar el estatus de "escritor".

Si me lo permiten, yo diría que quienes componen el núcleo duro de LA FIERA son expertos rastreadores de esos matices en los que la gente no repara: lo cursi, el pleonasmo, la cacofonía, el plagio disimulado, la falta de referentes culturales de peso, la vulgaridad, la insustancialidad, lo recurrente, el retruécano sin sentido, la vanidad intemperante, el erotismo sin sutilezas o el oportunismo del autor o autora. Sin mencionar esos tochos escritos por encargo para un premio. Y claro, desmantelar todo ese tinglado nos conduce hasta el personaje que lo sustenta y que siempre resulta risible. No es culpa de los feroces merodeadores, sino de la impericia del escribidor. Descubrir lo risible constituye un rasgo cierto de inteligencia probada.

Otros muchos son los méritos de LA FIERA, como no venderse ni ser complaciente con ningún tipo de poder. Sí, esa especie de categoría intelectual que se posiciona en las antípodas del snobismo, o sea, de lo sine nobile , sin nobleza, atribuible a los advenedizos, los nuevos ricos, los famosos y otros especímenes sin autoridad. Y la categoría intelectual sólo la da ese poso que dejan las elegidas lecturas, el pensamiento que ha sustentado civilizaciones, los referentes universales sin localismos que valgan, y que deriva en la capacidad crítica sin contemplaciones, la ironía destilada del saber, el amor resistente por la cultura.

Si yo fuera editora vapuleada por LA FIERA, tal como acostumbra el boletín, se me caería la cara de vergüenza por seguir editando mediocridades para un mercado de ingenuos lectores, aquellos panolis que se creen lo de los premios y las sentenciosas alabanzas de las críticas pagadas y los críticos vendidos. No caerán, claro, esos mercachifles de libros, pero alguno habrá sentido amagos de sonrojo en algún momento. LA FIERA constituye el paradigma de lo que ha venido siendo un azote de la industria cultural. ¿Quién se atreve con los grandes? ¿Quién ha firmado con nombres y apellidos atrevidas cartas de denuncia dirigidas a los de más arriba? Muy pocos, la verdad. Los fieras, sí.

Por no seguir desgranando virtudes atesoradas durante esta odisea literaria, terminaré diciendo que LA FIERA ha constituido un referente irreverente para espíritus libres, para testigos de las profundidades, ya que este boletín ha ido calibrando las constantes vitales de nuestra literatura sin dejarse llevar por los fastos del espectáculo cultural. Si alguien ha traducido agudamente el pensamiento de Guy Debord contra la "sociedad del espectáculo" ha sido LA FIERA LITERARIA, de modo que ni el propio Sarkozy podrá terminar con ese espíritu libertario y sesentayochesco que destila cada una de sus páginas.

Sé que es una frase hecha que no gustará nada a los que se afanan en la "crítica acompasada", pero si LA FIERA LITERARIA no existiera, habría que inventarla o, mejor, habría que escribirla, porque no es un invento, es un altísimo ejercicio de estilo que pone en un brete a aquellos a quienes despelleja. ¡Es que para colmo escriben de maravilla los muy capullos!

V.S.L.


A un decenio de nuestro mayo

No voy a decir que parece que fue ayer cuando en mayo, era por mayo, LA FIERA LITERARIA vio la luz. No creo que lo de mayo fuera aleatorio, dada la querencia del espíritu del 68 francés que aún inspira a los fundadores. No voy a decir que fue ayer, porque el tiempo vertiginoso de nuestra época ha acelerado todo tipo de acontecimientos desde que barrió –como si de un siglo comprimido se tratara– la hojarasca de un mundo viejo que se había varado en una anquilosada postura binaria de bloques. Bloques que denominábamos capitalista y comunista. Lo peor es que este último inspirara el simplón pensamiento de la izquierda. Por eso, cuando unas décadas antes, los sanos vientos de una inesperada re-evolución comenzaron a soplar, fue esa propia izquierda la que asesinó al renacido Eolo. Su dogmatismo obtuso provocó que los vientos viraran hacia la barbarie.

Para el 95, caídos los muros y reventados los quicios, el capitalismo rampante se había convertido en la religión del éxito, en el único horizonte posible, en el presente y futuro de la humanidad, en el final de la historia y la felicidad para todos. Era imparable, globalizante y englobante. El dinero comenzó a fluir como un río turbulento que cautivó a muchos y enriqueció (muchísimo) a unos pocos. Pero luego, los espejismos se esfumaron en la anti-materia: “corralitos”, deudas gigantescas, hundimiento de países enteros, guerras tribales, de religión, nacionalismos apocalípticos, campos de refugiados, migraciones planetarias, destrozos naturales por doquier, violencia gratuita en cada hogar y en cada escuela, pandemias y locura, terrorismos a la desesperada... Tanto horror para alumbrar un Imperio con el emperador más risible de la historia. Y ahí andamos.

O'Garthia fue un auténtico profeta cuando decidió crear LA FIERA. El vio con claridad que el espíritu de la globalización neoliberal había envenenado la literatura, ya para entonces industria cultural, negocio editorial, decadencia autoral y vacío demencial. Las críticas demoledoras de LA FIERA , el grito de “el rey está desnudo” al paso de una comitiva de memos encumbrados por los Prisa, los Planeta y otros afanadores, fue toda una acción política, una labor necesaria para poner a la crítica en su sitio, que me consta se ha sentido avergonzada por alabar, hasta el babeo, los brocados y piedras preciosas del manto de aquel rey en pelotas que era y es nuestra novelística más reciente. Hace ya diez años de aquello y continuamos. En nuestro haber de osados davides, algún que otro chichón al Goliat mediático.

No me cabe la menor duda de que la permanencia de LA FIERA responde a una acción política continuada de aquel “situacionismo” que no pudo triunfar, pero que tampoco ha muerto. Se trataba de actuar de modo que se creara una situación nueva, sustituyendo la pasividad existencial por una afirmación lúdica más allá de la mera crítica. En la medida en que los humanos somos producto de nuestras situaciones, y las situaciones por las que pasamos son tan insustanciales, era urgente crear otras condiciones en las que poder ser más humanos. Y lo que ha conseguido LA FIERA LITERARIA es la creación de un ámbito en el cual comprender qué es y qué puede ser una creación literaria de calidad. Qué es y qué puede ser un lector con referentes culturales bien definidos al que no le dan gato por liebre. Porque parte del montaje editorial “exitoso” consiste en vender gatos sarnosos como si de platos exquisitos se tratara. La nouvelle cuisine editorial es una tomadura de pelo como casi todas las idem, que además de costarte un congo te obligan al ayuno. Pero, eso sí, todo el mundo sale diciendo qué delicioso estaba todo. Nadie se atreve a decir que, también aquí, “el rey está desnudo”, que nada como una buena paella.

El padre fundador del situacionismo, Guy Debord, se anticipaba a definir aquella sociedad de los sesenta como del “espectáculo” cuando todavía no había alcanzado el paroxismo actual. Jean-Paul Sartre, del que se cumplen 25 años de su muerte, había colaborado con los comunistas como marchamo de su compromiso, pero el mayo francés, aquel que protagonizaron sus propios alumnos, lo “despertó de su sueño dogmático” –como Hume a Kant– para ponerse de parte de los revoltosos. Pero no era una revuelta: era el espíritu de la época. Fue el grito tribal que nos despertó a muchos para decirnos que la modernidad había finiquitado, al menos en su forma clásica, y que una nueva epistemología, una nueva forma de mirar el mundo, estaba amaneciendo. Es lo que ha dicho Stephen Hawking recientemente en Oviedo: Las historias del universo dependen de lo que está siendo medido, al revés de la idea habitual de que el universo tiene una historia objetiva, independiente del observador” ”.

Hoy, con un capitalismo financiero triunfante, la sociedad espectacular y especular ha multiplicado sus esfuerzos para encapsularnos en una burbuja tipo matrix. Y ese capitalismo desalmado ha tomado la cultura por su cuenta y es quien la dirige, la publicita, la distribuye y la vende. Es la que decide qué leer y cómo leer; la que destruye los fondos editoriales; la que inunda las “grandes superficies” con los subproductos de sus factorías; la que desprecia cuanto ignora e ignora todo aquello que desprecia; la que mide las bondades de un libro por el éxito de ventas y los dígitos de sus cuentas corrientes; la que pretende objetivar una realidad que es pura coyuntura de mercado. En definitiva, que nuestras “libertades” actuales se refieren a “todo aquello que se puede elegir aleatoriamente dentro de lo efímero” (Debord, dixit )

Si no existiera LA FIERA LITERARIA , una versión de nuestro universo cultural no sería más que ignorada “materia oscura” entre los infinitos universos perdidos por no observados. Si no existiera, aquel espíritu inspirador del mayo del 68 habría perdido parte de su ironía lúdica; aquel grito tribal, decibelios de protesta; y la utopía, sus ganas de seguir metiendo el dedo en el ojo del poder mediático.

Victoria Sendón

Los males de nuestro tiempo son la ignorancia, la miseria y la corrupción, y lo más temible, que nos instalemos en la mentira con la misma naturalidad que nuestros pulmones se acostumbran al aire.

Emilio Lledó


La sociedad actual vive inmersa en la mentira absoluta.

Jacques Derrida


En estos tiempos de impostura universal, decir la verdad constituye un acto revolucionario.

Georges Orwell


La gente teme el pensamiento original más que a nada en el mundo, más que a la ruina, más que a la propia muerte

Bertrand Russell


Lo querían matar los iguales / porque era distinto

Juan Ramón Jiménez


Considerar el estado de escritor como una profesión debería, en justicia, ser considerado una forma de estulticia

Friedrich Nietzsche


De todo lo que se escribe, sólo me interesa lo que un hombre escribe con su propia sangre.

Friedrich Nietzsche


Los verdaderos activistas no pueden ser ya más que los novelistas independientes.

Raymond Abellio


Quizá los auténticos artistas, los escritores, los filósofos seamos parte integrante de la normalidad de la que se ha separado el resto de la raza humana.

Wilhelm Reich


Escribo desde el convencimiento de que sólo hay dos tipos de profesiones que merecen la pena: aquéllas en que se juega uno la vida y aquéllas en que se juega uno la razón.

M. García Viñó


En la novela, como en la pintura, sólo se salva aquel tipo de obra que, con término pedido prestado a la física, en su papel de cosmología, podríamos llamar una singularidad.

M. García Viñó


España es una deformación grotesca de la civilización europea .

Ramón del Valle Inclán


En España, la mediocridad es una garantía de supervivencia.

M. García Viñó


España es un intento frustrado de ser Marruecos.

Juan Ignacio Ferreras


El artista que triunfa en una época es alguien que simpatiza con las clases dominantes de esa época, cuyos intereses defiende y cuyos ideales interpreta, identificándose con ellos.

Upton Sinclair


La conducta de unos pocos indivíduos puede cambiar la conducta de la masa.

Ilya Progogine


Aunque soy muy pesimista sobre la humanidad en su conjunto, siento un profundo optimismo motivado por determinados indivíduos y minorías marginadas

Aldous Huxley


La lucidez y el coraje suelen provocar entre nosotros una reacción visceral de antipatía y rechazo.

Manuel Azaña


A los ramplones, el mejor servicio que se les puede hacer es ir contra ellos y partirlos por el eje.

Miguel de Unamuno


Todo verdadero hombre debe aprender a quedarse solo en medio de todos, a pensar por todos y, si fuera preciso, contra todos.

Romain Roland


Sólo los hombres libres pueden hacer auténtica historia. La historia es la impronta que el hombre libre da al destino.

Ernst Jünger


¿Parece, señora? No parece, es. Yo no sé parecer.

William Shakespeare (Hamlet)

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