Por orden del Sr. Dios
Mi panadera es palestina. Hace tiempo, cuando
yo iba a su tienda y no había público, nunca nos faltaba tema de
conversación. Así me enteré de muchas cosas que no dicen los
periódicos, pues con cierta frecuencia ella hablaba con su familia por
teléfono o algún miembro o vecino de ésta venía a España.
Cuando el hecho es llamativo, los periódicos sí hablan de él, aunque,
la mayor parte de las veces, distorsionándolo. Como mínimo, la
distorsión consiste en este caso en tratar la tragedia de los
palestinos como un conflicto entre dos partes más o menos equiparables.
Y aluden a esa tragedia, a la tragedia de UN pueblo, al sufrimiento del
pueblo palestino, como “el conflicto palestino-israelí”. Publiqué un
artículo sobre el tema en Rebelión.
Los periódicos, por ejemplo, no han informado a sus lectores de que los
saqueos de casas palestinas por el ejército israelí son DIARIOS .
Diariamente, varios grupos de soldados patrullan por las calles de
ciudades y pueblos e irrumpen en las casas, rompen televisores y otros
electrodomésticos, y muebles, rasgan fotografías, tiran la ropa por el
suelo. La excusa es que “sospechan” que allí se esconde un terrorista.
Y muchas veces hasta lo encuentran, porque, en teoría, para los
israelíes, todos los palestinos son terroristas. Sin duda este
comportamiento forma parte de una maniobra continuada de desgaste de la
resistencia moral, de cansancio físico y anímico, de agotamiento, para
que se vayan a hacinarse con otros en campos de refugiados los que no
quieran hacinarse en la cárcel o el cementerio.
Más tarde, fui yo quien empezó a facilitar a mi amiga noticias y
artículos sobre el problema. Ella tenía ordenador, pero no Internet. Yo
le imprimía todos los artículos que publicaba REBELIÓN y se los daba
cuando iba por el pan.
Podría rellenar un libro con lo que Mariam me contó en el curso de unos
cuantos años. Voy a traer aquí solamente un suceso que tuvo lugar a los
tres días de estar ella en un pueblo, no recuerdo el nombre, cerca de
Jerusalén, a principios de agosto de hace tres veranos, el cual, por sí
solo, podría llenar varios tomos de una historia universal de la
infamia:
<<Era mi tercera noche en la casa de mis padres. Sobre las
diez de la noche, yo estaba en la terraza de la cocina, viendo cómo un
niño de unos once o doce años, cambiaba una bandera israelí, que
colgaba sobre la puerta de un edificio, por una palestina. Desde hace
tiempo, las banderas palestinas están prohibidas y, por las noches, los
chicos las cambian. A éste lo pillaron los soldados. Lo pillaron y,
entre juegos, voces y risas lo quisieron obligar a besar la bandera
israelí y pisar la de Palestina. El niño hizo todo lo contrario: besó
la bandera palestina y pisoteó la israelí. Se lo llevaron a rastras a
su casa. Vivía unas puertas más arriba que nosotros. Unos minutos más
tarde, no se cuántos, oí un disparo. ¿Sabes lo que habían hecho los
soldados? Habían subido al niño a su casa, habían sentado a sus padres
en un sillón, y lo habían tumbado a él encima de las rodillas de sus
padres Y le pegaron un tiro en la cabeza.
No me pidas que te cuente más historias de Palestina. He visto muchas
cosas y muchas de ellas no he podido evitarlas, porque me apuntaba un
M16 a la cabeza. La vida de un palestino vale muy poco>>.
Hubo un momento, ya ella de regreso, en que, en nuestras
conversaciones, pretendíamos desentrañar la raíz del comportamiento de
los israelíes. Una gente que, habiendo sufrido un holocausto que
finalizó en 1945, inició, sólo tres años más tarde, la serie de rapiñas
y crímenes que habría de desembocar en otro holocausto más infame, por
su carga atroz de cinismo e hipocresía, su desafío casi burlesco a los
organismos internacionales y a la comunidad internacional, su abuso de
la fuerza: poseen el tercer ejército del mundo y, a donde no llega su
poder, cuentan con la ayuda de los Estados Unidos. Los lectores de
Rebelión saben bien que Israel ha desatendido unas cincuenta
resoluciones condenatorias de las Naciones Unidas, todas ellas salvadas
por el veto norteamericano.
Los palestinos son primos hermanos de quienes ahora los despojan y los
matan. Son descendientes de los judíos que se quedaron en Palestina,
tras la catástrofe del año 70, y que después se convirtieron al Islam.
Los propios historiadores judíos han demostrado que nunca hubo la
durante siglos pregonada diáspora, una más de las falsificaciones que
el sionismo ha hecho de la historia. Han vivido en esa tierra durante
más de dos mil años y, por lo tanto, son sus dueños naturales. Lo han
hecho bajo sucesivas ocupaciones –romana, bizantina, otomana, inglesa.,
pero siempre como un pueblo y hasta teniendo algunos cargos
administrativos. Las etapas del despojo que comenzó con la Declaración
Balfour son de sobra conocidas por quienes se interesan por este tema.
Su empeoramiento sistemático culminó, en lo político, en la cumbre de
Oslo. Su horror desde el punto de vista humano, en el auténtico
genocidio del año pasado en Gaza. En Oslo, los israelíes mintieron con
bellaquería ante Yasser Arafat, con quien, teóricamente, iban a Pactar
un reparto del territorio -en principio, por cierto, mucho menos
equitativo y más perjudicial por tanto para los palestinos que el que
llevara a cabo una incipiente ONU a mediados del siglo XX y que en más
de sesenta año nadie se ha atrevido a hacer cumplir. Engañado o porque
no tuvo otra opción, Arafat firmó un acuerdo que implicaba el
reconocimiento del Estado de Israel pero que nada decía respecto a los
problemas más importantes: Jerusalén, los refugiados, los asentamientos
israelíes, la seguridad, las fronteras exactas.... A Israel le importó
muy poco lo que firmaba: el mismísimo día siguiente se olvidaba de lo
pactado sobre Gaza y Cisjordania y consentía nuevos asentamientos
colonialistas, y continuaba hostigando a los palestinos con controles
que les hacían y le hacen imposible desplazarse, carreteras para los
ocupantes y otras peores para los ocupados, continuas prohibiciones
para la entrada en los territorios mencionados de las ayudas
internacionales, y hasta de las medicinas más imprescindibles, un muro
de separación, y, en general, todo cuanto se deriva de una auténtica
política de apartheid. Y apenas tuvo una excusa, como un atentado en
Hebrón el 18 e noviembre de 2002, declaró nulos e inválidos los
acuerdos de Oslo, mientras su presidente de entonces, Ariel Sharon,
llamaba a la comunidad judía a extenderse por la zona.
¿Por qué tanta mentira, tanta maldad? nos preguntábamos. ¿Por qué tanta
injusticia disfrazada, producto no de una mente enferma aislada, sino
de un amplio grupo, que no ha dejado de incrementarse desde que, a
finales del siglo XIX, Theodore Herltz fundó el sionismo? A los
habitantes de la tierra que ellos sostenían que les había donado Dios
en propiedad no los tuvieron nunca en cuenta. Algunas frases de los
propios líderes sionistas así lo demuestra:
--Tenemos que expulsar a los árabes y ocupar su lugar (David Ben Gurión)
--No puede haber sionismo, colonización ni estado judío sin la
expulsión de los árabes y la expropiación de sus tierras. (Ariel Sharon
a la Agencia France Press, el 15 de noviembre de 1998)
--La partición de Palestina no es justa. Nunca la aceptaremos. Eretz
Israel será restituido al pueblo de Israel. Todo él y para siempre
(Menahem Beguin)
--No existe un interlocutor palestino para una negociación (Ariel Sharon)
--He creído siempre en el eterno e histórico derecho de nuestro pueblo
a toda esta tierra. (Ehud Olmert, ante al Congreso de Estados Unidos el
30 de junio de 2006)
--No existe nada que se pueda considerar un estado Palestino. Nosotros podemos llegar, echarlos y ocupar el país. (Golda Meir).
-Jamás consentiremos un estado palestino (Netanyahu, muy recientemente)
Y, muy recientemente también, yo mismo he oído a un colono de
Cisjordania –minúsculo territorio supuestamente palestino después de
Oslo, decirle a un reportero de televisión: Nunca nos iremos de aquí.
Esta tierra nos la ha dado Dios.
Y, si se la ha dado Dios y al nivel de ciertas mentalidades, ¿quién lo va a discutir?
¿De dónde? ¿De dónde y de qué filosofía podía venir tan fría maldad,
tan venenoso desprecio por los otros, semitas como ellos? Tras rellenar
algunos folios con la intención de explicarme en un breve ensayo, creo
que terminé diciendo lo que intentaba decir en el siguiente poema, que
titulé CLAMA EL PROFETA:
Si no conoces el poema puedes encontrarlo aquí.
Israel, si no desaparece, porque deje de contar con la ayuda de los
Estados Unidos –circunstancia más bien impensable- jamás consentirá un
Estado palestino. Asombra que todavía se hable tan profusamente, en los
medios de comunicación y en los foros internacionales, de proceso de
paz, de hoja de ruta, de reuniones entre el gobierno israelí y la, más
que débil, entregada Autoridad Palestina, al cabo de más de sesenta
años desde que la ONU decretara una partición injusta, pero, al fin y
al cabo, partición. Todos los intentos los frustra Israel, y lo seguirá
haciendo. La voluntad sionista de quedarse con todo el territorio
palestino, más trozos de Siria y del Líbano, para fundar el Gran
Israel, el Israel bíblico, la han manifestado sus líderes con tanta
claridad, como hemos visto, que parece mentira que todavía haya quien
se llame a engaño. ¿No es de general conocimiento cómo Israel llevó a
cabo una auténtica masacre en Gaza, reconocida como tal por la ONU –el
informe Goldstone- que lo declara culpable de crímenes de guerra y de
crímenes contra la humanidad y no pasa nada? ¿No ha sucedido que, a lo
largo de más de medio siglo, el máximo organismo internacional ha
dictado cincuenta resoluciones condenatorias del gobierno sionista y
éste ha seguido haciendo lo que le ha venido en gana, pues sabía que,
al final, el veto USA le libraría de cualquier condena? ¿Quién puede
esperar nada de un encuentro del ultraderechista Netanyahu con Mahmud
Abbas –luego de ponerle, por ende, condiciones inaceptables-, si ya se
sabe lo que pretenden?
Lo que quise resaltar sobre todo en el poema –creo que se ve
claramente- es la infinita maldad de las fechorías que cometen algunos
hombres creyentes, en nombre de SU Dios. Si consideramos lo que
piensan, desde su fe, lo que es ese Ser que nadie ha visto, pero que,
según ellos, ha creado el mundo, lo sostiene providencialmente y ha
movido la historia, resulta tremendo lo que hacen y, por supuesto,
contradictorio. Pero eso es propio de todas las religiones. Considérese
lo que han sido las religiones a través de la historia. Todas, todas
han traído para el ser humano un cúmulo de crímenes y de desgracias,
muy especialmente la judía. Aquella acertadísima opinión de Feuerbach,
irrebatible a mi juicio a la vista de la realidad y el estado de los
conocimientos, de que las cosas no han sido como se suele afirmar, sino
que ha sido el hombre el que ha creado a Dios a su imagen y semejanza,
alcanza una clara confirmación en lo que los cristianos llaman Antiguo
Testamento, esto es, la historia del judaísmo (y adrede no digo “pueblo
judío”, porque, de una vez por todas, el profesor Shlomo Sand, judío,
profesor de Historia Contemporánea en la universidad de Tel Aviv, ha
demostrado que nunca ha existido un pueblo judío; el judaísmo es una
religión. He manejado la traducción francesa: Comment le peuple juif
fut inventé, París, Fayard, 2008). Quien quiera asegurarse de que es
verdad lo que digo, sin necesidad de espigar, entre otros “sucesos”,
aquellos especialmente aborrecibles, tiene a su alcance, desde hace
poco, un libro de José Rodríguez, actualmente profesor del Instituto de
Formación Continuada de la Universidad de Barcelona: Los pésimos
ejemplos de Dios según la Biblia, Temas de Hoy, Madrid, 2008. En él se
puede enterar el lector, con todas las garantías de unas citas que
pueden fácilmente comprobarse, que Jahvé bendijo profusamente a
tramposos, cobardes, mentirosos, adúlteros, ladrones, y sobre todo
justificó, cuando no decretó, los robos de tierra y las matanzas
perpetradas por su “pueblo elegido”, para apoderarse de lo que no era
suyo. Fechorías que culminaron con la “conquista” de la tierras de
Canáa, la actual Palestina, que, por cierto, no fue suya desde siempre,
como pregonan hoy, sino sólo durante los ochenta años que duraron los
reinados de David y Salomón, si es que estos personajes no son también
legendarios, como opinan algunos.
Las religiones son sucesos culturales, creación de unos hombres para
dominar a otros hombres a través de la manipulación de sus conciencias.
Todas tienen puntos en común y discrepancias, según la cultura en que
nazcan y se desarrollen. La religión cristiana no es especial. Es una
más de entre el grupo de religiones mediterráneas. Y, por supuesto, es
un sincretismo. No se puede sostener seriamente que la fundó o inspiró
un Dios bajado a la tierra. El Concilio Vaticano II decretó
-constitución Nostra Aetate-, que todas las palabras de la Biblia no es
que estén inspiradas, es que son como si tuvieran a Dios por autor. Y
entonces va uno y lee el Tao Te King, el Zend Avesta, los Upanishads,
el Corán y no son inferiores ni en la forma ni en el contenido a lo que
ha escrito Dios. Y no digamos ya el “Así habló Zarathustra”. De todas
las religiones, el judaísmo es la más claramente diseñada a la medida
de los intereses de un pueblo. Y lo seguirá siendo. Y que de esa
descarada teocracia se diga que es la única y acreditada democracia de
Oriente Próximo y Medio no constituye sino el mayor sarcasmo proferido
por una sociedad caracterizada por la mentira y la hipocresía.
Malvenidos al renamuriento
La
novela española se ha desintelectualizado. ¿Quién la intelectualizará?
Los escritores del sistema, los que escriben, o procuran escribir,
bestesellers, desde luego, no. Los profesores universitarios y los
críticos literarios, menos.
Hace poco, me invitaron a dar una charla sobre “la novela y las
novelas” en uno de esos llamados “talleres de literatura”. Antes de
iniciar la que ellos llamaban, en las papeletas de convocatoria,
“lección magistral”, quise saber algo sobre la preparación de aquellos
jóvenes de uno y otro sexo aspirantes a escritores. Y entonces fue la
abominación de la desolación, que diría el profeta. Salvo dos chicas,
¡ni uno solo había leído el Quijote! ¡Todos! ignoraban qué era la
novela picaresca. De la gran novela del XIX hablaban de oídas, menos
una de las dos chicas, que había leído Rojo y negro, traducida, “y
había iniciado La Regenta, “que había terminado de conocer por la serie
de televisión”. Tampoco sabían nada de los colosos del XX, salvo –la
misma chica- una obra de Hemingway, “de cuyo título no me acuerdo”.
Sólo –todos- hablaban con soltura de lo reciente, que por lo visto no
tiene para ellos antecedentes: los grandes bestsellers mundiales del
tipo El código da Vinci, y los productos de la cuadra de
Prisa-Alfaguara y compañía, como Anagrama, Tusquets y Espasa. Y
Planeta, claro. De Grecia y Roma, nada. De Oriente, nada. De los
clásicos, nada. Absolutamente nada también de la poesía de cualquier
época. Pero todos tenían en la cabeza una novela sobre la otra mano de
Fátima, el Santo Grial, el hijo de Nostradamus, Los piratas del Mar
Negro, En busca del Arco Iris… No sabían quienes eran Dante ni
Petrarca, pero sí Almudena Grandes y Javier Marías, “que salen mogollón
en El País”. “Y Pérez Reverte, “que lo han nombrado académico y por
algo será”. “Yo me estoy preparando para escribir sobre el Gran
Capitán, anunció uno, como una especie de Alatriste”. La abominación de
la desolación. La gran catástrofe, que diría Alexis Zorba.
Nadie sabía allí lo que era la literariedad. Ni distinguía una novela
de un relato. Ni se había asomado a la Historia Universal, ni a la
Filosofía ni a la Física Teórica. ¿Tengo que añadir que tampoco a la
Gramática ni a la Lógica? Composición, forma de presentación de la
realidad, elipsis, elusiones, alusiones, literariedad, perspectivismo,
contraste, tiempo y tempo, monólogo interior, extrañamiento… eran
conceptos que nada les decían. Claro que tampoco dicen nada a Muñoz
Molina, Pérez Reverte, Almudena Grandes, Marsé, Ruíz Zafón…
Ha habido momentos en la historia –y en la prehistoria-- en que la
humanidad ha traspasado lo que Gehelen llamó –y Hans Sedlmayr aplicó a
la historia del arte- “un nivel absoluto de cultura”. Este filósofo de
la historia, profesor en las universidades de Viena, Munich y
Salzburgo, nos ponía varios ejemplos muy claros, de los cuales sólo
recuerdo uno: el del paso del paleolítico de los cazadores al
neolítico de los agricultores. Por si acaso no entendí bien el
concepto, o no lo abarqué en toda su amplitud, simplemente me atrevo a
preguntar si no se traspasó un nivel de cultura –aunque no fuera
absoluto-, con el fin del Antiguo Régimen y el advenimiento de la
Modernidad.
En el siglo XX, y coincidiendo con el cambio de paradigma que habían
propiciado la Teoría de la Relatividad y la Mecánica Cuántica,
aboliendo la visión del universo de Isaac Newton y otorgando una nueva
configuración a los absolutos clásicos -espacio, tiempo, movimiento-,
las artes, y muy especialmente la novela y la pintura, experimentaron
cambios sustanciales que, en el caso de la primera, le posibilitaron el
acceso a la categoría de obra de arte literario, que no había tenido
hasta entonces, como con rotundidad había señalado Paul Valéry. “La
novela no forma parte del arte literario por su prosaísmo
antiartístico”, decía el autor de El cementerio marino. Antes, los
neoclásicos se habían negado a alinearla junto a los géneros literarios
más nobles, como la epopeya y la tragedia.
Nuestros periodistas, críticos literarios y profesores de literatura se
mueven en un caos muy parecido al de los “estudiantes” del Taller.
Ellos sí conocen y sí han leído lo que los “meritorios” ignoran. Pero
no saben dónde colocarlo sin autoexcluirse de la monarquía de las
letras. Ni saben hacia dónde mirar para mantener sus respectivos
estatus sin enfadarse con nadie o, mejor dicho, sin que nadie se enfade
con ellos. Y como lo que manda desde hace tiempo en el campo que
anteriormente ocupaba la cultura es la industria del libro, a ella se
someten. Saben que si quieren continuar “vigentes”, económica y
mediáticamente hablando, tienen que aceptar las normas del
Sistema. Se habla de industria cultural, pero lo que manda, lo
que define, es solamente la industria. ¿Se ha traspasado algún umbral
significativo con el derrumbe del arte y la literatura serios y la
sustitución del espíritu y la mente por el reconocimiento
mediático y la ganancia? En cualquier caso, el resultado es la
desaparición de los intelectuales y los artistas, eclipsados por los
diletantes y los mercaderes.
¿Dónde están los escritores comprometidos como aquéllos de los años
medios del siglo XX? Ahora no los hay. Ni los más interesados quieren
que los haya. Es decir, ni los que podrían serlo quieren serlo. A Muñoz
Molina, uno de los escritores más incompetentes, pero más valorados, de
la actualidad, le he leído decir, citando a un escritor sudamericano
que no recuerdo, que “quien quiera lanzar un mensaje ponga un
telegrama". Añadiendo que los tiempos han cambiado respecto a la pasada
centuria y que ahora no hay temas con los que comprometerse.
Seguramente lleva razón. Porque las guerras agresivas del Imperio, el
holocausto palestino por Israel, el ecologismo, el feminismo, la droga,
la situación infrahumana de los africanos, no son evidentemente temas
para preocuparse ni comprometerse. Cuando haya otra guerra en
Vietnam y se convierta en moda criticarla, ya será cosa de pensárselo.
Les pasa igual con la forma de estado: serán monárquicos hasta que les
convenga ser republicanos.
Hace unos días, respecto a aquél en que redacto este artículo, se
publicó en el diario El Mundo (18 de agosto de 2009) una entrevista al
fabricante de bestsellers Carlos Ruiz Zafón, anunciada en la primera
página del suplemento con el reclamo: Ruiz Zafón arremete en Edimburgo
contra “los policías de la alta cultura”, y titulada en la página 4:
Ruiz Zafón contra la “alta cultura”. Es de preguntarse por qué un
escritor, por pésimo que sea -y el que nos ocupa es espantoso--,
clama contra la alta cultura. Leída la entrevista, pienso que porque le
enrabieta haber sido clasificado donde lo ha sido. Es evidente que a él
le habría gustado vender millones de libros y además ser considerado un
gran escritor. Como ya ha comprendido que eso no va a ocurrir, la
emprende contra la cultura, contra las novelas serias, contra todo lo
que él no es ni practica, enarbolando “razones” tan analfabetas como
ésta:
-“…no existe algo a lo que se pueda denominar ‘buena literatura’, sino
que únicamente existe el hecho de escribir bien y de escribir mal”. No
cabe mayor simplismo. Sólo en una cabeza absolutamente hueca se puede
incubar semejante monstruosidad. ¡Lo que es la falta de ignorancia!,
que diría Cantinflas. Pues si, como dicen, La sombra del viento, el
engendro firmado por el autor del dicho disparate, se ha convertido en
el libro español más vendido después del Quijote, no nos queda otra
opción que hacer rogativas.
En un nuevo alarde de no saber de qué estaba hablando, contraponía la
“literatura” que él practica a ¡la erudición! Añadiendo que “haber
establecido una diferencia entre la erudición o alto nivel intelectual
y la cultura de nivel popular es el mayor fraude cultural del siglo
XX”. Ya dijera lo que dice, ya dijera lo que parece que dice, ya dijera
lo que no quería decir, ya dijera lo contrario, expelió una chorrada
memorable, sólo explicable desde una carencia total de fundamentos
culturales.
Luego parece que se habla a sí mismo, aunque sin entenderse: “yo, por
mi parte, no estoy en absoluto interesado en tener a mi lado una
especie de pensamiento policial, totalmente esnob, que me vaya
diciendo, a cada momento, lo que es bueno o lo que es malo”. Según el
entrevistador, Ben Hoyle, Zafón lo que hacía, o quería hacer, en esa
entrevista, era defenderse del ataque indirecto de Jonathan Mills,
director del Festival de Edimburgo, quien había dicho que estaba
seriamente preocupado sobre lo que podía ocurrir “si, como sociedad, lo
único que sabemos hacer es entretenernos, en lugar de satisfacer
cumplidamente nuestras necesidades espirituales, intelectuales y
emocionales.”
Su pobreza de ideas, el ridículo concepto que tiene el vendedor de
libros de la literatura en general y de la novela es particular,
se refleja en estas palabras: “Para mí, el arte estriba exclusivamente
en su ejecución y no en sus pretensiones”. ¿Habrá leído Zafón
algo sobre estética literaria? ¿Sobre teoría de la literatura? Sin
duda, no. En largo párrafo final demuestra que, para él, en literatura,
todo se reduce a escribir bien o a escribir mal.
Otra contestación que recibió el ufano superventas le llegó de la
novelista británica Rose Tremain, quien afirmó que, en la argumentación
de Ruiz Zafón se ignoraba la significativa diferencia existente entre
“los libros escritos con el único propósito de entretener y la ficción
seria que se encuentra más allá del mero hecho de relatar una historia,
aquella que, además, intenta hacer pensar al lector sobre la condición
humana”.
Lo he escrito más de una vez: el escritor español, como el crítico
literario, como el periodista, como el profesor de literatura, también
como el lector, parece como si tuviera alergia a pensar. “Yo no estoy
aquí para pensar ni para hacer pensar”, parece decir el “novelista”,
sino para contar una historia. Que Ruiz Zafón abomine del
intelectualismo no sería especialmente grave si no fuera porque los
críticos del sistema lo arropan y sitúan entre los escritores de
verdad, portadores de una misión, como quería Nietzsche. Pese a todo,
no sería especialmente grave. Que lo haga Juan Marsé, un novelista
sobrevalorado por una crítica que sobrevaloró también a Juan García
Hortelano y a Miguel Delibes, a Salinas y a Ferres, mientras dejaba
fuera de su atención a superescritores de talla europea como Antonio
Risco, Juan Ignacio Ferreras, Carlos Rojas, José Luis Acquaroni, Andrés
Bosch, José Tomás Cabot, José Vidal Cadellans, Manuel San Martín,
Antonio Martínez Menchén, Fernando Gutiérrez, Antonio Prieto,
José María Castillo Navarro, José Mª Vaz de Soto, Antonio Zoido, José
Luis Castillo Puche y, durante mucho tiempo, a Gonzalo Torrente
Ballester y Álvaro Cunqueiro, junto a los que hay que poner a los sí
atendidos, aunque no lo suficiente, Juan Goytisolo y Alfonso Grosso, lo
es bastante más. Sobrevalorado, decía, y apadrinado por la crítica
oficiosa, que durante años ha exigido –hasta conseguirlo-- para él el
Premio Cervantes, un premio político, sí, pero de impacto en el
público, con el que el Ministerio de Cultura refrenda cada año su
vulgaridad y su convencionalismo.
En su discurso de aceptación de dicho premio, dijo Juan Marsé, haciendo
dejación de cualquier compromiso ético o estético del novelista con la
novela: “Para la famosa pregunta: ¿qué entendemos hoy por novela?,
dispongo de mil famosas respuestas, que nunca […] me han servido de
gran cosa.”. Apuesto el brazo que no perdí en Lepanto a que no sólo no
tiene mil, sino que no tiene ninguna. Bastaría con que tuviese una.
Después del paso por la literatura de la gran novela del siglo XX –el
siglo más sabio de la historia-- ningún verdadero escritor puede dejar
de tener su propia concepción del mundo ni su propia teoría de la
novela. El que no las tenga no será un escritor, sino, como ellos
mismos se declaran –lo han hecho, respondiendo a entrevistas leídas por
mi, Pérez Reverte, Muñoz Molina, Almudena Grandes— profesionales de la
escritura. A su propósito, habría que recordar lo que decía Nietzsche:
“Tomar por una profesión el estado de escritor hay que tomarlo, cuando
menos, por una forma de estulticia”.
El laureado Marsé confiesa no tener ni una concepción del mundo ni una
teoría de la novela, y añade: “no me considero un intelectual,
solamente un narrador”. Penoso. En el texto con que contribuyó Colin
Wilson al Manifest de los angry young men, dijo: “El escritor
representa la más elevada conciencia de la época y trata de extender
esa conciencia a otras personas”. Julio Cortázar se apuntó a esta
postura cuando escribió: “La novela antigua nos enseña que el hombre
es: la novela de hoy -1950- se preguntará su por qué y su para qué”.
“Los grandes novelistas, resumió Albert Camus, son novelistas
filósofos”. Exactamente lo que no quiere ser Juan Marsé, con el aplauso
de la crítica que lo ha aupado, para desdicha de la literatura española
de principios del milenio.
Viví con intensidad aquella ebullición del género novelístico que se
prolongó hasta el 68, cuyo espíritu contribuyó a impulsar en buena
medida. Podría aportar cientos de testimonios, que he conservado, de lo
que entendían era el papel de la novela los novelistas y los
críticos; testimonios que quitarían el sueño a Marsé y sus acompañantes
o sucesores: los que más suenan hoy, interesados todos en contar una
historia, en entretener y en vender. Voy a aducir solamente unas
palabras de Maurice Nadeau en su libro Le roman français depuis la
guerre (Gallimard, París, 1963): “Por una evolución natural, la novela
ha pasado de la descripción enciclopédica (del mundo o de las pasiones)
a la apropiación moral, poética, filosófica o metafísica de este mundo
por un individuo privilegiado: el autor […] del que “más que su
creación, es su visión personal lo que nos importa, la expresión
original y verosímil que, a través de su obra, nos da del universo y de
las relaciones que mantiene con él”.
Arrastrados por la corriente de fango de la industria cultural, ya en
los años finales del siglo XX, los novelistas vinieron a ser
simplemente esos “contadores de cosas” que la crítica bautizó porque
sí, ignorando la realidad anterior de, por ejemplo, la llamada “novela
metafísica”, como “nueva narrativa” –nueva ¿por qué?--, para colmo sin
originalidad, en que se han convertido con el beneplácito de una
crítica y una cátedra cuyos ocupantes se preocupan más de salir en los
medios y ganar dinero que de la literatura. A esa “nueva narrativa” la
adornaron con las virtudes –que nunca tuvo- del cosmopolitismo, frente
al realismo anterior, y el democratismo (¡!) producto de las nuevas
circunstancias, aparte de llegar más a los lectores. A uno de los
críticos más falseadores de la verdad, por incompetencia o por
“política”–junto con Rafael Conte, Darío Villanueva, Santos Sanz
Villanueva, Ignacio Echevarría, Miguel Ángel Rojo, Ayala Dip, Jordi
Gracia, etc.- Miguel García Posada, le produjo un ataque de nervios la
afirmación de Mario Vargas Llosa, en una entrevista, de que la crítica
española que se inaugura con la transición “no posee el rango
intelectual que tuvo la de los cincuenta y los sesenta”. Y no sólo eso,
sino también que la de ahora “está al servicio de las grandes
editoriales y practica sistemáticamente el amiguismo y el enemiguismo”.
Aquella visión del universo de que hablaba Nadeau a mediados del siglo
pasado ya sabe el lector en qué se ha convertido en los libros de Muñoz
Molina, Antonio Gala, Almudena Grandes, Maruja Torres, Pérez Reverte,
Javier Marías, Juan Manuel de Prada…: en la visión del barrio o de la
familia del autor. Compárese el contenido de las citas de autores del
siglo XX que he aducido con lo que decía también Marsé sobre su
“oficio”, en el discurso que todos los medios de comunicación
calificaron de brillante: “Con respecto al trabajo mantengo algunos
principios, pocos, que bien podrían resumirse en dos: procura tener una
buena historia que contar, y procura contarla bien, es decir,
esmerándote en el lenguaje; porque será el buen uso de la lengua (lo
que decía Zafón, recordémoslo), no solamente la singularidad, la bondad
o la oportunidad del tema, lo que va a preservar la obra del moho del
tiempo”. Me rasgo las vestimentas. Y esto lo dijo en presencia de los
representantes de la supuesta España culta –del Rey abajo, todos-- y no
se quemaron asientos ni se hicieron disparos ni nadie pidió la cabeza
de nadie. Es escandaloso que un escritor tenga una idea tan paupérrima
del quehacer del novelista:
Los dos, Ruíz Zafón y Juan Marsé, que, como el primero, se declaraba
“amante incondicional de la fabulación” en el discurso comentado,
reducen la bondad de la novela, un género altamente complejo, al
interés de la historia y a la bondad del lenguaje, que por cierto
tampoco es lo que ellos ejercitan. Y es el caso que ninguna de las dos,
ni la fábula ni el lenguaje, son elementos esenciales, desde el punto
de vista de la estética literaria, de la novela. Son los elementos de
composición, que antes he enumerado, los que le otorgan su densidad
ontológica y estética. Dostoievski, Zola, Flaubert, Leopoldo Alas y
muchos otros, en el siglo XIX, ya tenían una idea más seria del “mester
de novelista”.
Me he preguntado muchas veces, sin acertar a darme una respuesta, por
qué la inmensa mayoría de los críticos literarios y los profesores de
literatura españoles –y, con ellos, los lectores--, junto a su alergia
al pensar a que ya me he referido, profesan tan grande apego a los
escritores costumbristas castizos, como Cela, Umbral, Muñoz Molina,
Almudena Grandes, etc. y a los yo llamaría costumbristas provincianos,
para que se me entienda: los Miguel Delibes, García Hortelano, Marsé, y
también etcétera. Tanto apego al costumbrismo de uno u otro signo como
rechazo al intelectualismo, a las ideas. Diríase que renuncian, en
favor de un extraño “patriotismo”, al europeismo, al universalismo a
que debe aspirar todo artista.
No es de extrañar que, en un panorama como el dibujado, fuese acogido
con alborozo un personaje tan vacío intelectualmente y tan
descomprometido ética y estéticamente como Arturo Pérez Reverte, quien
no se cansa de pregonar sus principales méritos, que consisten en
tener muchos lectores y ganar mucho dinero: refrendo, para él, de su
categoría literaria. En la onda de Zafón y Marsé, pregona Reverte, en
volandas de los críticos, que la novela estaba secuestrada por los
Joyce, Faulkner, Hesse, Mann, Virginia Wolf, Camus, Steinbeck, Huxley y
demás maestros del siglo XX –los que de verdad renovaron el género en
lo ético, lo intelectual y lo estético--, hasta que ha venido él a
rescatarla. Una revolución, una auténtica revolución del género, que él
ha podido llevar a cabo simplemente imitando torpemente a Dumas, Walter
Scott, etc. como ha comprendido muy bien el profesor José Belmonte, que
ya ha organizado, jaleado por Marsé, Alfonso Ussía, Jordi Gracia y
Darío Villanueva, entre muchos, como los que voy a nombrar, dos
congresos a su paisano en la Universidad de Murcia; congresos en los
que se ha llegado a la conclusión de que Reverte ha renovado y
revolucionado la novela. José Belmonte, junto con José Carlos Mainer y
Gregorio Salvador, también catedráticos, y Francisco Rico,
profesor de Literatura Medieval en la Universidad Autónoma de
Barcelona, son los principales valedores de éste que, con Javier
Marías, también del sumo gusto de los mentados, constituye uno de los
dos grandes fraudes que han cometido los medios y las editoriales, como
han demostrado los críticos del Centro de Documentación de la Novela
Española, pues ambos son (sendos son, diría Marías) tan incompetentes
como risibles. Ver los Cuadernos de Crítica publicados por el dicho
Centro.
Impulsado por sus ansias de universalidad doméstica, Reverte,
recordando sus disfrutes de lector juvenil poco exigente, decidió
dedicarse a cultivar un tipo de novela como la que hacían los
entreguistas del siglo XIX, decisión que contó con las bendiciones de
una crítica y una cátedra cansadas, como Zafón y Marsé, de la
literatura seria, esa que obliga a pensar, esa que es algo más que
entretenimiento. Fue otro profesor universitario, Darío Villanueva,
quien con más énfasis saludó, siguiendo los pasos de Belmonte, la
llegada redentora del epígono de Fernández y González, Walter Scott,
Alejandro Dumas, etc. Y ello después de despotricar contra el más
importante movimiento de renovación estética de la novela, el nouveau
roman francés o escuela de la mirada, que ha habido en la historia. Él,
José Belmonte y, a su rueda, los demás críticos y profesores antes
nombrados, han pregonado que quien no es más que un fabricante de
aburridos pastiches es el mejor novelista español actual. ¿Sabrán ellos
lo que quiere decir novelista?
En el panorama literario español inaugurado con la llamada Transición y
la irrupción de la industria cultural, de inspiración yanqui, se han
cometido muchos engaños. (El lector que quiera tener cumplida
información sobre ellos puede acudir a mis libros El País: la cultura
como negocio (Txalaparta, Tafalla, 2006) y La gran estafa: Alfguara,
Planeta y la novela basura, Vosa, Madrid, 2005). Los dos más grandes
fraudes, repito, haciendo creer a los lectores, mediante la publicidad
indirecta –nombrándolos académicos, por ejemplo; fotografiádolos junto
a Saramago; manteniéndolos continuamente en las páginas literarias-- y
el marketing, que Javier Marías y Arturo Pérez Reverte son grandes
novelistas, cuando no son ni siquiera novelistas. Ambos escriben
relatos, nunca novelas. Quedó demostrado en los citados Cuadernos de
Crítica del CDNE, que, por ende, mostraron también que eran personajes
ridículos, que hacían reír sin quererlo, con sus vaciedades, sus
chistes involuntarios y sus torpezas idiomáticas.
Causa asombro que ni un solo crítico literario se haya preguntado por
qué Javier Marías ha escrito absolutamente todas sus “novelas” en
primera persona. ¡Cuidado! Yo no digo que no se deban escribir
narraciones en primera persona, como me ha achacado por ahí alguna
imbécil. Las conozco geniales. Yo he escrito tres de ellas. Pero en
primera persona se escriben relatos, no novelas, a menos que se tenga
el talento del Pérez Galdós de Lo prohibido. En el caso de Javier
Marías, está claro que de lo que se trata es de su total incapacidad
para levantar ese segundo mundo –vida posible fingida, decía Andrés
Bosch- en que consiste una novela. Si a esto añadimos que no sabe hacer
diálogos, que no crea personajes, que no dibuja ambientes, nos
encontramos con la clase de gran novelista que es.
En el caso de Pérez Reverte, no les bastó con “nombrarlo” gran
novelista. Para esta partida de agentes de publicidad, el Conde de
Montecristo, como le llaman en algunas webs juveniles, es un clásico
(sic). Fue José Belmonte el primero que lo afirmó, después de
equipararlo con Cervantes (El País, 24 de enero de 2003), sin duda
porque un clásico es para él quien sitúa la acción de sus relatos en el
siglo XVII y trata de imitar el lenguaje de entonces… Con poco éxito,
por cierto, porque en el CDNE le han pescado docenas de anacronismos.
En cualquier caso ¿cómo va a ser clásico un epígono fabricante de
pastiches? Años después, Francisco Rico, que fue quien contestó, con un
discurso delictivo, al de ingreso de Marías en la Academia (V.
Cuadernos), ha centuplicado el disparate en un artículo, Alatriste: el
clásico, los clásicos (Babelia/El País, 23 – 05 – 09), que a ráfagas
parece, como el discurso, una tomadura de pelo al beneficiado. Como no
tiene por qué serlo, pues es buen amigo de ambos, puede decirse que se
trata del artículo más irresponsable y menos razonado de los tiempos
modernos. Rico, cervantista, académico, catedrático, hombre de mundo,
comunica siempre la impresión de que se cree que sabe más de lo que
sabe. Y de que se autoadmira como ocurrente. A veces, hasta se deja
caer con unos sonetos espantosos y pseuingeniosos, como diciendo: “ahí
va eso, de propina”. Ignoro si se trata de un juego intelectual o si de
verdad cree lo que dice. El caso es que se nota que disfruta haciendo
juegos de manos, intentando sacar jugo de donde no hay nada, como es la
tontería que Javier Marías explayó en su discurso, como es el
clasicismo de Reverte.
Tanto en el discurso de contestación al que he aludido, como en el
artículo sobre el “clasicismo” revertiano, se empeña, sin resultado,
en justificar lo injustificable. Un comentario al discurso lo
puede encontrar el lector interesado en el Cuaderno de crítica nº 18.
Del tan sofisticado como inútil artículo paso a ocuparme ahora.
“Pérez Reverte es un clásico”, pero él, don Francisco, además de
afirmarlo, va a decir por qué, pues “lo es por más de una razón”. Digo
yo: si hace esta afirmación un especialista en el Quijote, ¿qué va a
decir el pobre y analfabeto lector español? Así es como empieza a
hacer daño la venalidad y falta de honradez intelectual de esta gente.
La primera razón es que ha creado un personaje que, como ya afirmó José
Belmonte, es a su autor lo que don Quijote es a Cervantes (sic).
¿Desde cuándo es Alatriste un personaje? En todas las novelas de
Reverte hay nombres que aluden a personas, pero no a personajes.
Alatriste no está caracterizado en ninguna de las “novelas” de Pérez;
no es más que un portavoz del autor que pasea y comenta mucho más que
combate, y que sirve a éste para expeler su patriotismo testicular e
infantiloide. Y que se pasa todo el tiempo mirando de soslayo,
adelantando el mentón, frunciendo el entrecejo, arrugando la frente,
atusándose el mostacho y haciendo todas las demás muecas que se suelen
encontrar en las clásicas novelas de quiosco. Carece de vida propia.
Es, como he dicho, un portavoz del autor omnipresente.
Dice el inagotable Rico que también es clásico “por la formidable
medida en que el relato de sus aventuras (¿qué aventuras, mon dieu?) se
hace eco de los clásicos españoles por excelencia. La literatura del
Siglo de Oro, en efecto, sigue diciendo, está presente por todas partes
y en todas las formas: aludida, aducida, presentada en acción,
incorporada a la fábula, como trasfondo tácito…”. Pueees… Ya decía yo
que Rico no sabe tanto como cree. Del género novelístico se nota que
sabe poco. Eso que aduce no es una virtud. Eso es un gravísimo defecto.
Eso es antinovelístico. Que un autor de supuestas novelas lleve
consigo, como dice Rico con entusiasmo, “todo el Rivadeneyra” es lo
contrario a lo que debe hacer un escritor de novelas, que lo que tiene
que hacer es asimilar y convertir funcionalmente lo que tiene en la
cabeza, decantarlo, para fingir la vida, no para hacer alarde de sus
conocimientos. Para mí, es evidente que Pérez se atiborra de
documentación sobre la época y sobre las galeras, los vestidos, la
comida, la geografía y la historia de los lugares, etc. y no quiere
desperdiciar ni una coma. Y recarga de tecnicismos marineros, de citas
en verso, de alusiones a sucesos históricos, de descripciones
geográficas etc., su relato, hasta lograr, sin darse cuenta, una
sucesión de estampas de cartón piedra, un documental. No hay ninguna
vida (ninguna idea) en los libros de este hombre, que se debe de creer
un cruzado cuando escribe. Es ridículamente infantil la forma en que
amontona palabras alusivas a los vientos, las partes de la galera, el
mar, los vestidos, las comidas… Palabras que no conocerán ni los
estudiantes actuales de la Escuela Naval, y que el lector normal
igualmente desconoce, por lo que no se entera de nada.
¿Qué dirán Rico y la compaña ante novelas como Los idus de marzo,
Memorias de Adriano, Dios ha nacido en el exilio, La muerte de
Virgilio, María de Magdala, Yo Claudio, Jesucristo y el juego del amor,
Juliano, Todos los hombres son mortales, Perseguid a Boecio, Una mujer
para el Apocalipsis, Heliópolis, Un amor infinito, Auto de fe, Antes
muerto que mudado…Además de clásico, Rico encuentra a Reverte
apasionante. Yo acabo de leer, no sin fatiga, Corsarios de Levante.
Aparte una batalla naval que, de puro atiborrada de documentación,
resulta pesadísima y nada viva, lo demás son paseos por Nápoles,
visitas a amigos, paradas en varias tascas, conversaciones sobre nada,
descripciones del barco. No hay argumento. No hay trama. No hay
aventura.
Me parece grandemente revelador que un profesor universitario ignore lo
que es –debe ser- el lenguaje novelístico y qué dota de clasicidad una
obra. Debió de tratarse de un encargo de la editorial, bien pagado,
para ayudar a vender ejemplares a Alatriste, porque, si no, no se
explica que un profesor universitario ponga en juego su prestigio
derramando tantas sandeces e infamias sobre un producto que no
merece que se diga de él lo que afirma.
Tras leerlo, cabe preguntarse: ¿sabe el profesor Rico lo que es una
novela? A mí no me cabe la menor duda de que sabe muchas cosas –cómo se
llamaba el hermano gemelo de Cervantes, qué año se publicó la enésima
edición del Quijote, qué comía los viernes el abuelo de Pérez, etc.-,
pero ¿sabe lo que es una novela? ¿Sabe distinguirla de un relato? ¿Sabe
lo que es un personaje y, por lo tanto, que Alatriste no lo es? ¿Sabe
lo que es un mundo novelístico? Porque es el caso que en los relatos,
que no novelas, de Pérez no hay un mundo novelístico ni, en su
sucedáneo, por tanto, “viven” personajes de ficción. Pérez no es
novelista, señor Rico. De hecho, con su intento de redactar unos textos
con realismo verista, documentalista, de información mostrenca, ni
siquiera es escritor, en el sentido de lo que se entiende que es
un escritor, desde el punto de vista de la estética literaria.
Pérez basa sus relatos no en la creación de un mundo inventado, sino en
la trascripción casi literal de cuanto ha leído en libros sobre una
época y un oficio. Y no crea una peripecia –mucho menos, un argumento
y, menos aún, una trama- sino que prácticamente transcribe escenas
paradigmáticas de, como casi he dicho ya, las personas, el lugar, la
época y el ambiente elegido.
Es seguro que los forofos de Pérez, con José Belmonte, Darío
Villanueva, García Posada, Pozuelo Yvansos, Gregorio Salvador, Jordi
Gracia y Francisco Rico a la cabeza, pese a ser profesores
universitarios de literatura, creen que un personaje novelístico es
simplemente un nombre a cuyo detentador se le achacan determinadas
acciones, sin que las viva, y, como consecuencia de ello, se
representen ante el lector y éste las “vea”, no simplemente las “oiga”.
Por otra parte, todos los supuestos “personajes” son Pérez. Nada los
diferencia, porque piensan igual que Pérez, hablan igual que Pérez,
actúan como Pérez actuaría, exhiben la misma chulería, idéntica
pedantería e igual patriotismo testicular.
El autoproclamado cervantista pronunció el 12 de junio de 1998, en una
entrevista con un redactor de El País, una de las frases más
desgraciadas que jamás ha pronunciado un ser humano: “Lo mejor de la
novela de hoy [en España] es que combina calidad literaria con éxito de
ventas”. Dejando de lado la imposibilidad de que se combinen dos
magnitudes tan heterogéneas, que contemplan el objeto desde puntos de
vista irreconciliables, y teniendo en cuenta sólo lo que es
evidente que quiso decir el sujeto halagador de editores y
pseudoescritores, la verdad es que en aquel entonces, como ahora, para
cualquier amante de la literatura, es exactamente lo contrario. Y ya
entonces lo admitía todo el mundo, menos él, aunque hablando en
términos generales, sin personalizar, sin duda por causa de los
intereses económicos.
Para lo que estoy diciendo aquí, todavía me resulta más útil otra
desdichada afirmación del mismo, porque demuestra que, como sospechaba,
Rico no sabe qué es lo que define una novela. En El País –otra vez, sí;
Rico pertenece a la cofradía del matinal global y dependiente- del 5 de
julio de 2003, dijo y se quedó tan ignorante: “El estilo de la novela
ha de ser transparente como un vaso de agua”. Un vaso de cristal, es de
suponer; porque, si se trata de uno de loza o de cerámica, se va al
traste la transparencia.
Pero, aunque Rico no sea muy claro escribiendo, también en este caso
suponemos lo que quiso decir. Y lo que quiso decir demuestra que ignora
lo que es, lo que debe ser, la prosa de una novela. Cualquier prosa
tiene que ser inteligible, pero, en el caso de la novela, la prosa –no
el estilo, como Rico dice con imprecisión propia de un académico- lo
que tiene que ser, por encima de todo, es funcional. La misión del
lenguaje novelístico es levantar una realidad delante del lector con el
mayor bulto, consistencia y expresividad. Todo lo demás son florituras
líricas o épicas, o documentales. Dicho de otra manera: el lenguaje del
novelista tiene que presentizar, delante del lector, ese segundo
mundo en que consiste la novela.
Al llamar clásico a su amigo, me parece que dice lo que no quería
decir. O quizá ocurra que, tire por donde tire, le acontece decir lo
que es la verdad. Esto es, que lo que hace Pérez, en el mejor de los
casos, no es más que un pastiche de los clásicos.
Con el análisis de estos tres, o quizá cuatro, ejemplos, pienso que he
hecho ver claramente cómo se encuentra la novela española en su
relación con los compromisos éticos y estéticos que debe mantener el
novelista. A los mencionados, podríamos añadir los nombres de Almudena
Grandes, Rosa Montero, Maruja Torres, Elvira Lindo, Rosa Regás, Espido
Freire, Lucía Etcheverría, Muñoz Molina, Antonio Gala, Juan
Manuel de Prada, Juan José Millás y otros reconocidos y amparados por
el sistema. Que sean pésimos escritores y sean tan falsamente
valorados, casi es lo de menos. Lo peor es que han quebrado la
trayectoria ascendente que seguía un género que ellos, con ayuda de los
mencionados críticos y profesores, han devuelto a las cavernas.
Manuel García Viñó
La Fiera contra el espectáculo
En otros tiempos, sólo se conspiraba en contra de un orden establecido. Hoy en día, un nuevo oficio en auge conspira a su favor.
DEBORD, G. ,La sociedad del espectáculo
Sabemos
que la caverna de Platón no era más que una alegoría que puso en marcha
el filósofo y que ha hecho fortuna. Los hombres alejados del
conocimiento pasaban su tiempo aherrojados, mirando divertidos las
sombras que se proyectan al fondo de la cueva, convencidos de que
aquélla, y no otra, era la realidad. La filosofía, por el contrario, es
el conocimiento que a través de la razón nos impulsa a recorrer el
camino hasta la salida de la gruta, nos enfrenta dolorosamente a la luz
y hace que reconozcamos la realidad tal como es. Imaginad que
aquella visión de lo real, la de los cavernícolas, se hubiera
objetivado, consiguiendo así sustituir la verdad del mundo y de la
vida por ridículas sombras chinescas: pues bien, esa sería "la
sociedad del espectáculo" que el situacionismo ha venido denunciando desde su fundación en 1957 hasta su disolución en 1972. Como diría su principal mentor, Guy Debord, "El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizadas por imágenes". Esta sociedad imaginada es la nuestra.
La convergencia entre el desarrollo tecnológico y el capitalismo avanzado ha hecho posible que los media
secuestren cualquier otra mediación con el mundo, de suerte que fuera
de ese universo mediático nada pueda existir. En "la sociedad del
espectáculo", lo que se ha conseguido es que el capital nos explote, no
sólo en el trabajo que era su predio, sino también -y sobre todo- en
nuestro tiempo de ocio. Es la transformación del ciudadano en
consumidor, del intelectual en agente comercial, del político en
gerente empresarial.
Si
vamos a una "gran superficie" (según la expresión que se ha introducido
en el lenguaje espectacular), comprobaremos que las marcas exhibidas en
los envases ya las conocemos por la televisión, de lo contrario, tal
vez no nos arriesgaríamos a comprarlas; los libros más vendidos,
apilados como torres de babel, ya han sido publicitados en las babelias
de turno; y los coches con los que atascamos cada día la ciudad, se
deslizaban en la pantalla, majestuosos, por parajes solitarios cual
briosos corceles en el "marco incomparable" de una naturaleza idílica.
Comemos, vestimos, leemos y soñamos sólo aquello cuya representación ha
sido posible a través de los medios espectaculares: diarios, revistas,
radio, televisión, cine, libros... Todo en un presente continuo y
trepidante sin meta alguna, en un plano discurrir sin puntos de fuga,
en una novedad reciclada de "lo mismo" que sólo enfatiza lo que "toca",
en una pueril libertad que nos permite elegir entre productos
efímeros o fungibles. Parece que corremos, que avanzamos, que vivimos
peligrosamente... y lo único real es que estamos mirando absortos las
sombras que pasan y cambian, y pasan..., de modo que "Aquello de lo que el espectáculo puede dejar de hablar durante tres días es como si no existiera". Cambiando la figura de las sombras, cambia la manipulable y estúpida realidad mediática.
La
sociedad del espectáculo puede vendernos cualquier cosa, puede dar
existencia en primer plano a lo más banal, puede conseguir que durante
un año o más se esté hablando de unos chavales anónimos y mediocres que
han sido encerrados en una ratonera para ser filmados y ahora son
"famosos". Es el strip-tease chorras de la sociedad del
espectáculo, que nos muestra con toda su desfachatez cómo puede
transformar la imbecilidad más absoluta en producto de éxito; lo
invisible, en portada de las revistas más vendidas; lo insignificante,
en importante. El "horror vacui" de todo personajillo aupado por los
medios es que lo ignoren, que no pueda publicar o grabar un disco, que
no le hagan entrevistas, que no salga en la tele..., porque es como
dejar de existir. Si cualquiera de esos conejillos de indias escribiera
un libro, seguro que se vendería como churros: lo harán. Lo harán
porque sólo interesa la mercancía, y ahora se hace pasar por cultura
(forma de libro, por ejemplo) cualquier cosa que se pueda vender como
tal, es más, esa "pseudocultura" en todos los formatos posibles se ha
convertido en la mercancía vedette de la sociedad del espectáculo, que coincide con lo que llaman la sociedad de la información y de la comunicación.
Guy
Debord nos explica magistralmente cómo se aplica la fórmula por la
cual, una vez sustituida la realidad por su distorsionada
representación, es muy fácil elevar a categoría o esencia
aquellas sombras chinescas : "Allí donde la presión de un
'status mediático' ha adquirido una importancia infinitamente mayor que
aquello que uno haya sido capaz de hacer realmente, es normal que tal
status sea fácilmente transferible y que otorgue el derecho a brillar
de igual modo en otro sitio cualquiera". Un simple presentador de
televisión, que es visto y "admirado" por millones de espectadores,
puede convertirse de la noche a la mañana en un escritor afamado,
porque las editoriales -meros agentes mediáticos- se pegarán por
publicar sus estupideces. O, al contrario, cualquier escribidor
entronizado en el espectáculo por algún "espectacular" premio
literario, adquiere de golpe el suficiente status mediático
como para ejercer de "perejil de todas las salsas" en tertulias
radiofónicas, artículos de opinión, crítica cinematográfica,
consultorio sentimental o lo que se tercie en torno al espectáculo. Ha
sucedido en nuestro país, que una jovencita de algo más de veinte, que
no tenía nada que contar ni marco estético para contarlo, recibe un
premio de cincuenta kilos y ya parece investida de ciencia infusa para
opinar sobre un totum revolutum con una solemnidad propia de
quien pintara algo en la verdadera cultura. Estos son los esperpentos
que genera la sociedad del espectáculo.
Pero
lo más preocupante es el clientelismo político que implica la sumisión
mediática. Ya ningún grupo político piensa remotamente en acabar con
este dominio tiránico de los medios, ni imagina siquiera que el mundo
sea mejorable más allá de los meros ajustes coyunturales. Los
argumentos se han vuelto inútiles : "Nadie puede ya criticar
la mercancía: ni en cuanto sistema general, ni tan sólo como baratija
determinada que a los jefes de empresa les haya convenido lanzar al
mercado en ese momento". Es curioso que ya no exista un verdadero
poder económico que no domine los medios de comunicación, o medios de
desinformación, soporíferos inductores de la mayor de las pasividades,
que junto a una abdicación de los ciudadanos y al triunfo del
secretismo han favorecido que la estructura mafiosa se convierta en
modelo universal del funcionamiento económico y del seguidismo
político : "En el momento de lo espectacular integrado, la mafia reina, de hecho, como 'modelo' de todas las empresas comerciales avanzadas".
Si
rastreamos la transformación de la mafia, podremos observar cómo el
gobierno de Washington se alió con ella para conseguir su apoyo en el
desembarco en Sicilia durante la Segunda Guerra. A cambio de dichos
favores, como el alcohol había sido de nuevo legalizado y ya no
producía los pingües beneficios de antes, se cedió a la mafia el
tráfico de estupefacientes, prohibidos legalmente para que fueran más y
más rentables. Poco a poco, las mafias irían invadiendo sectores tales
como el inmobiliario, la banca, la gran política de estado y, por
último, las industrias más específicas del espectáculo: la
televisión, el cine y las editoriales. Las mafias poseen suficientes
matones y dinero como para hacer callar o comprar a intelectuales,
críticos, medios, periodistas, autores o lo que quieran. Muchos de
ellos se convierten así en esos conspiradores a favor del orden
establecido que citábamos al comienzo.
La Fiera Literaria
ha nacido en estos confusos momentos de la sociedad espectacular
integrada, es decir, de la combinación de las formas "concentrada" y
"difusa" (o sea, de la propaganda estalinista y de la publicidad
americana) que hoy tiende a imponerse de modo universal. La formación
de redes de influencia y de sociedades secretas proliferan en el mundo
político y empresarial, ya que no hay empresa que pueda expandirse -y
lo que no se expande desaparece- si no hace suyos los valores, las
técnicas y los medios mafiosos de la industria, el espectáculo y el
Estado. Son vínculos personales de dependencia y protección, sometidos
al florecimiento del negocio, y que confirman el dicho mafioso
siciliano de que "Quien tiene dinero y amigos, se ríe de la justicia" .
Más aún: se ríe del juez y es capaz de ponerlo de patitas en la calle,
como tristemente hemos comprobado que puede hacerse en este "Estado de
derecho" con el que se les llena la boca. Es curioso que los
principales magnates de los medios de comunicación sean personajes de
marcado aspecto mafioso que ni siquiera saben disimularlo. Si todo se
lo guisaran y se lo comieran ellos solos, sería fácil ver al mangante
antes que al magnate, pero se rodean muy hábilmente de personajes
sofisticados, intelectuales de la gauche divine, críticos
comprometidos, columnistas progresistas y de toda una retahíla de
quintacolumnistas del negocio mediático, que ejercen siempre una
especie de "crítica lateral" muy estudiada, con "un aire de mucha
denuncia, pero sin que parezca sentir jamás la necesidad de dejar
entrever cuál es 'su causa' ni, por tanto, de decir tan siquiera
implícitamente de dónde viene ni a dónde va". O bien, todo lo
contrario: intentan hacernos comulgar con ruedas de molino,
promocionando como "obra maestra", "novela imprescindible", "lo mejor
de la última década" todas las estupideces publicadas por el consorcio
editorial. Pero tenemos una sospecha aún mayor en La Fiera : que esas estupideces que se promocionan hasta convertirse en best-sellers no
sean simplemente estupideces inocentes o escritura fácil de usar y
tirar, sino escritura apta para ir creando en la caverna una
determinada imagen del mundo y estimular así el deseo de determinadas
cosas y no de otras; una visión de la realidad sumisa a "lo que hay";
una inclinación compulsiva hacia los programas de "más audiencia", a la
lectura de "lo más vendido"; una repetición neurótica de "lo mismo". "Los
especialistas del poder del espectáculo, poder absoluto en el interior
de su sistema de lenguaje sin respuesta, están absolutamente
corrompidos por su experiencia del desprecio y del éxito del desprecio
confirmada por el conocimiento del hombre despreciable que es realmente
el espectador". Y, por más que se proclame que estamos en la venturosa Era de la Comunicación, sabemos que "allí
la destrucción extrema del lenguaje puede encontrarse vulgarmente
reconocida como un valor positivo oficial, puesto que se trata de
publicitar una reconciliación con el estado de cosas dominante, en el
cual toda comunicación es jubilosamente proclamada ausente".
Así pues, la existencia de La Fiera
está justificada como una lucha clandestina, apasionante y arriesgada
contra el Espectáculo como sistema, como una denuncia frontal a lo que
nos venden como producción cultural; aportación contracultural de un
pensamiento y de una crítica libres, porque permanecer hoy al margen
del mercadeo supone un acto de rebeldía y de construcción de una
"reserva espiritual" no sometida a sus leyes. Siguiendo a Debord como
mentor de un aspecto de nuestra filosofía, también estamos convencidos
de que "para destruir efectivamente la sociedad del espectáculo son necesarios hombres (y mujeres, añadimos) que pongan en acción una fuerza práctica". Por
eso no nos conformamos con llorar sobre las ruinas de la cultura, sino
que luchamos sin descanso por ridiculizar las sombras que nos venden
como "lo más plus" en el interior de una caverna en extremo aburrida,
ridícula y agobiante por su estrechez de miras, por su evidente
traición a los auténticos valores. No somos moralistas ni predicadores,
sino fieras rampantes dispuestas a devorarnos la mercancía que nos
echan para vomitarla inmediatamente transformada en putrefacción y
ponerla así en evidencia. ¡ No pasarán !
Victoria Sendón
NOTA : Todas las citas de este artículo han sido extraídas de las obras de GUY DEBORD : Comentarios sobre la sociedad del espectáculo (Anagrama. Barcelona, 1999) y "La sociedad del espectáculo (En edición pirata).
Los 200
Si en lugar de ser doscientos los números de
LA FIERA, fueran trescientos, se podrían comparar con aquellos 300
fieles de Leónidas que, "espartanamente", cayeron uno a uno resistiendo
a los persas en las Termópilas.
Cada
número del boletín-libelo ha supuesto horas de lectura y de trabajo; de
lectura frecuentemente ingrata, ya que el bodrio y la mediocridad han
desbordado en estos años aciagos todas las previsiones previstas para
la literatura española actual. Los exhibidos y premiadísimos de
nuestras letras y de nuestro arte han merecido, en muchos casos, ser
dignos representantes del "esperpento" valleinclanesco; el pensamiento,
más allá de glosar sobre "lo que pasa", parece desaparecido. Con razón
Zapatero ha tenido que importar, nada menos que 14 sabios como
consejeros para su programa electoral, mientras esos mismos sabios, que
nos sorprendían en el programa "Redes" de Punset, han sido barridos de
la TVE (incluso de la madrugada, a la que estaban recluidos) por
infames y horteras concursitos y folletines. ¿Se han traído a los
sabios sólo para fardar? ¿No sería bueno compartir con los españoles
tanto conocimiento? No….. ¿pa'qué?
Sin
embargo no todo han sido sinsabores, pues la mejor retribución para
"l@s fieras", que han ejercido de centinelas contra la mediocridad, de
guardianes del espíritu –ése que sólo puede alimentarse con lo digno,
lo inteligente y lo cabal- ha consistido en poder regodearse
copiosamente con esa veta sutil que cambia hasta la esencia misma del
objeto: lo risible.
No
es que LA FIERA LITERARIA se haya dedicado a entrar como elefante en
cacharrería en los templos del saber; no es que haya arremetido a
diestra y siniestra contra todo lo que se expone y publica en este país
nuestro, no. ¡Qué vulgaridad! La sutileza y la inteligencia de LA FIERA
ha consistido en ser capaz de rastrear -en algunos escritos, en
afamadas obras que se reclaman artísticas- ese hilo sutil de lo
risible, que se oculta tras la solemnidad, la moda, la provocación, lo
soez, lo chorras, el marketing o el absurdo de ponerse a escribir sobre cualquier cosa sólo para alcanzar el estatus de "escritor".
Si
me lo permiten, yo diría que quienes componen el núcleo duro de LA
FIERA son expertos rastreadores de esos matices en los que la gente no
repara: lo cursi, el pleonasmo, la cacofonía, el plagio disimulado, la
falta de referentes culturales de peso, la vulgaridad, la
insustancialidad, lo recurrente, el retruécano sin sentido, la vanidad
intemperante, el erotismo sin sutilezas o el oportunismo del autor o
autora. Sin mencionar esos tochos escritos por encargo para un premio.
Y claro, desmantelar todo ese tinglado nos conduce hasta el personaje
que lo sustenta y que siempre resulta risible. No es culpa de los
feroces merodeadores, sino de la impericia del escribidor. Descubrir lo
risible constituye un rasgo cierto de inteligencia probada.
Otros muchos son los méritos de LA FIERA, como no venderse ni ser complaciente con ningún tipo de poder. Sí, esa especie de categoría intelectual que se posiciona en las antípodas del snobismo, o sea, de lo sine nobile ,
sin nobleza, atribuible a los advenedizos, los nuevos ricos, los
famosos y otros especímenes sin autoridad. Y la categoría intelectual
sólo la da ese poso que dejan las elegidas lecturas, el pensamiento que
ha sustentado civilizaciones, los referentes universales sin localismos
que valgan, y que deriva en la capacidad crítica sin contemplaciones,
la ironía destilada del saber, el amor resistente por la cultura.
Si
yo fuera editora vapuleada por LA FIERA, tal como acostumbra el
boletín, se me caería la cara de vergüenza por seguir editando
mediocridades para un mercado de ingenuos lectores, aquellos panolis
que se creen lo de los premios y las sentenciosas alabanzas de las
críticas pagadas y los críticos vendidos. No caerán, claro, esos
mercachifles de libros, pero alguno habrá sentido amagos de sonrojo en
algún momento. LA FIERA constituye el paradigma de lo que ha venido
siendo un azote de la industria cultural. ¿Quién se
atreve con los grandes? ¿Quién ha firmado con nombres y apellidos
atrevidas cartas de denuncia dirigidas a los de más arriba? Muy pocos,
la verdad. Los fieras, sí.
Por no seguir desgranando virtudes atesoradas durante esta odisea literaria, terminaré diciendo que LA FIERA ha constituido un referente irreverente para
espíritus libres, para testigos de las profundidades, ya que este
boletín ha ido calibrando las constantes vitales de nuestra literatura
sin dejarse llevar por los fastos del espectáculo cultural. Si alguien
ha traducido agudamente el pensamiento de Guy Debord contra la
"sociedad del espectáculo" ha sido LA FIERA LITERARIA, de modo que ni
el propio Sarkozy podrá terminar con ese espíritu libertario y
sesentayochesco que destila cada una de sus páginas.
Sé
que es una frase hecha que no gustará nada a los que se afanan en la
"crítica acompasada", pero si LA FIERA LITERARIA no existiera, habría
que inventarla o, mejor, habría que escribirla, porque no es un
invento, es un altísimo ejercicio de estilo que pone en un brete a
aquellos a quienes despelleja. ¡Es que para colmo escriben de maravilla
los muy capullos!
V.S.L.
A un decenio de nuestro mayo
No voy a decir que parece que fue ayer cuando
en mayo, era por mayo, LA FIERA LITERARIA vio la luz. No creo que lo de
mayo fuera aleatorio, dada la querencia del espíritu del 68 francés que
aún inspira a los fundadores. No voy a decir que fue ayer, porque el
tiempo vertiginoso de nuestra época ha acelerado todo tipo de
acontecimientos desde que barrió –como si de un siglo comprimido se
tratara– la hojarasca de un mundo viejo que se había varado en una
anquilosada postura binaria de bloques. Bloques que denominábamos
capitalista y comunista. Lo peor es que este último inspirara el
simplón pensamiento de la izquierda. Por eso, cuando unas décadas
antes, los sanos vientos de una inesperada re-evolución comenzaron a
soplar, fue esa propia izquierda la que asesinó al renacido Eolo. Su
dogmatismo obtuso provocó que los vientos viraran hacia la barbarie.
Para
el 95, caídos los muros y reventados los quicios, el capitalismo
rampante se había convertido en la religión del éxito, en el único
horizonte posible, en el presente y futuro de la humanidad, en el final
de la historia y la felicidad para todos. Era imparable, globalizante y
englobante. El dinero comenzó a fluir como un río turbulento que
cautivó a muchos y enriqueció (muchísimo) a unos pocos. Pero luego, los
espejismos se esfumaron en la anti-materia: “corralitos”, deudas
gigantescas, hundimiento de países enteros, guerras tribales, de
religión, nacionalismos apocalípticos, campos de refugiados,
migraciones planetarias, destrozos naturales por doquier, violencia
gratuita en cada hogar y en cada escuela, pandemias y locura,
terrorismos a la desesperada... Tanto horror para alumbrar un Imperio
con el emperador más risible de la historia. Y ahí andamos.
O'Garthia
fue un auténtico profeta cuando decidió crear LA FIERA. El vio con
claridad que el espíritu de la globalización neoliberal había
envenenado la literatura, ya para entonces industria cultural, negocio
editorial, decadencia autoral y vacío demencial. Las críticas
demoledoras de LA FIERA , el grito de “el rey está desnudo” al paso de
una comitiva de memos encumbrados por los Prisa, los Planeta y otros
afanadores, fue toda una acción política, una labor necesaria para
poner a la crítica en su sitio, que me consta se ha sentido avergonzada
por alabar, hasta el babeo, los brocados y piedras preciosas del manto
de aquel rey en pelotas que era y es nuestra novelística más reciente.
Hace ya diez años de aquello y continuamos. En nuestro haber de osados
davides, algún que otro chichón al Goliat mediático.
No
me cabe la menor duda de que la permanencia de LA FIERA responde a una
acción política continuada de aquel “situacionismo” que no pudo
triunfar, pero que tampoco ha muerto. Se trataba de actuar de modo que
se creara una situación nueva, sustituyendo la pasividad existencial
por una afirmación lúdica más allá de la mera crítica. En la medida en
que los humanos somos producto de nuestras situaciones, y las
situaciones por las que pasamos son tan insustanciales, era urgente
crear otras condiciones en las que poder ser más humanos. Y lo que ha
conseguido LA FIERA LITERARIA es la creación de un ámbito en el cual
comprender qué es y qué puede ser una creación literaria de calidad.
Qué es y qué puede ser un lector con referentes culturales bien
definidos al que no le dan gato por liebre. Porque parte del montaje
editorial “exitoso” consiste en vender gatos sarnosos como si de platos
exquisitos se tratara. La nouvelle cuisine editorial es una
tomadura de pelo como casi todas las idem, que además de costarte un
congo te obligan al ayuno. Pero, eso sí, todo el mundo sale diciendo
qué delicioso estaba todo. Nadie se atreve a decir que, también aquí,
“el rey está desnudo”, que nada como una buena paella.
El
padre fundador del situacionismo, Guy Debord, se anticipaba a definir
aquella sociedad de los sesenta como del “espectáculo” cuando todavía
no había alcanzado el paroxismo actual. Jean-Paul Sartre, del que se
cumplen 25 años de su muerte, había colaborado con los comunistas como
marchamo de su compromiso, pero el mayo francés, aquel que
protagonizaron sus propios alumnos, lo “despertó de su sueño dogmático”
–como Hume a Kant– para ponerse de parte de los revoltosos. Pero no era
una revuelta: era el espíritu de la época. Fue el grito tribal que nos
despertó a muchos para decirnos que la modernidad había finiquitado, al
menos en su forma clásica, y que una nueva epistemología, una nueva
forma de mirar el mundo, estaba amaneciendo. Es lo que ha dicho Stephen
Hawking recientemente en Oviedo: Las historias del universo
dependen de lo que está siendo medido, al revés de la idea habitual de
que el universo tiene una historia objetiva, independiente del
observador” ”.
Hoy, con un
capitalismo financiero triunfante, la sociedad espectacular y especular
ha multiplicado sus esfuerzos para encapsularnos en una burbuja tipo matrix.
Y ese capitalismo desalmado ha tomado la cultura por su cuenta y es
quien la dirige, la publicita, la distribuye y la vende. Es la que
decide qué leer y cómo leer; la que destruye los fondos editoriales; la
que inunda las “grandes superficies” con los subproductos de sus
factorías; la que desprecia cuanto ignora e ignora todo aquello que
desprecia; la que mide las bondades de un libro por el éxito de ventas
y los dígitos de sus cuentas corrientes; la que pretende objetivar una
realidad que es pura coyuntura de mercado. En definitiva, que nuestras
“libertades” actuales se refieren a “todo aquello que se puede elegir
aleatoriamente dentro de lo efímero” (Debord, dixit )
Si
no existiera LA FIERA LITERARIA , una versión de nuestro universo
cultural no sería más que ignorada “materia oscura” entre los infinitos
universos perdidos por no observados. Si no existiera, aquel espíritu
inspirador del mayo del 68 habría perdido parte de su ironía lúdica;
aquel grito tribal, decibelios de protesta; y la utopía, sus ganas de
seguir metiendo el dedo en el ojo del poder mediático.
Victoria Sendón |
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